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jueves, 4 de diciembre de 2008

Dedo corazón

El otro día me hice un corte en el dedo corazón de la mano derecha. No sé cómo porque no recuerdo haberme dado ningún golpe, ni haber utilizado ningún instrumento afilado, ni haber cogido en los últimos días ningún material rugoso o con aristas. Pero por la forma del corte y por la crosta que se insinúa, estoy segura de que mi dedo sangró.

Si bien es cierto que sangró en silencio, que lo dejé solo mientras se le escapaba la sangre a borbotones, estoy compensando ahora, en su fase de recuperación, mi negligencia y mi falta de atención hacia él. Y así, lo miro por la mañana, al levantarme, a ver qué tal ha dormido, lo observo con mimo después de la ducha para comprovar que el agua no le haya sentado tan mal, antes de salir a la calle lo cubro con una delicada tirita, y me pongo el guante derecho con sumo cuidado para resguardarlo del frío invernal. Es verdad que en el trabajo me muestro más despreocupada, pero es puro teatro, en realidad disimulo porque prefiero mantener discretamente los asuntos relativos a mi dedo corazón. En eso estoy con mi tía, los cortes se curan en casa. Y además, conociéndole, tampoco creo que a él le sentara bien que fuera aireando sus hemorragias.

He notado que estos últimas días que estoy pasando más tiempo con él, que me dedico a observarlo y a cuidarlo, me siento un poco diferente. No sé, como más centrada. Como si el hecho de ser plenamente consciente de la importancia de mi presencia en su recuperación, me hubiera dado alguna pista vital.