Páginas

jueves, 29 de julio de 2010

Sin peso

Estamos a finales de julio. Contemplo desde mi humilde balcón una tormenta de verano. Ha venido de la nada y ahí está, descargando con fuerza toda la tensión acumulada en estas últimas semanas: la pesada carga de las decisiones bochornosas, la fría gota de sudor que te recorre el espinazo antes de firmar un contrato tan esperado como temido, las agujas que te abrasan los nudos cervicales, y ese molesto ardor de estómago al tener que encajar las frustraciones ajenas. Y ahora, así de pronto, se presenta ante mí esta bendida tormenta de verano. Siento que con ella se está corriendo un tupido velo sobre este mes convulso, difícil e intenso. Que lo vamos dejamos atrás, que se ha quedado en el mundo que existía antes de la tormenta. Y cuando ésta cese, lo habrá limpiado de mi vista. De mi presente.

El cielo necesitaba un respiro y le ha sido concedido. Yo también necesitaba como agua de mayo esa imparable tromba de agua que se ha llevado consigo todo el polvo levantado, y que al cesar, ha dejado el ambiente limpio, fresco y liviano.

Sin peso. Que es como mejor se viaja.