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miércoles, 14 de septiembre de 2011

¿A dónde van los besos que no das?

¿A qué huelen las nubes? ¿A qué sabe el aire? ¿Qué tacto tiene el cielo? Seguramente existe alguna respuesta científica para estas preguntas. De lo que ya no estoy tan segura es de que la ciencia pueda responder a esta otra: ¿A dónde van los besos que no das? ¿Dónde va a parar el cariño que no tuvo ocasión, fuerza o acierto para llegar a su destino?

La respuesta bien podría ser: "a ningún sitio, lo que no se da, se pierde, se desvanece, desaparece". Pero no, no me convence. Un beso, una caricia o un abrazo no son bienes materiales, no se pueden guardar en un armario, ni en el banco. No se pueden coleccionar ó exhibir en un escaparate. Tampoco se pueden destruir, incinerar o enterrar. No son caducos. Y lo que no es caduco, ni se pierde, ni se desvanece, ni desaparece. Permanece. No sabría decir exactamente en qué lugar del corazón, de la memoria o de nuestra alma se quedan dormidos y latentes, pero sí, definitivamente permanecen.

Se me antoja que puede que luego no vuelvan directamente a su destinatario inicial, sino a alguien que nos lo recuerda. Alguien cuyo carácter, rasgos físicos o cualquier otro pequeño detalle como un gesto o una mueca nos trae a la memoria a aquella persona a la que no pudimos, o no supimos, brindarle el cariño que nos inspiraba. Tal vez sea por eso que luego aparecen en nuestras vidas personas a las que enseguida les cogemos un afecto especial sin saber muy bien de dónde viene esa empatía tan sincera y tan extrañamente familiar. Y lo curioso es que suele ser una empatía correspondida. Quién sabe si también ellos ven en nosotros rasgos de alguien especial y el encuentro no es sino un despertar mutuo de cariños latentes.

El caso es que al liberar ese cariño estamos invocando, consciente o inconscientemente, a la persona a la que no pudimos dárselo en su momento. No puedo explicar el mecanismo cósmico que se activa en estos casos, pero por extraordinario que pueda parecer, la persona con la que nos sentimos en deuda, esté dónde esté, lo nota, lo percibe y de alguna manera, lo recibe.

Y esa es la razón por la que un buen día, estando en la cola de la panadería, y sin venir a cuento, de súbito nos asalta el recuerdo de ese alguien querido a quién hace tiempo que no vemos, y del que no sabemos ya nada de su vida, pero que sin embargo no hemos olvidado. Y de pronto lo sentimos muy cerca, tan cerca que es como si los besos, las caricias y los abrazos que nos faltaron entonces, nos estuvieran llegando ahora, todos juntos, de forma inesperada.

¿Qué ha pasado? Tal vez el tiempo necesario.