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domingo, 9 de marzo de 2014

El sentido. Ah!


Hay algo conmovedor en su voluntad de negarse a seguir el camino por el que otros avanzan. En ese tozudo punto de quietud en el que se detiene, y con la cabeza un poco levantada, sostiene: “yo no voy”. Su empeño, aún siendo sincero, carece de coartada, pero no importa. Sabe que no quiere ir, que ése no es totalmente su lugar. Que las veces que ha ido se ha encontrado allí, ausente y extraño, preguntándose con cierta tristeza qué hacía allí.    

No ha ido, se ha quedado en casa. Pero es como si los viera. Míralos, se dice, ahí están, escandalosos y confiados, convencidos y resueltos, completamente entregados a la euforia de haber encontrado un lugar en el mundo. Pero él no se lo cree. No se fía. Siempre hay algún peaje, recuerda. Tarde o temprano aparece algún molesto inconveniente que hay que tragarse para permanecer en ese mundo que ahora les parece idílico. Bah.

Mira por la ventana. Siente frío y soledad. No puede evitar preguntarse con asombro ¿Para qué?  ¿Para qué renunciar a lo que los demás dan como válido? El por qué del asunto hace tiempo que ha dejado de interesarle. De lo que se trata, piensa ahora, es de avanzar, no tiene ningún sentido enredarse en preguntarse por qué necesita un alternativa a su medida. Ya está bien de culpabilizar las propias intuiciones. Lo necesita y punto.

El caso es que quisiera saberlo y entregarse a ello con vehemencia. Pero reconoce que no lo sabe, y no quiere caer en más trampas ilusorias. A lo largo de todos estos años, le ha parecido saberlo en varias ocasiones, y se ha lanzado a ello con todo su empeño, para descubrir al cabo de un mes, que eso tampoco era.  

De modo que ahí está otra vez. Mirando por la ventana. Ansiando una respuesta que no llega. Mira hacia el parque concentrado y busca en sus árboles, en sus altas palmeras o en el columpio que se balancea una pista, un destello de revelación. Nada le resuena. Da un paso atrás, deja que la cortina vuelva a cubrir la ventana y camina por su casa mirando todos su objetos,  repasando las portadas de sus libros, recordando el por qué de cada figurita. El pasado la reconforta un instante, luego le invade de nuevo el desasosiego. Quiere hacer algo, pero no le vale cualquier cosa. El hacer por hacer ya no le interesa. Para él, hace tiempo que no se trata de sentirse ocupado con cualquier actividad. Necesita trascender el hacer por hacer. Algo que al hacerlo, lo transforme.

Piensa que es tan fácil moverse. Ir de aquí para allá, ocuparse, atolondarse, llenar la agenda de actividades. Ahora mismo por ejemplo, podría cambiar de opinión,  interrumpir su soliloquio, ponserse la chaqueta, abrir la puerta y salir al encuentro de los demás. Sin embargo, enseguida advierte que el movimiento es un arma de doble filo, lo mismo te acerca que te aleja. No, no es lo mismo moverse que avanzar o adentrarse. Hay que moverse con una dirección, reflexiona. Ah, la dirección. El sentido.

Pensaba que sería más fácil. Que si lograba detenerse, el ruido cesaría y entonces podría escuchar su propia voz. Se ha parado, se ha puesto en posición de escucha. Y no hay nada.  Ahora que lo piensa tal vez había sido un poco naïve al respecto. ¿Qué pensaba? Que de pronto escucharía una voz interior dictarle su camino? Su ingenuidad lo desanima. ¿Y entonces?  

Ah!

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