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sábado, 20 de diciembre de 2008

Chispas

A veces me pasa que cuando intento encender alguno de los fogones de la cocina, saltan chispas. A veces saltan, y otras no. Por más que repito la misma acción casi a diario, no he logrado entender todavía qué debe ser eso que una veces las provoca, y otras las anula. El mundo de las chispas me interesa especialmente precisamente por eso, por su impredecibilidad.

Lo mismo me pasa a veces con algunas miradas. De pronto aquellos ojos tan brillantes, grandes emisores de escalofríos incandescentes, los encuentro extinguidos. Y en cambio aquellos otros, aquellos que emitían señales tan lejanas, casi imperceptibles, sin saber cómo, ni por qué, se convierten de la noche al día en hogueras de luz y color. Y si los miro muy de cerca, me dan chispazos. Aunque no siempre, a veces sí, y otras no. No hay manera de saber qué pasará hasta el mismo instante en que se encuentran con los míos. Me pregunto si el oculto mecanismo que rige el mundo de las chispas tendrá algo que ver con el de las miradas que queman.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Qué momento

No era la primera vez que me encontraba en una situación así. Había observado muchas otras parecidas desde la calma y la serenidad que da un buen asiento a una distancia prudencial. Claro que las cosas desde fuera se ven de otra manera. O mejor aún: las cosas sólo se ven desde fuera. Porque cuando se está dentro las cosas ya no se ven, se funde una en ellas. Se encuentra una de pronto atravesada por ellas.

Un último tiro al aire y el tiempo se agotó. Todas las miradas puestas en ese movimiento final tan incierto como inesperado. Se hizo un silencio mudo, contenido. Fue como si de pronto el tiempo se hubiera quedado congelado unos instantes para recordarnos que nada estaba decidido todavía. Que todo podía ser. Lo mismo una cara que una cruz. Quién sabe.

Todo podía ser. Todo menos un empate. Y era precisamente esa certeza, la de saber que ese tiro alumbraría inevitablemente a unas y dejaría abandonadas y a oscuras a otras, la que nos mantenía a todas en vilo. Pero mientras todo estaba aún por suceder, claramente inconcluso, no había ni ganadoras ni perdedoras. En ese preciso instante en el que la pelota dudaba y danzaba en el aire, todas éramos iguales. Todas estábamos a la misma distancia de la victoria que de la derrota. Y todas mirábamos hacia arriba temiendo y ansiando a la vez el deselance. El miedo y la esperanza. La cara y la cruz de una vida. Y como si de la misma vida se tratara, la pelota cambiaba de lado perezosa, juguetona e imperturbable.

Finalmente la moneda dictó su sentencia y el tiempo recuperó su velocidad vertiginosa. El mundo volvió a ser un lugar ruidoso, caótico y estremecedor. Pero esta vez quedamos de espaldas a la cruz. El miedo, la angustia, y el temor dejaron paso a un momento casi místico en el que la victoria cayó sobre nosotras como una lluvia de esperanza y alegría. Nos envolvió en un halo de risas, gritos y saltos maravillosos. Y yo, que hasta entonces estaba fuera, me volví a caer de bruces en la vida celebrando la ilusión de un logro colectivo. Simplemente me fundí en ella y me atravesó de lado a lado. Qué momento.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Saltar al vacío

Silvie no suele recibir muchas llamadas en casa. Pero el otro día sonó el teléfono y una voz dulce y serena, preguntó por ella. Cuando la fui a avisar me miró extrañada, como si fuera imposible que alguien la hubiera podido localizar. Yo le dije que era una chica y que tenía una voz muy agradable. Entonces Silvie me miró como si eso le hubiera dado alguna pista, cogió aire y se fue a su cuarto a atender la llamada.

Silvie es francesa, de Lyon. Pero eso tampoco importa mucho. El rasgo más destacado de Silvie es que a pesar de no hablar mucho tiene una mirada muy transparente. Al menos para mí. Y por poco que hable, yo la entiendo perfectamente.

