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sábado, 20 de diciembre de 2008

Chispas

A veces me pasa que cuando intento encender alguno de los fogones de la cocina, saltan chispas. A veces saltan, y otras no. Por más que repito la misma acción casi a diario, no he logrado entender todavía qué debe ser eso que una veces las provoca, y otras las anula. El mundo de las chispas me interesa especialmente precisamente por eso, por su impredecibilidad.

Lo mismo me pasa a veces con algunas miradas. De pronto aquellos ojos tan brillantes, grandes emisores de escalofríos incandescentes, los encuentro extinguidos. Y en cambio aquellos otros, aquellos que emitían señales tan lejanas, casi imperceptibles, sin saber cómo, ni por qué, se convierten de la noche al día en hogueras de luz y color. Y si los miro muy de cerca, me dan chispazos. Aunque no siempre, a veces sí, y otras no. No hay manera de saber qué pasará hasta el mismo instante en que se encuentran con los míos. Me pregunto si el oculto mecanismo que rige el mundo de las chispas tendrá algo que ver con el de las miradas que queman.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Qué momento

No era la primera vez que me encontraba en una situación así. Había observado muchas otras parecidas desde la calma y la serenidad que da un buen asiento a una distancia prudencial. Claro que las cosas desde fuera se ven de otra manera. O mejor aún: las cosas sólo se ven desde fuera. Porque cuando se está dentro las cosas ya no se ven, se funde una en ellas. Se encuentra una de pronto atravesada por ellas.

Un último tiro al aire y el tiempo se agotó. Todas las miradas puestas en ese movimiento final tan incierto como inesperado. Se hizo un silencio mudo, contenido. Fue como si de pronto el tiempo se hubiera quedado congelado unos instantes para recordarnos que nada estaba decidido todavía. Que todo podía ser. Lo mismo una cara que una cruz. Quién sabe.

Todo podía ser. Todo menos un empate. Y era precisamente esa certeza, la de saber que ese tiro alumbraría inevitablemente a unas y dejaría abandonadas y a oscuras a otras, la que nos mantenía a todas en vilo. Pero mientras todo estaba aún por suceder, claramente inconcluso, no había ni ganadoras ni perdedoras. En ese preciso instante en el que la pelota dudaba y danzaba en el aire, todas éramos iguales. Todas estábamos a la misma distancia de la victoria que de la derrota. Y todas mirábamos hacia arriba temiendo y ansiando a la vez el deselance. El miedo y la esperanza. La cara y la cruz de una vida. Y como si de la misma vida se tratara, la pelota cambiaba de lado perezosa, juguetona e imperturbable.

Finalmente la moneda dictó su sentencia y el tiempo recuperó su velocidad vertiginosa. El mundo volvió a ser un lugar ruidoso, caótico y estremecedor. Pero esta vez quedamos de espaldas a la cruz. El miedo, la angustia, y el temor dejaron paso a un momento casi místico en el que la victoria cayó sobre nosotras como una lluvia de esperanza y alegría. Nos envolvió en un halo de risas, gritos y saltos maravillosos. Y yo, que hasta entonces estaba fuera, me volví a caer de bruces en la vida celebrando la ilusión de un logro colectivo. Simplemente me fundí en ella y me atravesó de lado a lado. Qué momento.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Saltar al vacío

Silvie no suele recibir muchas llamadas en casa. Pero el otro día sonó el teléfono y una voz dulce y serena, preguntó por ella. Cuando la fui a avisar me miró extrañada, como si fuera imposible que alguien la hubiera podido localizar. Yo le dije que era una chica y que tenía una voz muy agradable. Entonces Silvie me miró como si eso le hubiera dado alguna pista, cogió aire y se fue a su cuarto a atender la llamada.

Silvie es francesa, de Lyon. Pero eso tampoco importa mucho. El rasgo más destacado de Silvie es que a pesar de no hablar mucho tiene una mirada muy transparente. Al menos para mí. Y por poco que hable, yo la entiendo perfectamente.

