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miércoles, 4 de abril de 2012

El día siguiente

La verdad es que aunque no lo esperaba, no me pilló desprevenida. De hecho, yo misma me lo había preguntado alguna vez. Es una de esas cosas que sabía, que sabes, que tarde o temprano van a pasar. De modo que de vez en cuando, sin venir tampoco mucho a cuento, pensaba en ese día. Bueno, en ese día exactamente, no. En el día siguiente.

Recuerdo que un día pensé que no pasaría nada. A veces la vida (sobretodo en el primer mundo) está tan llena de pequeñas cosas insignificantes y sin embargo tremendamente absorbentes, que no me extrañaría, pensaba yo, que lo realmente importante no encontrara su lugar, su espacio o su voz para manifestarse. De hecho, para eso sirven las agendas, no? Para abarrotarlas mientras las cosas importantes quedan en segundo plano, a una distancia prudencial. La suficiente como para que no nos lleguen, no nos toquen y no nos duelan. Así que seguramente esas cosas nimias, vacuas y hasta insultantes, seguirían teniendo su espacio reservado en mi agenda, captando mi atención, ocupando mi tiempo y raptando mi alma.

Es decir que en realidad, pensaba yo, en lo que a efectos del día a día se refiere, no pasaría nada extraordinario. Me levantaría al sonar el despertador, desayunaría mi tostada integral y mi café americano, me arreglaría para ir al trabajo, pasaría ocho horas fuera de casa durante las cuales apenas pensaría en nada realmente interesante, decisivo o incluso útil y regresaría de nuevo a casa.Tal vez sería entonces, cuando ya el sol se va ocultando, y el día anuncia que se retira, en ese recorrido a pie de vuelta a casa, agotada, derrotada y aburrida, cuando tal vez me detendría un instante, levantaría la vista al cielo y pensaría profundamente en él. “No veas qué mierda de día, papá. Qué tal te va a ti por ahí arriba?"

Ahora que ya estoy en el día siguiente, y siento que hay demasiadas cosas que no encajan en mi vida, veo que en lo que respecta a las cosas insignificantes no me equivocaba. Siguen reclamando un tiempo y un espacio que no les corresponde. Sin embargo, hay algo en lo que estaba profundamente equivocada. El día siguiente no es un día más. Es un día menos. Y esa es su última lección magistral.