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viernes, 1 de febrero de 2008

Medios y miedos

Primero empezó haciéndolo sólo por las noches. Luego amplió su encierro también a las tardes. Para que nadie le molestara, cerraba las ventanas, bajaba las persianas y descolgaba el teléfono. Poco a poco fue dejando de bajar a la calle a pasear, se volvió desconfiada, recelosa, y empezó a rehuir a amigos y conocidos. Sin embargo, cuánto más sola y más aislada, tanto más cómoda y acompañada se sentía. Pero sobre todo, se sentía infinitamente más segura. El miedo al mundo exterior se había ido apoderando de ella de tal modo que ya sólo se sentía a salvo encerrada.

La noticia de su muerte salió en la prensa local, se comentó en la plaza y quiénes la conocieron lamentaron su pérdida. No fue una muerte sórdida o macabra, en realidad fue de lo más común: cambió la ficción que otros construían por su propia realidad y sin darse cuenta se fue apagando hasta que finalmente se consumió. Como suele suceder en estos casos, ella fue la única que no se enteró. Aún hoy sigue pensando que está viva.