Cuando Silvie oyó a Cecile al otro lado del teléfono, le pareció que el mundo se había quedado parado, detenido, congelado. Que aquella manera suya tan particular de pronunciar las "erres" la había devuelto exactamente al mismo lugar en el que la había oído por primera vez. Y era su otra voz (la que se había quedado allí) la que ahora conversaba con Cecile mientras ella observaba la situación desde arriba, como si se hubiera quedado suspendida en el aire, habitando de nuevo aquel no-lugar y aquel no-tiempo. Las únicas coordenadas en las que era capaz de reconciliarse con aquel mundo extinguido.

Después de hablar un rato, parece que Cecile no llama para resolver ningún asunto en concreto, ni para dar ninguna noticia importante ni para pedir ningún favor. Más bien da la impresión de que sólo quiere, simplemente, oír la voz de Silvie, saber que está bien.

Mientras hablan a Silvie le parece que el tono de Cecile es hoy menos rotundo que la última vez que hablaron. En un primer momento se le ocurre que tal vez Cecile ha entendido por fin que ya no queda sitio, ni espacio, ni un ápice más de paciencia en la vida de Silvie dispuesto a discutir sobre el pasado. Pero enseguida se rectifica a sí misma. No, no puede ser solo eso. Hay algo más en la voz, en el tono de Cecile que la delata. Sí, es eso, ese deje de empatía inesperado es lo que la sorprende. Entonces piensa que tal vez ahora es Cecile la que debe bajarse de un tren de medianoche y empieza a entender lo difícil que es tener que saltar en marcha. Dar ese gran salto al vacío.

Silvie ve entonces pasar por su mente todo lo que ha vivido desde que saltó de aquel tren y piensa en Cecile, en todo lo que le queda aún. Y se pregunta si ya habrá comprobado que lo difícil no se reduce a ese gran acto de valentía, a ese momento crucial. No, no. Lo verdaderamente difícil viene luego. Cuando hay que levantarse en un lugar desconocido, y ponerse en pie sin muletas y empezar a caminar de nuevo, pasito a pasito, hasta poder recomponer dignamente un trocito de realidad en el que empezar de nuevo.

De pronto Cecile rompe a llorar y le pide perdón. Y ahora sí. Ahora sí que Silvie está segura de que Cecile ha saltado del tren.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Dedo corazón

El otro día me hice un corte en el dedo corazón de la mano derecha. No sé cómo porque no recuerdo haberme dado ningún golpe, ni haber utilizado ningún instrumento afilado, ni haber cogido en los últimos días ningún material rugoso o con aristas. Pero por la forma del corte y por la crosta que se insinúa, estoy segura de que mi dedo sangró.

Si bien es cierto que sangró en silencio, que lo dejé solo mientras se le escapaba la sangre a borbotones, estoy compensando ahora, en su fase de recuperación, mi negligencia y mi falta de atención hacia él. Y así, lo miro por la mañana, al levantarme, a ver qué tal ha dormido, lo observo con mimo después de la ducha para comprovar que el agua no le haya sentado tan mal, antes de salir a la calle lo cubro con una delicada tirita, y me pongo el guante derecho con sumo cuidado para resguardarlo del frío invernal. Es verdad que en el trabajo me muestro más despreocupada, pero es puro teatro, en realidad disimulo porque prefiero mantener discretamente los asuntos relativos a mi dedo corazón. En eso estoy con mi tía, los cortes se curan en casa. Y además, conociéndole, tampoco creo que a él le sentara bien que fuera aireando sus hemorragias.

He notado que estos últimas días que estoy pasando más tiempo con él, que me dedico a observarlo y a cuidarlo, me siento un poco diferente. No sé, como más centrada. Como si el hecho de ser plenamente consciente de la importancia de mi presencia en su recuperación, me hubiera dado alguna pista vital.

martes, 2 de diciembre de 2008

Ca-la-Parker

"Ca-la-Parker". Dicho así, seguido, suelto y de carrerilla, puede significar muchas cosas: puede referirse a la casa de la Parker (la de la ilustre Dorothy), puede tratarse de la cala Parker (en Ibiza, claro), y también podría ser una manera de hacer callar a Parker, el perro de mi vecino, en gallego: "sshhh..cala Parker". Por eso es tan peligroso tomarse en serio una frase sin contexto, darle crédito a unas palabras que de pronto aterrizan en nuestra órbita auditiva y que cazamos sin saber de dónde vienen, ni a dónde iban.