Cuando Silvie oyó a Cecile al otro lado del teléfono, le pareció que el mundo se había quedado parado, detenido, congelado. Que aquella manera suya tan particular de pronunciar las "erres" la había devuelto exactamente al mismo lugar en el que la había oído por primera vez. Y era su otra voz (la que se había quedado allí) la que ahora conversaba con Cecile mientras ella observaba la situación desde arriba, como si se hubiera quedado suspendida en el aire, habitando de nuevo aquel no-lugar y aquel no-tiempo. Las únicas coordenadas en las que era capaz de reconciliarse con aquel mundo extinguido.

Después de hablar un rato, parece que Cecile no llama para resolver ningún asunto en concreto, ni para dar ninguna noticia importante ni para pedir ningún favor. Más bien da la impresión de que sólo quiere, simplemente, oír la voz de Silvie, saber que está bien.

Mientras hablan a Silvie le parece que el tono de Cecile es hoy menos rotundo que la última vez que hablaron. En un primer momento se le ocurre que tal vez Cecile ha entendido por fin que ya no queda sitio, ni espacio, ni un ápice más de paciencia en la vida de Silvie dispuesto a discutir sobre el pasado. Pero enseguida se rectifica a sí misma. No, no puede ser solo eso. Hay algo más en la voz, en el tono de Cecile que la delata. Sí, es eso, ese deje de empatía inesperado es lo que la sorprende. Entonces piensa que tal vez ahora es Cecile la que debe bajarse de un tren de medianoche y empieza a entender lo difícil que es tener que saltar en marcha. Dar ese gran salto al vacío.

Silvie ve entonces pasar por su mente todo lo que ha vivido desde que saltó de aquel tren y piensa en Cecile, en todo lo que le queda aún. Y se pregunta si ya habrá comprobado que lo difícil no se reduce a ese gran acto de valentía, a ese momento crucial. No, no. Lo verdaderamente difícil viene luego. Cuando hay que levantarse en un lugar desconocido, y ponerse en pie sin muletas y empezar a caminar de nuevo, pasito a pasito, hasta poder recomponer dignamente un trocito de realidad en el que empezar de nuevo.

De pronto Cecile rompe a llorar y le pide perdón. Y ahora sí. Ahora sí que Silvie está segura de que Cecile ha saltado del tren.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Dedo corazón

El otro día me hice un corte en el dedo corazón de la mano derecha. No sé cómo porque no recuerdo haberme dado ningún golpe, ni haber utilizado ningún instrumento afilado, ni haber cogido en los últimos días ningún material rugoso o con aristas. Pero por la forma del corte y por la crosta que se insinúa, estoy segura de que mi dedo sangró.

Si bien es cierto que sangró en silencio, que lo dejé solo mientras se le escapaba la sangre a borbotones, estoy compensando ahora, en su fase de recuperación, mi negligencia y mi falta de atención hacia él. Y así, lo miro por la mañana, al levantarme, a ver qué tal ha dormido, lo observo con mimo después de la ducha para comprovar que el agua no le haya sentado tan mal, antes de salir a la calle lo cubro con una delicada tirita, y me pongo el guante derecho con sumo cuidado para resguardarlo del frío invernal. Es verdad que en el trabajo me muestro más despreocupada, pero es puro teatro, en realidad disimulo porque prefiero mantener discretamente los asuntos relativos a mi dedo corazón. En eso estoy con mi tía, los cortes se curan en casa. Y además, conociéndole, tampoco creo que a él le sentara bien que fuera aireando sus hemorragias.

He notado que estos últimas días que estoy pasando más tiempo con él, que me dedico a observarlo y a cuidarlo, me siento un poco diferente. No sé, como más centrada. Como si el hecho de ser plenamente consciente de la importancia de mi presencia en su recuperación, me hubiera dado alguna pista vital.

martes, 2 de diciembre de 2008

Ca-la-Parker

"Ca-la-Parker". Dicho así, seguido, suelto y de carrerilla, puede significar muchas cosas: puede referirse a la casa de la Parker (la de la ilustre Dorothy), puede tratarse de la cala Parker (en Ibiza, claro), y también podría ser una manera de hacer callar a Parker, el perro de mi vecino, en gallego: "sshhh..cala Parker". Por eso es tan peligroso tomarse en serio una frase sin contexto, darle crédito a unas palabras que de pronto aterrizan en nuestra órbita auditiva y que cazamos sin saber de dónde vienen, ni a dónde iban.

