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martes, 23 de octubre de 2012

Noches de tormenta

Allá abajo, el agua se lleva por delante todo cuánto no está sujeto, amarrado, seguro. Desde el balcón, ella siente las húmedas caricias de las gotas que rebotan, inofensivas, frente a su pies desnudos. De pronto, le sobreviene la angustia. La misma que desde hace meses le taladra las sienes y reabre la herida del callejón sin salida. El mismo dardo envenenado que la ha hecho salir, una noche más, en pijama al balcón. Erguida como un mástil, aprieta los dientes, cierra los puños con fuerza y mira de frente a la nada, en mitad de una noche de tormenta, ávida de vida.



Y él, que es de los que se esfuerza en ver más alla, se inquieta. Quiere saber qué sucede en ese sueño recurrente que se repite sistemáticamente todas las noches de tormenta. Pero se le resiste. Se desvanece en la borrosa oscuridad del olvido en cuanto ella abre los ojos.

Fallar cada día

"Si un ser perfecto del planeta Marte descendiera y se enterara de que los seres de la Tierra se cansaban y envejecían, sentiría pena y espanto. Sin enteder jamás lo que había de bueno en ser gente, en sentirse cansada, en fallar diariamente; sólo los iniciados comprenderían ese matiz de vicio y ese refinamiento de vida".

La imitiación de la rosa, Clarice Lispector.