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domingo, 28 de febrero de 2010

Stop

Una diminuta bola de nieve se repliega en sí misma, arrastra a las que tiene a su alrededor, empieza a coger fuerza y velocidad, se convierte en una enorme masa incontrolable que arrasa a su paso todo cuanto encuentra y sólo se detiene al chocar contra algo más fuerte que ella que la disuelve. Es el efecto alúd. No te das cuenta de que te viene encima hasta que te aplasta. El ritmo frenético y vertiginoso de la vida moderna es un poco como un alúd. Las prisas diarias, las urgencias sin importancia, la falta de sueño, el cansancio, las comidas rápidas, ese corre-corre constante e imparable que se va apoderando de ti, te acelera el corazón y te hace ir por la vida como si ésta fuera una calle de San Francisco y tú la bajaras en una bicicleta sin frenos. Es la misma sensación que estar dentro de un torbellino que cada día gira a más velocidad, y no te concede ni una pausa para darte cuenta de que has caído en la trampa: te has convertido en un hamster hiperactivo y enjaulado dando vueltas en su triste ruedecilla.

Y así las cosas, de pronto un día llegas a un cruce y te encuentras un semáforo en ámbar. Y ese día, en lugar de acelerar y saltártelo, te detienes en seco. Lo primero que notas es el impacto en tu nuca de la bola que llevas arrastrando y que tiene ya un tamaño considerable. (A mayor tamaño de la bola, más fuerte es la colleja que recibes). Cuando logras recobrarte del golpe, se abre ante ti un mundo de quietud desconcertante, un silencio y una calma total en la que la vida te parece otra. Tú misma te sientes otra. Es como si todo a tu alrededor se hubiera detenido y por fin puedes escuchar a esa suave voz en off que lleva tiempo susurrándote: ¿Por qué corres tanto? ¿Qué prisa tienes? ¿Dónde crees que vas?