Otras veces compartimos el contexto y sin embargo nos llegan palabras inconexas, totalmente faltas de sentido. Como lo que me ha pasado hoy a mí con Antonella. Llevábamos media hora hablando amenamente por la calle, cuando al ir a cruzar el semáforo me ha cogido por el brazo, y mirándome a los ojos me ha dicho en un tono bastante neutro: "Calaparker". Dicho lo cual, se ha dado media vuelta, ha cruzado la calle y ha continuado andando sin inmutarse, como si nada.

Y se queda una pasmada. Como buscando la cámara oculta. ¿Cómo? Pero.. un momento, ¿Qué era eso? ¿Un insulto, una exclamación, un deseo, un reproche? Y nada, no hay manera, Antonella no tenía ningún interés de aclarar el malentendido, ni de reconocer siquiera que había dicho lo que había dicho.

De modo que la lengua, el lenguaje, las palabras, los silencios incluso, pueden tener muchos usos, y entre ellos se cuenta, precisamente, el más contradictorio: el de propiciar la incomprensión. Sí, sí. El de evitar deliberadamente que las cosas sean claras y diáfanas. Al fin y al cabo es una manera muy efectiva de abrirle las puertas a lo incierto, o lo que es lo mismo: a la otra mitad de nuestra vida. De ahí las frases a medias, las palabras inconexas, las metáforas líquidas y los oxímoron violetas. Instrumentos de desconcierto gramatical que pretenden desordenar un poco la realidad. Y de paso, a una misma.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Dos niñas cruzando la calle

Si hay una razón por la que no me salto los semáforos en ámbar y me gusta colarme entre los coches hasta llegar a ponerme en primera fila es por el espectáculo. Por ver pasar ante mí toda esa cantidad de gente que va de un lado a otro, con sus alegrías y tribulaciones a cuestas. Cientos de desconocidos, de vidas anónimas, cruzándose delante de mí. Me gusta observarlas, escuchar lo que dicen sus miradas, sus pasos, sus ropas y sus gestos. Porque no sólo las palabras nos hablan. Y a veces un gesto es capaz de delatarnos, mucho más ante un desconocido, y expresar lo indescribible. Lo indescifrable.

Hoy me he fijado en dos niñas cruzando la calle. Deberían tener unos 10 años, una era rubia, le caía un mechón de pelo lacio sobre la cara. Andaba rápido, con brío, casi con genio, y sus ojos se movían rápidos de un lado a otro, inquietos, curiosos. La otra era morena y pausada, tenía la cara más ovalada y llevaba el pelo recogido en una trenza. También miraba a los lados, pero lo hacía más bien con sorna. Como si ella supiera algo que los demás no, algo que le confiriera cierto poder sobre la situación. Iban cogidas de la mano, y la rubia, con su enérgico paso y sus prisas vitales, tiraba de la morena, que la miraba divertida sin mostrar ninguna intención por acelerar su marcha.

El caso es que a pesar de los constantes tropiezos y los tira y afloja, y de que no eran capaces de sincronizar sus ritmos, eso era evidente, se iban riendo a carcajadas por la vida, alegres y despreocupadas. Daba la impresión de que habitaban una burbuja particular, cuyo ruido de fondo era esa risa tonta, incontenible y contagiosa, que estallaba en el mismo momento en que abrían la boca para intentar articular palabra. La rubia tiraba de la morena con fuerza muriéndose de risa, y la morena avanzaba lentamente y a trompicones, intentando contener la risa que se le escapaba también a golpes, como a borbotones. De hecho la onda expansiva de su burbuja feliz me ha durado 3 semáforos más, en los que mi risa incontenible ha acabado contagiando, a su vez, a algún otro transeúnte o conductor dispuesto a posponer durante unos segundos la seriedad del mundo adulto.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Preguntas asalto

