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miércoles, 8 de octubre de 2008

Nostalgia

Los días lluviosos de otoño, como éste, llegan a mí cubiertos de un manto de nostalgia. Una nostalgia densa, extraña y deliciosa. Nostalgia de lo que sé que echaré de menos cuando se vaya, y que sin embargo, todavía está aquí. Desgarradora pena agridulce que me viene a presentar la vida en estado puro. Y si me asaltan las lágrimas, no sabría decirte si plañen la pena o celebran la alegría.

Cierra los ojos

Mi cuerpo reposaba cómodamente en el sofá, boca arriba. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho y una fina manta me cubría de la cintura a los pies. En algún momento pasé del sueño profundo a la vigilia ligera. Noté ese cambio de conciencia pero no quise abrir los ojos todavía. Se estaba tan bien ahí, en ese estado en que las cosas se intuyen, se saben, pero no se piensan, no se analizan ni se juzgan. Simplemente se sienten. Y yo sentía que él estaba allí, cerca, cuidándome con su mirada y protegiéndome. De la misma manera que yo, sin que él lo vea, lo llevo protegiendo tanto tiempo con mis pensamientos, tan cercanos a sus sueños. Abrí los ojos, y lo encontré sentado en una silla, frente a mí, tomándose un café y observándome complacido. Y no me extrañó. Porque no me hacía falta verlo para saberlo. Algunas cosas se saben con los ojos cerrados.