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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Volver

No sé qué hora debía ser cuando esos ruidos me despertaron. Estaba todo a oscuras, sólo podía ver, y con mucha dificultad, la sombra de unos enormes árboles en frente de mí. Oía voces, gritos, pisadas de gente corriendo de un lado a otro. Me di la vuelta y advertí que estaba sola. Supuse que Cloe también se habría despertado, y se había levantado para ver qué pasaba. Los gritos eran cada vez más angutiosos y desesperados, no entendía muy bien qué decían, pero parecían una mezcla de insultos, órdenes y suplicios. Y ella no volvía. Afiné el oído y entendí que era algo así como una persecución, unos corrían alterados y otros les seguían muy de cerca increpándoles. En algún momento pensé en levantarme para ver qué estaba pasando, pero seguía sin ver prácticamente nada y tuve miedo de desorientarme y no saber volver. Lo cierto es que estaba aterrada. Por lo menos en el silencio de mi lecho me sentía protegida por la propia oscuridad que me envolvía. Si yo no podía verlos a ellos, ellos tampoco me encontrarían a mí. Sí, mejor quedarme inmóvil y dejar que pasara todo.

De pronto sentí unas pisadas que se acercaban. Eran ligeras, tranquilas, y al mismo tiempo se dirigían ágiles y rápidas directamente hacia mí. No era Cloe, conozco su manera de andar y sabía perfectamente que no era ella. Se me aceleró el corazón, intenté respirar con normalidad, pero notaba cómo el miedo se iba apoderando de mí y cada vez respiraba con más dificultad. Noté que algo húmedo me rozaba la mano. No podía ver qué era, pero parecía el morro de un animal. Seguramente un perro. Me quedé inmóvil. El morro de aquel animal me volvió a rozar la mano y noté su cabeza contra mi mano. Eso me tranquilizó. Fuera lo que fuera no parecía tener ninguna intención de atacarme. Le acaricié la cabeza suavemente y sentí que el animalito se acostaba a mis pies. Bien, respiré aliviada. Ya no estaba sola. Eso me hizo sentir un poco más segura. Pero mi compañera seguía sin venir y los gritos no cesaban. Estaban muy cerca, ahora estaban justo al otro lado de los árboles. Temí que la hubieran descubierto. Sin pensarlo demasiado, me levanté muy lentamente y me coloqué justo detrás de un gran tronco. Luego aparté algunas ramas y vi algo más de luz. Avancé un poco más hacia los ruidos, y me encontré en el pasillo de mi casa, yendo hacia la ventana de la habitación pequeña. Estaba aturdida y no lograba entender exactamente dónde estaba ni qué me estaba pasado. Retiré un poco las cortinas y me asomé a la ventana. Vi dos furgonetas de la policía y varias personas esposadas contra la pared. Volví a notar que algo me humedecía los tobillos, bajé la vista y me encontré con los brillantes ojos de mi gato.

De modo que era eso: la realidad se había colado sigilosamente en mi sueño para advertirme de una situación de peligro real. Ya no estaba en el medio de un enorme bosque disfrutando de la paz y la tranquilidad de la naturaleza. Ahora estaba otra vez en la ciudad, con mi fiel mascota. De nuevo el ajetreo, los ruidos, la violencia, la agresividad y los conflictos de insomnes desconocidos se volvían a colar por mi ventana.

Esta vez, sin embargo, no tuve ganas de quedarme observando la escena para saber qué había pasado. No sentí la más mínima curiosidad. Simplemente me di la vuelta y me volví a acostar. Desvelada, cansada y extrañamente resignada.