No todas las preguntas tienen respuesta. Pero hay algunas cuya respuesta está implícita ya en la misma pregunta. Y es una suerte, porque así no te traspasan sus dudas, ni sus indecisiones, ni sus tormentos existenciales. Las que a mí me gustan son las preguntas que no siendo retóricas, vienen a ser elegantes afirmaciones. Por ejemplo: en un día soleado, al pasear descalza por la playa de pronto te preguntas: "¿Cuánto hace que no me como un helado de fresa?". Y qué más da, qué más da si hace un mes, un año o toda la vida. Lo que la pregunta está intentando decirte es que en esos momentos te mueres por un helado de fresa. Otra: "¿Cuándo fue la última vez que bailé hasta el amanecer?". Y una más: "¿Dónde estarán aquellos patines con los que recorría la ciudad los domingos por la mañana?".

Lo que me fascina de estas "preguntas asalto" es que tienen una misión muy clara. Aparecen para rescatar un placer olvidado, una delicia descuidada, un instante de felicidad. La mejor parte viene cuando efectivamente te reencuentras con esos placeres: Y te comes ese helado de fresa con la misma ilusión que un niño abre su primer regalo, y una noche te quedas bailando hasta que sale el sol como si fuera la última noche de tu vida, y de nuevo recorres las calles sobre ruedas y te sientes volar. Son tan sólo instantes. Pero hay tanta, tanta felicidad en ellos que casi parece que la vida se para por ellos.

Claro que tarde o temprano acaba llegando la pregunta que no siempre tiene respuesta y que si la tiene suele ser bastante triste: "¿Por qué dejaría yo de hacer esto que tanto me gusta?". Pero ni siquiera entonces esa respuesta (que es de las que amenaza con dejarte sus dudas, y sus indecisiones y sus tormentos existenciales) importa ya tanto. Porque de alguna manera, las "preguntas-asalto" han conseguido comunicarse contigo y ya han empezado a responder por ti.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Soplos de viento

He descubierto que hay un orden que precede al ritmo cronológico de las cosas. Un orden coherente y caótico al mismo tiempo, flexible y adaptable, pero también delicado, frágil. Tan frágil que un pensamiento a destiempo puede hacer que se desvanezca, y sin embargo tan estable como para seguir apareciéndose, discreto y constante, a lo largo de los años. Sospecho que es un orden que hace y deshace a su antojo y complacencia, sin demasiadas contemplaciones. Y yo, que simplemente pasaba por allí, amanecí una mañana de otoño mirando al mar mientras ese orden tan caótico y delicado, se dirigía a mí en forma de soplos de viento. Iba y venía, revoloteaba sobre mi cabeza alegre y ligero, a ratos libre y deshinibido, a ratos tímido e indeciso. De pronto tan cerca, de pronto tan lejos. Y yo, que había salido de la ciudad para huir de las prisas y las complicaciones, dejé que nos silbaran los vientos y nos pasaran de largo las horas.

domingo, 16 de noviembre de 2008

16-11-2008

No es la primera vez que me pasa que por estar pendiente de cosas insignificantes, llego tarde a las que realmente me interesan. Menos mal que hoy me he dado cuenta a tiempo. Hoy es 16 de noviembre de 2008, osea 16-11-2008, es decir: 1+6+1+1+2+8=19 y 1+9=10 1+0=1.
En definitiva, un día numerológicamente mágico. Y esta vez lo he sabido desde el principio. Creo que no había tenido antes esta misma sensación. La de reconocer a tiempo que necesito precisamente eso que intuyo que va a pasar. Y no sé que me sorprende más si reconocerlo o intuirlo.

lunes, 10 de noviembre de 2008

El día después

Si me hubiera preguntado, durante la batalla, si yo era un ser esencialmente alegre o una pesimista empedernida, mi respuesta habría sido tan sincera como arbitraria. En el frente, a pie de trinchera, las cosas aparecían teñidas de una luz distinta, las sentía con un latir rabioso, intenso, ávido e insaciable. Mitad salvaje, mitad humano. Lo mismo el amanecer me sorprendía en el paraíso que el anochecer me arrojaba a las tinieblas. De modo que si me lo hubiera preguntado entonces, no habría sabido qué decirle porque era tal la incertidumbre externa, que no había tiempo, fuerzas o luz restante para indagar en las propias certezas.

