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viernes, 12 de diciembre de 2008

Qué momento

No era la primera vez que me encontraba en una situación así. Había observado muchas otras parecidas desde la calma y la serenidad que da un buen asiento a una distancia prudencial. Claro que las cosas desde fuera se ven de otra manera. O mejor aún: las cosas sólo se ven desde fuera. Porque cuando se está dentro las cosas ya no se ven, se funde una en ellas. Se encuentra una de pronto atravesada por ellas.

Un último tiro al aire y el tiempo se agotó. Todas las miradas puestas en ese movimiento final tan incierto como inesperado. Se hizo un silencio mudo, contenido. Fue como si de pronto el tiempo se hubiera quedado congelado unos instantes para recordarnos que nada estaba decidido todavía. Que todo podía ser. Lo mismo una cara que una cruz. Quién sabe.

Todo podía ser. Todo menos un empate. Y era precisamente esa certeza, la de saber que ese tiro alumbraría inevitablemente a unas y dejaría abandonadas y a oscuras a otras, la que nos mantenía a todas en vilo. Pero mientras todo estaba aún por suceder, claramente inconcluso, no había ni ganadoras ni perdedoras. En ese preciso instante en el que la pelota dudaba y danzaba en el aire, todas éramos iguales. Todas estábamos a la misma distancia de la victoria que de la derrota. Y todas mirábamos hacia arriba temiendo y ansiando a la vez el deselance. El miedo y la esperanza. La cara y la cruz de una vida. Y como si de la misma vida se tratara, la pelota cambiaba de lado perezosa, juguetona e imperturbable.

Finalmente la moneda dictó su sentencia y el tiempo recuperó su velocidad vertiginosa. El mundo volvió a ser un lugar ruidoso, caótico y estremecedor. Pero esta vez quedamos de espaldas a la cruz. El miedo, la angustia, y el temor dejaron paso a un momento casi místico en el que la victoria cayó sobre nosotras como una lluvia de esperanza y alegría. Nos envolvió en un halo de risas, gritos y saltos maravillosos. Y yo, que hasta entonces estaba fuera, me volví a caer de bruces en la vida celebrando la ilusión de un logro colectivo. Simplemente me fundí en ella y me atravesó de lado a lado. Qué momento.