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martes, 26 de abril de 2011

La ficción es carnívora

Hoy de pronto he recordado una entrevista que vi hace mucho tiempo, en televisión. La entrevistada era la célebre escritora Marguerite Duras. Yo a Marguerite, la descubrí casí de casualidad una tarde de otoño que estaba aburrida por casa y me dio por ojear la biblioteca de mis padres a ver si encontraba algo que me entretuviera un rato. Y allí estaba "El amante", un librito de tapas gruesas y gastadas que me abrió las puertas a un nuevo mundo, al universo Duras. Un universo que en aquellos momentos me pareció rompedor, fresco, intenso y absolutamente liberador.

Pues bien, en aquella entrevista, de todas las cosas interesantes que dijo Duras, ahora mismo sólo logro recordar una. Marguerite confesó que para ella había una condición sine qua non para poder escribir, para poder perderse entre líneas, para crear su caótico universo. Para ella, lo único indispensable e imprescindible para poder abandonarse a la ficción, era ni más ni menos que orden. Es decir: un sitio seguro al que regresar.

Tal vez sólo puedo recordar esa parte de la entrevista, porque la memoria va rescatando del pasado sólo lo que tiene alguna relación con lo que se está viviendo en el presente. Y ciertamente, a mí esta mañana me ha caído en las manos, casualmente también, un suplemento de El País, de agosto del año pasado, en el que aparecía una entrevista a la también escritora Elvira Lindo. Hablaba de su última novela, una novela que no es autobiográfica pero en la que tampoco se ha emperrado en omitir, disimular o borrar su huella personal en los personajes. Curiosamente, ella también decía que esta novela la había podido escribir justamente ahora, porque estaba en una etapa equilibrada de su vida.

Lo cual me hace pensar que el desequilibrio, el caos, el abismo, el lado oscuro de nuestros personajes está ahí para adentrarse en él. Pero cuidado, no siempre. Que la ficción es carnívora. E insaciable.

miércoles, 13 de abril de 2011

La casa de mis sueños

Dice Esther Tusquets en Confesiones de una vieja dama indigna: "Creo que las personas, o al menos muchas personas, entre ellas yo, tenemos, aunque hayamos vivido en un montón de lugares distintos, una casa que es 'nuestra casa', única, exclusiva, que recordamos siempre, y a la que soñamos regresar y a la regresamos en sueños".

La casa de mis sueños tiene una cocina de gas antigua y un pilón de mármol. En el pequeño salón siempre hay colgado un calendario de papel, al lado del reloj de cuerda. El suelo es de madera y de vez en cuando cruje simpático. El teléfono está justo en el centro de la casa, colocado estratégicamente en el medio del pasillo, y es de los que los números se marcan y luego ellos ruedan. Las ventanas son de madera y estan pintadas de blanco. Si me asomo aún puedo oler el frescor de la ropa tendida y abajo, el pequeño patio repleto de plantas de todo tipo y flores blancas.

lunes, 11 de abril de 2011

Esquinazo al asfalto

No me gusta el asfalto. Su abrumadora presencia me pesa, su dureza me oprime y su sordidez me entristece. El peor momento del día para pisarlo es a primera hora. Precisamente cuando más necesito un soplo de esperanza, un poquito de aliento, la ciudad me ofrece su cara más deprimente en forma de transporte público. Las miradas ojerosas, cabizbajas y malhumoradas preludian un nuevo infierno cotidiano. Y ya empezamos mal.

Pero si en vez de dejarme arrastrar y pisotear, lo pongo a mis pies y lo hago rodar a mi antojo, la cosa cambia. Cablagar el asfalto, surcar los bordillos, hacer eslálon en las filas de árboles y coger velocidad en las rampas. Mirar al cielo. Oler la primavera. Sentir el sol en mi cara. Es el placer de marcar el propio ritmo con pedales, patines o monopatines. Eso es lo que yo llamo un buen comienzo. Y ya de buena mañana, esquinazo al asfalto.