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lunes, 10 de noviembre de 2008

El día después

Si me hubiera preguntado, durante la batalla, si yo era un ser esencialmente alegre o una pesimista empedernida, mi respuesta habría sido tan sincera como arbitraria. En el frente, a pie de trinchera, las cosas aparecían teñidas de una luz distinta, las sentía con un latir rabioso, intenso, ávido e insaciable. Mitad salvaje, mitad humano. Lo mismo el amanecer me sorprendía en el paraíso que el anochecer me arrojaba a las tinieblas. De modo que si me lo hubiera preguntado entonces, no habría sabido qué decirle porque era tal la incertidumbre externa, que no había tiempo, fuerzas o luz restante para indagar en las propias certezas.

Hubiera sido, sin duda, una pregunta impertinente e imposible. Porque no era ése el momento de formularla. Y las cosas, he sabido después, tienen sus momentos.

La buena respuesta esperaba sentada en una sillita al sol a la vuelta de la esquina. Justo donde las medias tintas ya no pintan nada y los relativismos ya no se aguantan. En el lugar exacto en el que deja de oírse el eco del último lamento. Ese fue el momento que la vida escogió para preguntarme a bocajarro: "¿Y tú, estás muerta o has vuelto a nacer?".