Páginas

jueves, 9 de abril de 2009

La grieta

Una grieta en la pared. Un fino surco que divide en dos lo que antes era un todo. Las casas, las paredes, los techos forman parte de nuestro caótico mundo, y como tales, están igualmente sometidos a las implacables leyes del paso del tiempo y la erosión. Vista de cerca, una grieta en la pared no es tan diferente de una grieta en el corazón. Un fino hilo de sangre que rompe la armonía y la alegría de la cavidad que antes latía, segura y recogida, como un todo. La grieta es un símbolo de separación, de un mundo dividido en el que las nuevas partes empiezan a desfilar en direcciones opuestas. Aparece cuando las cosas ya no son capaces de guardar las formas, y mucho menos la compostura. Ese primer surco inofensivo que poco a poco se ha ido abriendo paso no es casual ni inofensivo. Es el estandarte de la decadencia. Tanto más molesto, cuánto más se pretende ignorarlo. Porque a medida que pasa el tiempo, el surco va tomando forma, se ensancha, se hace cada vez más obvio y visible. Y avanza contumaz e imperturbable hasta que es evidente que algo se resquebraja a nuestro alrededor.

El siguiente paso es evidente: hay que evitar su avance, tapar el abismo con masilla, cubrir el negro vacío con polvos blancos diluidos en agua, lijar los bordes y limar las asperezas. Eso es lo que se llama restauración. Inyectar nueva savia a un objeto estropeado, mallado, tarado, erosionado o simplemente descuidado, a ver si así vuelve a recuperar sus funciones.

La última fase es sin duda la más grata. Pintar la grieta, devolverle el color y la alegría de manera que donde hubo un surco, una separación, una brecha, vuelva a haber unidad, consenso y horizonte.

De todos modos, y siendo realistas, por mucho cariño que se le inyecte a la grieta, la pared ya no volverá a ser la misma, una grieta siempre deja alguna huella, algún rastro que no pasará por alto un ojo atento y entrenado. En eso también se parecen las grietas a los corazones, un corazón roto tampoco vuelve ya a funcionar como uno nuevo. Saberse mortal y vulnerable, modifica sustancialmente su manera de asomarse al mundo. Mientras ha ido remendando el descosido por el que se desangraba ha tenido tiempo de aprender a defenderse de las intemperies, de modo que tampoco se muestra ya tan altivo ni impulsivo. Ni qué decir tiene que los cambios de tiempo y de humores le afectan mucho más. Eso es algo que tampoco se le pasa por alto a un ojo atento y entrenado. Y mucho menos si ese ojo, paciente y observador, pertenece a su vez a otro corazón remendado.

Decidirse a arreglar una grieta lleva su tiempo. De hecho suele ser mucho más difícil decidirse a arreglarla, que el mero hecho de ponerse manos a la obra. Precisamente por eso es tan fructífero ese tiempo de observación pasiva y silente. Puede que sea el que necesita la otra grieta, la del corazón, para decidirse a poner fin a la hemorragia. Aunque es imposible saber a ciencia cierta qué extraños mecanismos conectan unas grietas con otras, sospecho que entre ellas se hablan, se entienden, se retroalimentan y llegado el momento, al desaparecer una, se diluye la otra. Por eso, a veces, arreglar una grieta no es casual. Es el simbólico empeño de un corazón de volver a latir con fuerza.