Hubiera sido, sin duda, una pregunta impertinente e imposible. Porque no era ése el momento de formularla. Y las cosas, he sabido después, tienen sus momentos.

La buena respuesta esperaba sentada en una sillita al sol a la vuelta de la esquina. Justo donde las medias tintas ya no pintan nada y los relativismos ya no se aguantan. En el lugar exacto en el que deja de oírse el eco del último lamento. Ese fue el momento que la vida escogió para preguntarme a bocajarro: "¿Y tú, estás muerta o has vuelto a nacer?".

miércoles, 29 de octubre de 2008

Rebelde adoración

Creo que ya sé lo que le pasa a Antonella. Bueno, es sólo una teoría que se me ocurrió ayer por la tarde mientras hacía tiempo en la parada del autobús. Supongamos, por ejemplo, que a Antonella le fascinara alguien pero que no quisiera que ese alguien lo supiera. Al menos de momento. Entonces, contra sus propios sentimientos, debería esforzarse para fingir que ese alguien no le interesa especialmente (lo cual por supuesto es totalmente falso, pero se trata de que a ojos de todos parezca cierto). Y supongamos que cada vez fuera poniendo más esmero en esa actitud de indiferencia, la fuera refinando de tal manera que incluso el objeto de su fascinación empezara a sentirse ofendido ante su indiferencia. En ese punto, Antonella habría conseguido su primer objetivo secreto: atraer su atención. Sin embargo, en lugar de utilizarla para acercarse a él, ella misma se sorprende utilizándola para provocar su desconcierto, y descolocarlo constantemente. Antonella no sabría explicar por qué de pronto ahora lo que más le interesa del sujeto que tanto le fascina es dejarlo en evidencia, bajarlo de ese podio tan alto en el que está instalado. Pero el caso es que ha descubierto que inyectar cierto malestar en su personaje preferido le divierte inmensamente. Tal vez no tanto por hacerlo sufrir como por estar afirmando en cada uno de sus traviesos ataques que adoración y rebeldía no están reñidas.

sábado, 25 de octubre de 2008

How is your fish today?

Sentada en la oscuridad en una de las butacas de la sala de cine del CCCB donde estos días de Kosmopolis el Canal Alpha cobra vida me dejé atrapar por la película china How is your fish today , dirigida por la joven directora Xiaolu Guo. El film muestra la vida de un guionista chino, y va saltando entre su vida real y la de uno de los personajes de la novela que está escribiendo. Interesante cómo el protagonista de la película sitúa a su personaje de ficción en dilemas que él mismo no tiene resueltos y cómo realidad y ficción se retroalimentan. Casi al final del film, cuando su personaje yace exhausto y moribundo en un remoto pueblo en la frontera entre China y Rusia, el guionista, que también ha llegado hasta allí, pasa a su lado y continúa de largo. Y entonces, mirando a un paisaje blanco, nevado, vacío y luminoso, es cuando dice: “Necesitaba venir a ver que no hay nada que ver. Ahora me siento en paz".


How Is Your Fish Today? Xiaolu Guo, China y Reino Unido, 2006, 83’. Uno de los estrenos del Canal Alpha , la tele de Kosmopolis 08.

domingo, 19 de octubre de 2008

Suma y sigue

Hay emociones, pulsiones, golpes de sangre, que siguen emergiendo y retumbando mucho después de que se produjera el incidente que las provocó. Pueden haber estado ausentes, desaparecidas, casi olvidadas durante años, hasta que de pronto otro incidente, mucho más leve que el primero, nos hiere mínimamente pero lo suficiente como para recordarnos la gran herida que nos provocó el primero. Automáticamete se activa el mecanismo que ya existe en nuestra memoria y volvemos a sentir la misma aversión, la misma rabia, el mismo golpe de ira hacia la misma persona por seguir siendo tan ruin, tan rancia, tan exactamente como entonces.

