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miércoles, 2 de noviembre de 2011

El muerto al hoyo y el vivo al bollo

El día de todos los santos amanece justo después de la noche de todos los muertos. Y la noche de todos los muertos es esa noche del año elegida para jugar a desdramatizar la muerte y asomarse al mundo desde el humor negro y los puntos de vista macabros. Así, nadie se extraña demasiado de ver esqueletos paseando por el parque, cadáveres tumbados al sol, vampiros revoloteando a la luz de la luna o calabazas siniestras iluminando las casas. Es una noche para recordar a nuestros muertos y para compartir bien entrada la madrugada, y en la oscuridad de la noche, experiencias místicas, espírituales o paranormales sin que nadie se escandalice o se asuste más de lo normal.


A mí la noche de todos los muertos no me da miedo, lo que realmente me aterra es el día después del día de todos los santos. El siguiente amanecer de normalidad, en el que vuelvo a reconocer zoombies por doquier, cadáveres sentados en los bancos de los parques y vampiros insomnes. Una cosa es tomarse la muerte como parte de la vida, y jugar con ella y sus rituales una vez al año para desdramatizar la certeza acongojante de que a todos nos espera y nadie sabe exactamente cuándo o cómo se presentará. Y otra muy distinta, y mucho más macabra, es llevar la muerte dentro de forma permanente. El muerto está muerto, y puede que su espíritu nos ronde un tiempo, nos proteja durante años o nos visite puntualmente para darnos una lección, un susto o una alegría. Lo que me parece realmente aterrador es ver deambular todas esas almas sin vida con absoluta normalidad, día tras día. Almas absolutamente funcionales desde un punto de vista social (trabajan, compran, hablan, comen y beben) pero nada más. Hasta ahí han llegado y de ahí no pasan. Vidas ordenadas, previsibles, monótonas y seguras. Cárceles de hastío privadas de presente, espontaneidad, retos o nuevas ilusiones. Eso sí que es aterrador.

Por eso mismo, tras la noche de todos los muertos, y el día de todos los santos, nos toca a los vivos, a los que estamos en el más acá recoger el mensaje que nos traen los del más allá... VIVE.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

¿A dónde van los besos que no das?

¿A qué huelen las nubes? ¿A qué sabe el aire? ¿Qué tacto tiene el cielo? Seguramente existe alguna respuesta científica para estas preguntas. De lo que ya no estoy tan segura es de que la ciencia pueda responder a esta otra: ¿A dónde van los besos que no das? ¿Dónde va a parar el cariño que no tuvo ocasión, fuerza o acierto para llegar a su destino?

La respuesta bien podría ser: "a ningún sitio, lo que no se da, se pierde, se desvanece, desaparece". Pero no, no me convence. Un beso, una caricia o un abrazo no son bienes materiales, no se pueden guardar en un armario, ni en el banco. No se pueden coleccionar ó exhibir en un escaparate. Tampoco se pueden destruir, incinerar o enterrar. No son caducos. Y lo que no es caduco, ni se pierde, ni se desvanece, ni desaparece. Permanece. No sabría decir exactamente en qué lugar del corazón, de la memoria o de nuestra alma se quedan dormidos y latentes, pero sí, definitivamente permanecen.

Se me antoja que puede que luego no vuelvan directamente a su destinatario inicial, sino a alguien que nos lo recuerda. Alguien cuyo carácter, rasgos físicos o cualquier otro pequeño detalle como un gesto o una mueca nos trae a la memoria a aquella persona a la que no pudimos, o no supimos, brindarle el cariño que nos inspiraba. Tal vez sea por eso que luego aparecen en nuestras vidas personas a las que enseguida les cogemos un afecto especial sin saber muy bien de dónde viene esa empatía tan sincera y tan extrañamente familiar. Y lo curioso es que suele ser una empatía correspondida. Quién sabe si también ellos ven en nosotros rasgos de alguien especial y el encuentro no es sino un despertar mutuo de cariños latentes.

El caso es que al liberar ese cariño estamos invocando, consciente o inconscientemente, a la persona a la que no pudimos dárselo en su momento. No puedo explicar el mecanismo cósmico que se activa en estos casos, pero por extraordinario que pueda parecer, la persona con la que nos sentimos en deuda, esté dónde esté, lo nota, lo percibe y de alguna manera, lo recibe.

