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martes, 2 de diciembre de 2008

Ca-la-Parker

"Ca-la-Parker". Dicho así, seguido, suelto y de carrerilla, puede significar muchas cosas: puede referirse a la casa de la Parker (la de la ilustre Dorothy), puede tratarse de la cala Parker (en Ibiza, claro), y también podría ser una manera de hacer callar a Parker, el perro de mi vecino, en gallego: "sshhh..cala Parker". Por eso es tan peligroso tomarse en serio una frase sin contexto, darle crédito a unas palabras que de pronto aterrizan en nuestra órbita auditiva y que cazamos sin saber de dónde vienen, ni a dónde iban.

Otras veces compartimos el contexto y sin embargo nos llegan palabras inconexas, totalmente faltas de sentido. Como lo que me ha pasado hoy a mí con Antonella. Llevábamos media hora hablando amenamente por la calle, cuando al ir a cruzar el semáforo me ha cogido por el brazo, y mirándome a los ojos me ha dicho en un tono bastante neutro: "Calaparker". Dicho lo cual, se ha dado media vuelta, ha cruzado la calle y ha continuado andando sin inmutarse, como si nada.

Y se queda una pasmada. Como buscando la cámara oculta. ¿Cómo? Pero.. un momento, ¿Qué era eso? ¿Un insulto, una exclamación, un deseo, un reproche? Y nada, no hay manera, Antonella no tenía ningún interés de aclarar el malentendido, ni de reconocer siquiera que había dicho lo que había dicho.

De modo que la lengua, el lenguaje, las palabras, los silencios incluso, pueden tener muchos usos, y entre ellos se cuenta, precisamente, el más contradictorio: el de propiciar la incomprensión. Sí, sí. El de evitar deliberadamente que las cosas sean claras y diáfanas. Al fin y al cabo es una manera muy efectiva de abrirle las puertas a lo incierto, o lo que es lo mismo: a la otra mitad de nuestra vida. De ahí las frases a medias, las palabras inconexas, las metáforas líquidas y los oxímoron violetas. Instrumentos de desconcierto gramatical que pretenden desordenar un poco la realidad. Y de paso, a una misma.