Páginas

lunes, 1 de diciembre de 2008

Dos niñas cruzando la calle

Si hay una razón por la que no me salto los semáforos en ámbar y me gusta colarme entre los coches hasta llegar a ponerme en primera fila es por el espectáculo. Por ver pasar ante mí toda esa cantidad de gente que va de un lado a otro, con sus alegrías y tribulaciones a cuestas. Cientos de desconocidos, de vidas anónimas, cruzándose delante de mí. Me gusta observarlas, escuchar lo que dicen sus miradas, sus pasos, sus ropas y sus gestos. Porque no sólo las palabras nos hablan. Y a veces un gesto es capaz de delatarnos, mucho más ante un desconocido, y expresar lo indescribible. Lo indescifrable.

Hoy me he fijado en dos niñas cruzando la calle. Deberían tener unos 10 años, una era rubia, le caía un mechón de pelo lacio sobre la cara. Andaba rápido, con brío, casi con genio, y sus ojos se movían rápidos de un lado a otro, inquietos, curiosos. La otra era morena y pausada, tenía la cara más ovalada y llevaba el pelo recogido en una trenza. También miraba a los lados, pero lo hacía más bien con sorna. Como si ella supiera algo que los demás no, algo que le confiriera cierto poder sobre la situación. Iban cogidas de la mano, y la rubia, con su enérgico paso y sus prisas vitales, tiraba de la morena, que la miraba divertida sin mostrar ninguna intención por acelerar su marcha.

El caso es que a pesar de los constantes tropiezos y los tira y afloja, y de que no eran capaces de sincronizar sus ritmos, eso era evidente, se iban riendo a carcajadas por la vida, alegres y despreocupadas. Daba la impresión de que habitaban una burbuja particular, cuyo ruido de fondo era esa risa tonta, incontenible y contagiosa, que estallaba en el mismo momento en que abrían la boca para intentar articular palabra. La rubia tiraba de la morena con fuerza muriéndose de risa, y la morena avanzaba lentamente y a trompicones, intentando contener la risa que se le escapaba también a golpes, como a borbotones. De hecho la onda expansiva de su burbuja feliz me ha durado 3 semáforos más, en los que mi risa incontenible ha acabado contagiando, a su vez, a algún otro transeúnte o conductor dispuesto a posponer durante unos segundos la seriedad del mundo adulto.