Y esa es la razón por la que un buen día, estando en la cola de la panadería, y sin venir a cuento, de súbito nos asalta el recuerdo de ese alguien querido a quién hace tiempo que no vemos, y del que no sabemos ya nada de su vida, pero que sin embargo no hemos olvidado. Y de pronto lo sentimos muy cerca, tan cerca que es como si los besos, las caricias y los abrazos que nos faltaron entonces, nos estuvieran llegando ahora, todos juntos, de forma inesperada.

¿Qué ha pasado? Tal vez el tiempo necesario.

martes, 26 de abril de 2011

La ficción es carnívora

Hoy de pronto he recordado una entrevista que vi hace mucho tiempo, en televisión. La entrevistada era la célebre escritora Marguerite Duras. Yo a Marguerite, la descubrí casí de casualidad una tarde de otoño que estaba aburrida por casa y me dio por ojear la biblioteca de mis padres a ver si encontraba algo que me entretuviera un rato. Y allí estaba "El amante", un librito de tapas gruesas y gastadas que me abrió las puertas a un nuevo mundo, al universo Duras. Un universo que en aquellos momentos me pareció rompedor, fresco, intenso y absolutamente liberador.

Pues bien, en aquella entrevista, de todas las cosas interesantes que dijo Duras, ahora mismo sólo logro recordar una. Marguerite confesó que para ella había una condición sine qua non para poder escribir, para poder perderse entre líneas, para crear su caótico universo. Para ella, lo único indispensable e imprescindible para poder abandonarse a la ficción, era ni más ni menos que orden. Es decir: un sitio seguro al que regresar.

Tal vez sólo puedo recordar esa parte de la entrevista, porque la memoria va rescatando del pasado sólo lo que tiene alguna relación con lo que se está viviendo en el presente. Y ciertamente, a mí esta mañana me ha caído en las manos, casualmente también, un suplemento de El País, de agosto del año pasado, en el que aparecía una entrevista a la también escritora Elvira Lindo. Hablaba de su última novela, una novela que no es autobiográfica pero en la que tampoco se ha emperrado en omitir, disimular o borrar su huella personal en los personajes. Curiosamente, ella también decía que esta novela la había podido escribir justamente ahora, porque estaba en una etapa equilibrada de su vida.

Lo cual me hace pensar que el desequilibrio, el caos, el abismo, el lado oscuro de nuestros personajes está ahí para adentrarse en él. Pero cuidado, no siempre. Que la ficción es carnívora. E insaciable.

miércoles, 13 de abril de 2011

La casa de mis sueños

Dice Esther Tusquets en Confesiones de una vieja dama indigna: "Creo que las personas, o al menos muchas personas, entre ellas yo, tenemos, aunque hayamos vivido en un montón de lugares distintos, una casa que es 'nuestra casa', única, exclusiva, que recordamos siempre, y a la que soñamos regresar y a la regresamos en sueños".

La casa de mis sueños tiene una cocina de gas antigua y un pilón de mármol. En el pequeño salón siempre hay colgado un calendario de papel, al lado del reloj de cuerda. El suelo es de madera y de vez en cuando cruje simpático. El teléfono está justo en el centro de la casa, colocado estratégicamente en el medio del pasillo, y es de los que los números se marcan y luego ellos ruedan. Las ventanas son de madera y estan pintadas de blanco. Si me asomo aún puedo oler el frescor de la ropa tendida y abajo, el pequeño patio repleto de plantas de todo tipo y flores blancas.

lunes, 11 de abril de 2011

Esquinazo al asfalto

No me gusta el asfalto. Su abrumadora presencia me pesa, su dureza me oprime y su sordidez me entristece. El peor momento del día para pisarlo es a primera hora. Precisamente cuando más necesito un soplo de esperanza, un poquito de aliento, la ciudad me ofrece su cara más deprimente en forma de transporte público. Las miradas ojerosas, cabizbajas y malhumoradas preludian un nuevo infierno cotidiano. Y ya empezamos mal.

Pero si en vez de dejarme arrastrar y pisotear, lo pongo a mis pies y lo hago rodar a mi antojo, la cosa cambia. Cablagar el asfalto, surcar los bordillos, hacer eslálon en las filas de árboles y coger velocidad en las rampas. Mirar al cielo. Oler la primavera. Sentir el sol en mi cara. Es el placer de marcar el propio ritmo con pedales, patines o monopatines. Eso es lo que yo llamo un buen comienzo. Y ya de buena mañana, esquinazo al asfalto.