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miércoles, 10 de junio de 2009

Sin palabras

El mundo de la semántica funciona al revés de cómo nos lo explicaron en la escuela: No somos nosotros quiénes las escogemos a ellas, son ellas las que deciden hablar por nosotros. Las palabras tienen vida propia, escapan a nuestra voluntad para contar lo esencial, y aunque no queramos, de vez en cuando nos traicionan y nos delatan. Son ellas y no nosotros, las que cuentan lo realmente importante. Por eso si las escuchamos atentamente, también nos ayudan, nos dan pistas y nos guían. Mira por ejemplo la palabra "precipitarse". Es de lo más gráfica, porque quién se precipita, se despeña, se descalabra, da un paso mortal en falso y cae al abismo. De manera que si alguien te dice "No te precipites", por muy tranquilamente que te lo esté diciendo, lo que en realidad te está diciendo es: "¡Cuidado!"

De todos modos, más que lo que dice la gente, a mí siempre me ha gustado escuchar lo que no dice. Lo que oculta, disimula o directamente se empeña en negar. A menudo los silencios, los gestos involuntarios, las miradas perdidas o las palabras a destiempo dan pistas inequívocas de la esencia, del momento, de lo que realmente está pensando o sintiendo la persona que tienes delante. Sí, es una manera mucho más compleja de relacionarse con el mundo (a quién no tenga esta actividad por hobbie, no se la recomiendo, porque entre otras cosas, es larga y agotadora). Y si a una no le resulta placentero el camino, sencillamente no le encontrará el sentido a este viaje. Pero para mí, un ser paciente y contemplativo por naturaleza, es un entretenimiento diario que me conecta con mundos paralelos invisibles que tarde o temprano acaban saliendo a la superficie.

Además se trata de un entretenimiento muy útil, porque las palabras, (las que se dicen y las que se callan) si se toma una el tiempo de analizarlas, son grandes aliadas del entendimiento. Desde luego yo les tengo mucho que agradecer. Especialmente a esas palabras que alguien me dijo serenamente pero con toda la intención del mundo: "No te precipites", y que yo entendí perfectamente con toda su magnitud semántica: "¡¡Cuidado con el abismo!!!". Lo demás fue cuestión de tiempo, el otro gran aliado del entendimiento. De modo que me senté a esperar pacientemente y a observar las pistas del camino: De pronto un silencio extraño, ahora un gesto impertinente, más tarde una mirada huidiza, y finalmente unas palabras traicioneras. Y fue así como sin mover ni un dedo y sin saber que estaba en el mismo ojo del huracán, salí de él con apenas unas magulladuras, pero al fin y al cabo, sana y salva. Y sobre todo: sin palabras.