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miércoles, 23 de enero de 2008

El Dorado

Me fijé en sus manos ásperas y agrietadas. Sus ropas gastadas y sus zapatos viejos. El pelo canoso y mal teñido. Debía tener unos 50 años, tal vez menos. Iba sentada en el metro frente a mí, exhausta y ausente ya de buena mañana. De prono le sonó el móvil, se metió la mano en la chaqueta, respondió y se le iluminó la cara. Apenas habló, tan sólo unos cuantos monosílabos afirmativos mientras sus ojos se movían inquietos y se le dibujaba en el rostro una sonrisa tan sincera como cansada. Sólo al final, antes de despedirse, pude oírla decir: “Entonces, ¿Estás contenta, no? Qué buenas noticias. Sí, sí, yo estoy bien, no te preocupes por nada. Un beso, hija”. Se bajó un par de paradas antes de la mía, la seguí con la mirada hasta verla desaparecer entre la gente y me quedé un poco triste. Al salir del metro, me sorprendí tarareando una vieja canción de Revolver: "vi a mis padres correr en busca de El Dorado, vi a mis padres luchar cada uno por su lado, lo mejor de sus vidas dónde se ha quedado?"