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sábado, 29 de noviembre de 2008

Preguntas asalto

No todas las preguntas tienen respuesta. Pero hay algunas cuya respuesta está implícita ya en la misma pregunta. Y es una suerte, porque así no te traspasan sus dudas, ni sus indecisiones, ni sus tormentos existenciales. Las que a mí me gustan son las preguntas que no siendo retóricas, vienen a ser elegantes afirmaciones. Por ejemplo: en un día soleado, al pasear descalza por la playa de pronto te preguntas: "¿Cuánto hace que no me como un helado de fresa?". Y qué más da, qué más da si hace un mes, un año o toda la vida. Lo que la pregunta está intentando decirte es que en esos momentos te mueres por un helado de fresa. Otra: "¿Cuándo fue la última vez que bailé hasta el amanecer?". Y una más: "¿Dónde estarán aquellos patines con los que recorría la ciudad los domingos por la mañana?".

Lo que me fascina de estas "preguntas asalto" es que tienen una misión muy clara. Aparecen para rescatar un placer olvidado, una delicia descuidada, un instante de felicidad. La mejor parte viene cuando efectivamente te reencuentras con esos placeres: Y te comes ese helado de fresa con la misma ilusión que un niño abre su primer regalo, y una noche te quedas bailando hasta que sale el sol como si fuera la última noche de tu vida, y de nuevo recorres las calles sobre ruedas y te sientes volar. Son tan sólo instantes. Pero hay tanta, tanta felicidad en ellos que casi parece que la vida se para por ellos.

Claro que tarde o temprano acaba llegando la pregunta que no siempre tiene respuesta y que si la tiene suele ser bastante triste: "¿Por qué dejaría yo de hacer esto que tanto me gusta?". Pero ni siquiera entonces esa respuesta (que es de las que amenaza con dejarte sus dudas, y sus indecisiones y sus tormentos existenciales) importa ya tanto. Porque de alguna manera, las "preguntas-asalto" han conseguido comunicarse contigo y ya han empezado a responder por ti.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Soplos de viento

He descubierto que hay un orden que precede al ritmo cronológico de las cosas. Un orden coherente y caótico al mismo tiempo, flexible y adaptable, pero también delicado, frágil. Tan frágil que un pensamiento a destiempo puede hacer que se desvanezca, y sin embargo tan estable como para seguir apareciéndose, discreto y constante, a lo largo de los años. Sospecho que es un orden que hace y deshace a su antojo y complacencia, sin demasiadas contemplaciones. Y yo, que simplemente pasaba por allí, amanecí una mañana de otoño mirando al mar mientras ese orden tan caótico y delicado, se dirigía a mí en forma de soplos de viento. Iba y venía, revoloteaba sobre mi cabeza alegre y ligero, a ratos libre y deshinibido, a ratos tímido e indeciso. De pronto tan cerca, de pronto tan lejos. Y yo, que había salido de la ciudad para huir de las prisas y las complicaciones, dejé que nos silbaran los vientos y nos pasaran de largo las horas.

domingo, 16 de noviembre de 2008

16-11-2008

No es la primera vez que me pasa que por estar pendiente de cosas insignificantes, llego tarde a las que realmente me interesan. Menos mal que hoy me he dado cuenta a tiempo. Hoy es 16 de noviembre de 2008, osea 16-11-2008, es decir: 1+6+1+1+2+8=19 y 1+9=10 1+0=1.
En definitiva, un día numerológicamente mágico. Y esta vez lo he sabido desde el principio. Creo que no había tenido antes esta misma sensación. La de reconocer a tiempo que necesito precisamente eso que intuyo que va a pasar. Y no sé que me sorprende más si reconocerlo o intuirlo.

lunes, 10 de noviembre de 2008

El día después

Si me hubiera preguntado, durante la batalla, si yo era un ser esencialmente alegre o una pesimista empedernida, mi respuesta habría sido tan sincera como arbitraria. En el frente, a pie de trinchera, las cosas aparecían teñidas de una luz distinta, las sentía con un latir rabioso, intenso, ávido e insaciable. Mitad salvaje, mitad humano. Lo mismo el amanecer me sorprendía en el paraíso que el anochecer me arrojaba a las tinieblas. De modo que si me lo hubiera preguntado entonces, no habría sabido qué decirle porque era tal la incertidumbre externa, que no había tiempo, fuerzas o luz restante para indagar en las propias certezas.

Hubiera sido, sin duda, una pregunta impertinente e imposible. Porque no era ése el momento de formularla. Y las cosas, he sabido después, tienen sus momentos.

La buena respuesta esperaba sentada en una sillita al sol a la vuelta de la esquina. Justo donde las medias tintas ya no pintan nada y los relativismos ya no se aguantan. En el lugar exacto en el que deja de oírse el eco del último lamento. Ese fue el momento que la vida escogió para preguntarme a bocajarro: "¿Y tú, estás muerta o has vuelto a nacer?".