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jueves, 17 de junio de 2010

Gente de ley. Gente de bien

De pronto, ese ruido de fondo que proviene de la tele, se ha parado en seco y ha captado mi atención. He levantado la vista y me he fijado en ese hombrecillo mayor, de rostro afable, casi familiar, que me miraba fijamente, y en un tono casi de confidencia ha dicho:

"Mire, muchas veces las batallas no se libran para ganar, porque ganar, no ganarás mucho. La verdad es que la batallas se libran, sobre todo, por la dignidad".

No podría estar más de acuerdo. En realidad, la dignidad es algo tan personal, que nadie puede quitártela. La dignidad no se pierde, se entrega. Por eso es tan horrible no luchar por ella, abandonarla o dejarla a su suerte.

Yo nunca he tenido grandes ídolos, no he admirado nunca a nadie sin conocerlo, sin haber comprobado en primera persona que eso que dice o promulga, luego lo aplica en su vida cotidiana. Sí he conocido, por contra, personajes que me han parecido tremendamente contradictorios e insinceros. La verdad es que ese tipo de actitudes no despiertan en mí ningún tipo de interés o curiosidad. Lo cierto es que los aborrezco sobremanera. No me interesan.

No suelo ser una persona impresionable, más bien suelo tomarme mi tiempo en observar lo que sucede a mi alrededor. Sin embargo, hay algunas personas, que cuánto más las observo, más me impresionan. Y ahora que lo pienso, lo que más admiro de ellas es precisamente eso: su dignidad. Esa discreta y silenciosa coherencia entre sus palabras y sus actos. Eso me maravilla. Me impresiona. Desprenden algo tremendamente poderoso e inspirador. Son almas que luchan a diario consigo mismas para mantenerse limpias y dignas. Gente de ley. Gente de bien.