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miércoles, 28 de marzo de 2012

Carne de post

El señor Turnavé tiene unos 50 años, no es ni gordo ni flaco, de mediana estatura, y es un poco calvo. Tiene la cara redonda, la tez más bien blanca, y unos ojos verdes un poco saltones. En conjunto, tiene una cara afable, agradable, muy a juego con su voz, una voz suave, nada grave o rotunda. Siempre va vestido de traje y corbata, impecable, bien afeitadito y oliendo a colonia sobria y cara. El problema del señor Turnavé no es su imagen. De hecho, se podría decir que su presencia, su porte, es precisamente su mejor baza.

El problema del señor Turnavé viene en cuanto pasa de la pose a la acción. Ahí es donde se pierde, se atolondra y se atropella. Es un hombre nervioso, inquieto y acelerado. Si no fuera porque sé que está enganchado a la fe católica, pensaría que está enganchado a otras drogas. A menudo lo veo andar de un lado a otro, atribulado, buscando a alguien o algo que no encuentra, que ya se ha ido o que aún no ha llegado. El señor Turnavé no es médico, ni piloto, ni policía, ni bombero. Sin embargo se comporta como si cada una de sus actuaciones tuvieran un valor incalculable y en cada una de sus decisiones le fuera la vida. Y eso es algo, hay que reconocerlo, que sabe transmitir muy bien. El señor Turnavé transmite a todas horas urgencia, presión y preocupación. A veces sospecho que precisamente en eso consiste su trabajo: en conseguir transmitir en el menor tiempo posible la mayor cantidad de presión posible.

Su modus operandi vendría a ser el siguiente: te manda un mail para que hagas algo, al minuto te llama por teléfono y te pregunta si ya has hecho lo que te ha pedido, le contestas que no, entonces se sorprende (aún no?) y te urge a que lo hagas lo antes posible. A los cinco minutos te llama por teléfono para preguntarte qué tal vas. Durante esos cinco minutos en los que no has sabido nada de él, se ha dedicado a comprometerse con quien haga falta de que la tarea que te ha enviado ya está hecha. En el primer mail percibes su presión interna, pero en su segunda llamada a la presión interna ya se le ha sumado la externa y su delicada voz suena aún más tensa y apurada. En ese punto el señor Turnavé ya se ha convertido en un manojo de nervios imparable, en un disco rayado que repite a modo de lorito impertinente lo que ya te ha dicho por mail, te ha recordado por teléfono y ahora tartamudea inútilmente.

La primera vez que el señor Turnavé utilizó su táctica conmigo me puse tan nerviosa que después de acabar la tarea, me temblaban tanto las manos que tuve que tomarme una tila. Las siguientes veces intentaba ir lo más rápido posible para evitar su tercera llamada o incluso su visita en persona. Eso sí que era un espectáculo patético a prueba de nervios: Ese hombrecillo con cara de pan, plantado enfrente de mí, con los ojos saltones desorbitados y atropellándose con sus propias palabras. En más de una ocasión tuve que contenerme para no espetarle: “Por todos los demonios señor Turnavé!! Déjeme en paz!!”

Poco a poco fui observando al señor Turnavé, y lejos de cogerle cariño o tomarme sus brotes psicóticos con resignación, le fui acumulando tirria y desprecio. Los iba guardando en un bolsita de tela, de color azul, en la que también guardaba la tristeza que sentía al ver cómo todo el mundo a su alrededor sufría sus presiones y cedía a ellas sin rechistar. El día que la bolsa se llenó y no cabía en ella ni un ápice más de desdén o frustración, empecé a hacer exactamente lo contrario que el señor Turnavé pretendía de mí. Cuánta más prisa tenía él, más cosas urgentes encontraba yo que hacer antes que su tarea. Y cuanto más me llamaba, y más me insistía, más me demoraba yo en mis labores. Secretamente deseaba que le diera un colapso, que no pudiera soportar el ritmo natural de las cosas y explotara. Pero esa actitud tampoco me convencía, pues durante todo el tiempo que alargaba mi tarea, sufría palpitaciones, me sudaban las manos y me pitaban los oídos. Una vez intenté ir al lavabo teniendo una tarea suya pendiente, y estaba tan atacada de los nervios que mientras iba por el pasillo me sentía perseguida y acosada, aterrada ante la posibilidad de encontrármelo de cara. Cuando por fin llegué al lavabo, cerré la puerta tras de mí intentando sentirme a salvo. Pero al ver mi cara reflejada en el espejo me sobresalté. Por un momento pensé que era el señor Turnavé!!

Con el tiempo, me di cuenta de que el señor Turnavé era un histérico acosador, un hombre complemente irrespetuoso y por supuesto, un jefe pésimo. Es decir, lo que se vendría llamado en la jerga popular: un cabrón de oficina. Fue entonces cuando le perdí todo el respeto y desde ese día cada vez que lo veo pasar se me dibuja una sonrisa en el rostro y una vocecilla interior me susurra jocosa: “Ahí va el médico”.

Hace años que pienso que mi vida laboral y la de unos cuantos más sería mucho más sana y productiva si el señor Turnavé desapareciera. Si de pronto un día se colara por una alcantarilla mal cerrada y se lo tragara la tierra para siempre. Pero el señor Turnavé tiene cierto poder en la empresa, y es mucho más probable que prescindan de mí y de todos los que sufrimos sus estúpidas presiones que que prescindan de él.

El señor Turnavé es un hombre que vende humo, el que sale del petardo que les enciende en el culo a sus trabajadores. En el ambiente en el que me muevo eso es algo bastante frecuente, aunque no por eso deja de ser penoso, denunciable y carne de post.