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lunes, 11 de abril de 2011

Esquinazo al asfalto

No me gusta el asfalto. Su abrumadora presencia me pesa, su dureza me oprime y su sordidez me entristece. El peor momento del día para pisarlo es a primera hora. Precisamente cuando más necesito un soplo de esperanza, un poquito de aliento, la ciudad me ofrece su cara más deprimente en forma de transporte público. Las miradas ojerosas, cabizbajas y malhumoradas preludian un nuevo infierno cotidiano. Y ya empezamos mal.

Pero si en vez de dejarme arrastrar y pisotear, lo pongo a mis pies y lo hago rodar a mi antojo, la cosa cambia. Cablagar el asfalto, surcar los bordillos, hacer eslálon en las filas de árboles y coger velocidad en las rampas. Mirar al cielo. Oler la primavera. Sentir el sol en mi cara. Es el placer de marcar el propio ritmo con pedales, patines o monopatines. Eso es lo que yo llamo un buen comienzo. Y ya de buena mañana, esquinazo al asfalto.