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miércoles, 30 de enero de 2008

Cambio de tercio

Ésta es una de ésas cosas que si no me hubieran pasado en persona, me costaría mucho creer. Pero como la he vivido en mis propias carnes, no puedo negar su evidencia. Cuando esta mañana he llegado al mostrador, ella estaba al otro lado del tablero, justo detrás de la recepcionista a la que le he explicado mi caso, aunque a juzgar por la patética situación en la que me encontraba, sobraban las palabras. Cumplido pues el primer trámite, me he sentado como he podido en una de las sillas de la sala de espera. Al rato, ha aparecido ella y se ha acercado a mí: “Hola, he oído tu caso. Creo que yo te puedo ayudar. Ven por aquí”. Me he levantado todo lo rápidamente que he podido, y la he seguido hasta su despacho. Me he sentado frente a ella, y antes de poder estudiar su uniforme, me han asaltado un par de ojos amables y comprensivos. “Bueno, vamos a ver, déjame ver tu informe”. Lo leía con un rictus relajado y sereno, como si estuviera leyendo el periódico del domingo. De pronto levantó la vista, se quitó las gafas y me habló mirándome a los ojos: “Bien, lo primero que te tengo que decir, Leo, es que estoy harta de ver casos como el tuyo y te voy a ser muy franca. La verdad es que no tiene una solución rápida, pero en tu caso, aún no es demasiado grave y estás a tiempo.” Respiré un poco aliviada. “Leo, te guste o no, tu cuerpo te está hablando y no puedes seguir ignorándolo. Ya sé que no quieres estar más en casa y lo único que te interesa es volver cuanto antes a hacer vida normal, pero me temo que eso no es posible. Si quieres volver a caminar, tienes que abandonar las prisas y las urgencias."

Todo eso me sonaba un poco a chino, pero la verdad es que sus palabras me transmitían tanta paz, había tanta seguridad en la calma de su voz y en sus gestos, que casi sin pensármelo le dije que sí. Que quería intentarlo.

lunes, 28 de enero de 2008

Los 30

Desde que cumplí los 30 me acompaña la sensación de haberme caído, de sopetón, en mitad de mi vida. De haber entendido de repente, con una clarividencia tan excitante como terrorífica, que los trenes a los que no me suba hoy, tal vez no volverán a pasar. No me preocupa dejar pasar aquellos a los que de todos modos no pretendía subirme, pero ¿Qué hay de aquellos a los que tal vez me subiría más adelante? ¿Acaso volverán a pasar una vez más?

A los 30 ya existe un ayer, un trozo de vida consumido que queda sólo en el recuerdo y la nostalgia. Y ese pasado convive, en la década de los 30, con un futuro aún muy abierto. Todavía puede una volverse atrás, cambiar de rumbo y empezar de nuevo. Aunque ya no como a los 20. Las décadas, entiendo ahora, no pasan en vano. El nivel de complicación aumenta, porque ahora ya no se trata tan sólo de lanzarse a lo desconocido, probar, jugar, y volver a empezar. Intuyo que ahora empieza otra etapa: la de concretar, definir y apostar, sobre todo apostar. ¿Pero a qué, dónde, cómo? ¿Acaso se puede pasar? Al fin y al cabo, no apostar es también una decisión.

Mis sentidos son, sin lugar a dudas, los grandes protagonistas de mis 30. Están en su apogeo, en su punto, tal vez como nunca más lo volverán a estar. Por un lado me deleito con ellos y por otro, percibo los latidos de la urgencia, el cosquilleo de arriesgar sin garantías. Y ésa es otra, que desde que me caí en los 30 asocio la palabra garantía más con ilusión que con seguridad. Y respiro la vida, la siento, con la intensidad eufórica de las cosas que se saben finitas. Tal vez sea porque ha llegado el momento de jugársela. O tal vez no. En cualquier caso: pura adrenalina.

miércoles, 23 de enero de 2008

El Dorado

Me fijé en sus manos ásperas y agrietadas. Sus ropas gastadas y sus zapatos viejos. El pelo canoso y mal teñido. Debía tener unos 50 años, tal vez menos. Iba sentada en el metro frente a mí, exhausta y ausente ya de buena mañana. De prono le sonó el móvil, se metió la mano en la chaqueta, respondió y se le iluminó la cara. Apenas habló, tan sólo unos cuantos monosílabos afirmativos mientras sus ojos se movían inquietos y se le dibujaba en el rostro una sonrisa tan sincera como cansada. Sólo al final, antes de despedirse, pude oírla decir: “Entonces, ¿Estás contenta, no? Qué buenas noticias. Sí, sí, yo estoy bien, no te preocupes por nada. Un beso, hija”. Se bajó un par de paradas antes de la mía, la seguí con la mirada hasta verla desaparecer entre la gente y me quedé un poco triste. Al salir del metro, me sorprendí tarareando una vieja canción de Revolver: "vi a mis padres correr en busca de El Dorado, vi a mis padres luchar cada uno por su lado, lo mejor de sus vidas dónde se ha quedado?"

martes, 1 de enero de 2008

Oportunidad

Cuaderno en blanco de tapa gruesa
esta vez, despacito y buena letra.