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jueves, 20 de septiembre de 2012

Perder la inocencia


Llevaba tanto tiempo viviendo discretamente dentro de él, perfectamente instalada en su patio trasero, que en el curso de su conferencia magistral, el hombre más respetado del pueblo se atrevió a asegurar públicamente que para llegar a la madurez era necesario librarse de ella. “Para crecer, es necesario aniquilar la inocencia, matarla y enterrarla” había afirmado con rotundidad, aquella tarde de verano, ante una entregada audiencia.

Tan seguro estaba de sus palabras, que cuando de vuelta a casa, borracho de orgullo, algo le empezó a subir por la garganta ni siquiera sospechó que podría ser ella. Dejó que se le fuera llenando la boca de burbujas y pareciéndole el incidente hasta divertido, abrió la boca con cierta sorna y ante su atónita sorpresa, por ella salió volando una enorme burbuja de saliva en la que iba, cual reina en su trono, su inocencia. La burbuja se elevó plácidamente hasta lo alto de la farola, y una vez allí, sintiéndose herida y despechada, abrió la portezuela de su transparente nave y empezó a saltar de balcón en balcón mientras él intentaba torpemente atraparla de nuevo. Llegó, ágil y liviana, a las escaleras que conducían a la plaza mayor, se detuvo un instante para darle tiempo a alcanzarla, y en cuanto se acercó un poco más a ella, se fue deslizando alegremente barandilla abajo mientras él, tan maduro como desesperado, bajaba atolondrado las escaleras a trompicones suplicándole que volviera.

Una vez en la plaza, en la que todavía se encontraban la mayoría de los asistentes a su charla magistral, comentando precisamente su elocuencia y buen saber, la inocencia recorrió a modo de zig-zag las cinco columnas romanas sobre las que se asentaba la fachada principal del Ayuntamiento para dirigirse después a la fuente que presidía la plaza. Subió los dos escaloncitos de un salto, surcó las aguas sin problema, se encaramó al pie de la estatua, alcanzó fácilmente la pierna izquierda de la Diosa Atenea, se arrastró por sus ropas, siguió pecho arriba y enfilándose en su brazo derecho alcanzó la antorcha que sostenía en su mano. Allí se fue a posar, alumbrada por su llama, para comprobar desde lo alto el patético estado en el que se encontraba el ilustre hombre que se había permitido despreciarla. A los pies de la fuente, lloriqueaba ahora, triste y desarmado como un chiquillo extraviado. Balbuceaba una serie de frases incomprensibles para el resto de la audiencia: "No te vayas por favor. Vuelve, vuelve. Te lo ruego, por favor vuelve. Lo siento, fue un error despreciarte, no sabía lo que decía. He sido un necio, un estúpido".

La plaza entera había enmudecido y los lugareños contemplaban con gran pasmo la metamorfosis de tan ilustre caballero. El respetable hombre de letras aparecía de nuevo convertido en un ser desesperado, implorando públicamente el perdón de la Diosa Atenea, en el mismísimo centro de la plaza del pueblo. La inocencia, visible sólo a los ojos de su antiguo dueño, retrocedió entonces por el brazo derecho de la Diosa Atenea, se deslizó por su pecho, bajó por sus ropas a modo de tobogán, se dejó caer por su pierna izquierda, se detuvo al pie de la estatua un instante, volvió a surcar las aguas, bajó de un salto los dos escaloncitos sobre los que se asentaba la estatua y se acercó al pobre hombre. Le miró un instante a los ojos, y salió disparada hacia la fachada principal del Ayuntamiento, zigzagueó alrededor de las cinco columnas romanas que lo apuntalaban, esta vez en sentido inverso. Él corría desesperado detrás de ella "Por favor, te lo ruego, vuelveee, vuelveee. No sabía lo que decíaaa, estaba equivocado. Fue la vanidad, me dejé cegar por la vanidad!". Ella, sabia y serena, esperó tranquilamente a que él se hubiera retractado públicamente y se aseguró de que se hubiera despojado por completo del traje de orgullo y soberbia que con tanto aplomo se había enfundado  esa tarde. Y en cuánto lo tuvo de nuevo a sus pies, enfiló diligentemente por la barandilla de las escaleras de salida de la plaza mientras él las subía atolondradamente de dos en dos. Una vez en lo alto, recorrió la calle saltando de balcón en balcón y se fue a detener en lo alto de la farola, donde la nave de la que había salido la esperaba con la puerta abierta. El hombre corría calle arriba como si se le escapara la vida y al llegar por fin a la farola, al borde de la extenuación, se abrazó a ella y cayó de rodillas a sus pies. La inocencia descendió entonces, tan fresca y elegante como siempre, en su nave transparente y se posó frente a él. El hombre, incapaz de salir de su pasmo, quedó boquiabierto. Y así fue como volvió a entrar la inocencia en él, burbujeando primero en su paladar y descendiendo después por su garganta hasta volver a instalarse en su patio trasero.

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