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lunes, 28 de enero de 2008

Los 30

Desde que cumplí los 30 me acompaña la sensación de haberme caído, de sopetón, en mitad de mi vida. De haber entendido de repente, con una clarividencia tan excitante como terrorífica, que los trenes a los que no me suba hoy, tal vez no volverán a pasar. No me preocupa dejar pasar aquellos a los que de todos modos no pretendía subirme, pero ¿Qué hay de aquellos a los que tal vez me subiría más adelante? ¿Acaso volverán a pasar una vez más?

A los 30 ya existe un ayer, un trozo de vida consumido que queda sólo en el recuerdo y la nostalgia. Y ese pasado convive, en la década de los 30, con un futuro aún muy abierto. Todavía puede una volverse atrás, cambiar de rumbo y empezar de nuevo. Aunque ya no como a los 20. Las décadas, entiendo ahora, no pasan en vano. El nivel de complicación aumenta, porque ahora ya no se trata tan sólo de lanzarse a lo desconocido, probar, jugar, y volver a empezar. Intuyo que ahora empieza otra etapa: la de concretar, definir y apostar, sobre todo apostar. ¿Pero a qué, dónde, cómo? ¿Acaso se puede pasar? Al fin y al cabo, no apostar es también una decisión.

Mis sentidos son, sin lugar a dudas, los grandes protagonistas de mis 30. Están en su apogeo, en su punto, tal vez como nunca más lo volverán a estar. Por un lado me deleito con ellos y por otro, percibo los latidos de la urgencia, el cosquilleo de arriesgar sin garantías. Y ésa es otra, que desde que me caí en los 30 asocio la palabra garantía más con ilusión que con seguridad. Y respiro la vida, la siento, con la intensidad eufórica de las cosas que se saben finitas. Tal vez sea porque ha llegado el momento de jugársela. O tal vez no. En cualquier caso: pura adrenalina.