Otras veces compartimos el contexto y sin embargo nos llegan palabras inconexas, totalmente faltas de sentido. Como lo que me ha pasado hoy a mí con Antonella. Llevábamos media hora hablando amenamente por la calle, cuando al ir a cruzar el semáforo me ha cogido por el brazo, y mirándome a los ojos me ha dicho en un tono bastante neutro: "Calaparker". Dicho lo cual, se ha dado media vuelta, ha cruzado la calle y ha continuado andando sin inmutarse, como si nada.

Y se queda una pasmada. Como buscando la cámara oculta. ¿Cómo? Pero.. un momento, ¿Qué era eso? ¿Un insulto, una exclamación, un deseo, un reproche? Y nada, no hay manera, Antonella no tenía ningún interés de aclarar el malentendido, ni de reconocer siquiera que había dicho lo que había dicho.

De modo que la lengua, el lenguaje, las palabras, los silencios incluso, pueden tener muchos usos, y entre ellos se cuenta, precisamente, el más contradictorio: el de propiciar la incomprensión. Sí, sí. El de evitar deliberadamente que las cosas sean claras y diáfanas. Al fin y al cabo es una manera muy efectiva de abrirle las puertas a lo incierto, o lo que es lo mismo: a la otra mitad de nuestra vida. De ahí las frases a medias, las palabras inconexas, las metáforas líquidas y los oxímoron violetas. Instrumentos de desconcierto gramatical que pretenden desordenar un poco la realidad. Y de paso, a una misma.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Dos niñas cruzando la calle

Si hay una razón por la que no me salto los semáforos en ámbar y me gusta colarme entre los coches hasta llegar a ponerme en primera fila es por el espectáculo. Por ver pasar ante mí toda esa cantidad de gente que va de un lado a otro, con sus alegrías y tribulaciones a cuestas. Cientos de desconocidos, de vidas anónimas, cruzándose delante de mí. Me gusta observarlas, escuchar lo que dicen sus miradas, sus pasos, sus ropas y sus gestos. Porque no sólo las palabras nos hablan. Y a veces un gesto es capaz de delatarnos, mucho más ante un desconocido, y expresar lo indescribible. Lo indescifrable.

Hoy me he fijado en dos niñas cruzando la calle. Deberían tener unos 10 años, una era rubia, le caía un mechón de pelo lacio sobre la cara. Andaba rápido, con brío, casi con genio, y sus ojos se movían rápidos de un lado a otro, inquietos, curiosos. La otra era morena y pausada, tenía la cara más ovalada y llevaba el pelo recogido en una trenza. También miraba a los lados, pero lo hacía más bien con sorna. Como si ella supiera algo que los demás no, algo que le confiriera cierto poder sobre la situación. Iban cogidas de la mano, y la rubia, con su enérgico paso y sus prisas vitales, tiraba de la morena, que la miraba divertida sin mostrar ninguna intención por acelerar su marcha.

El caso es que a pesar de los constantes tropiezos y los tira y afloja, y de que no eran capaces de sincronizar sus ritmos, eso era evidente, se iban riendo a carcajadas por la vida, alegres y despreocupadas. Daba la impresión de que habitaban una burbuja particular, cuyo ruido de fondo era esa risa tonta, incontenible y contagiosa, que estallaba en el mismo momento en que abrían la boca para intentar articular palabra. La rubia tiraba de la morena con fuerza muriéndose de risa, y la morena avanzaba lentamente y a trompicones, intentando contener la risa que se le escapaba también a golpes, como a borbotones. De hecho la onda expansiva de su burbuja feliz me ha durado 3 semáforos más, en los que mi risa incontenible ha acabado contagiando, a su vez, a algún otro transeúnte o conductor dispuesto a posponer durante unos segundos la seriedad del mundo adulto.