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domingo, 7 de diciembre de 2008

Saltar al vacío

Silvie no suele recibir muchas llamadas en casa. Pero el otro día sonó el teléfono y una voz dulce y serena, preguntó por ella. Cuando la fui a avisar me miró extrañada, como si fuera imposible que alguien la hubiera podido localizar. Yo le dije que era una chica y que tenía una voz muy agradable. Entonces Silvie me miró como si eso le hubiera dado alguna pista, cogió aire y se fue a su cuarto a atender la llamada.

Silvie es francesa, de Lyon. Pero eso tampoco importa mucho. El rasgo más destacado de Silvie es que a pesar de no hablar mucho tiene una mirada muy transparente. Al menos para mí. Y por poco que hable, yo la entiendo perfectamente.

Cuando Silvie oyó a Cecile al otro lado del teléfono, le pareció que el mundo se había quedado parado, detenido, congelado. Que aquella manera suya tan particular de pronunciar las "erres" la había devuelto exactamente al mismo lugar en el que la había oído por primera vez. Y era su otra voz (la que se había quedado allí) la que ahora conversaba con Cecile mientras ella observaba la situación desde arriba, como si se hubiera quedado suspendida en el aire, habitando de nuevo aquel no-lugar y aquel no-tiempo. Las únicas coordenadas en las que era capaz de reconciliarse con aquel mundo extinguido.

Después de hablar un rato, parece que Cecile no llama para resolver ningún asunto en concreto, ni para dar ninguna noticia importante ni para pedir ningún favor. Más bien da la impresión de que sólo quiere, simplemente, oír la voz de Silvie, saber que está bien.

Mientras hablan a Silvie le parece que el tono de Cecile es hoy menos rotundo que la última vez que hablaron. En un primer momento se le ocurre que tal vez Cecile ha entendido por fin que ya no queda sitio, ni espacio, ni un ápice más de paciencia en la vida de Silvie dispuesto a discutir sobre el pasado. Pero enseguida se rectifica a sí misma. No, no puede ser solo eso. Hay algo más en la voz, en el tono de Cecile que la delata. Sí, es eso, ese deje de empatía inesperado es lo que la sorprende. Entonces piensa que tal vez ahora es Cecile la que debe bajarse de un tren de medianoche y empieza a entender lo difícil que es tener que saltar en marcha. Dar ese gran salto al vacío.

Silvie ve entonces pasar por su mente todo lo que ha vivido desde que saltó de aquel tren y piensa en Cecile, en todo lo que le queda aún. Y se pregunta si ya habrá comprobado que lo difícil no se reduce a ese gran acto de valentía, a ese momento crucial. No, no. Lo verdaderamente difícil viene luego. Cuando hay que levantarse en un lugar desconocido, y ponerse en pie sin muletas y empezar a caminar de nuevo, pasito a pasito, hasta poder recomponer dignamente un trocito de realidad en el que empezar de nuevo.

De pronto Cecile rompe a llorar y le pide perdón. Y ahora sí. Ahora sí que Silvie está segura de que Cecile ha saltado del tren.