Tengo la sensación de que lo que se perdona, se olvida, pero lo que no se ha podido olvidar a la primera, ni se perdona, ni se disculpa. Se acumula. Y en cada nuevo elemento que una acumula hay una oportunidad a medias y un chorro más de negra oscuridad. La oportunidad es el tiempo de descuento que se le da a la otra persona para que intente enmendar el daño. El chorro de oscuridad es la negra sospecha de que el rencor sigue avanzando.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Retro-visor

Justo antes de entrar en la autovía, los que van en coche y miran por la ventana, pueden ver en el arcén, una aquí, otra un poco más lejos, almas errantes haciendo auto-stop. Yo siempre me fijo en sus ojos y en el cartel que muestran al mundo con el destino escrito al que quieren llegar. ¿Qué será eso que no encontraron aquí y que, decididas o resignadas, van a buscar a otra ciudad, a otro lugar?

Esta mañana, sin embargo, uno de los carteles rezaba Septiembre. Puede que la chica de los ojos verdes que lo sostenía hubiera descubierto ya que poco importaba adónde fuera. Lo que buscaba, lo que había perdido, no estaba en otro sitio, si no que pertenecía a otro tiempo. Por eso ahora necesitaba a alguien que la llevara de nuevo al pasado, a ese septiembre agotado en el que le quedó algo pendiente. Tal vez tuvo suerte y la recogió alguien que iba hacia agosto y la dejó a primeros de mes. Y aún así, aunque hubiera logrado regresar a ese septiembre en el que su vida se paró, sospecho que le quedaría un último obstáculo al que enfrentarse: Sus ojos vienen del futuro. Y así, no se puede volver atrás.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Nostalgia

Los días lluviosos de otoño, como éste, llegan a mí cubiertos de un manto de nostalgia. Una nostalgia densa, extraña y deliciosa. Nostalgia de lo que sé que echaré de menos cuando se vaya, y que sin embargo, todavía está aquí. Desgarradora pena agridulce que me viene a presentar la vida en estado puro. Y si me asaltan las lágrimas, no sabría decirte si plañen la pena o celebran la alegría.

Cierra los ojos

Mi cuerpo reposaba cómodamente en el sofá, boca arriba. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho y una fina manta me cubría de la cintura a los pies. En algún momento pasé del sueño profundo a la vigilia ligera. Noté ese cambio de conciencia pero no quise abrir los ojos todavía. Se estaba tan bien ahí, en ese estado en que las cosas se intuyen, se saben, pero no se piensan, no se analizan ni se juzgan. Simplemente se sienten. Y yo sentía que él estaba allí, cerca, cuidándome con su mirada y protegiéndome. De la misma manera que yo, sin que él lo vea, lo llevo protegiendo tanto tiempo con mis pensamientos, tan cercanos a sus sueños. Abrí los ojos, y lo encontré sentado en una silla, frente a mí, tomándose un café y observándome complacido. Y no me extrañó. Porque no me hacía falta verlo para saberlo. Algunas cosas se saben con los ojos cerrados.

viernes, 3 de octubre de 2008

Manteniendo el tipo

Algunas certezas aburren de la misma manera que algunos interrogantes nos resultan tan distantes que pierden nuestro interés. Saber demasiado puede ser tan contraproducente como no saber lo suficiente. Mostrar todas las cartas puede ser tan nefasto como no saber sacarse un as de la manga cuando nos proponen un farol. La vida bien podría ser un juego. Tomársela muy en serio podría resultar tan torpe como tomársela demasiado en broma. Y mientras tanto, yo sigo intentando mantener el tipo sin que se me note demasiado que quiero jugar el próximo partido y que me da pánico no poder defender mi dignidad ante tantas veteranas.

jueves, 2 de octubre de 2008

Retardados

La impuntualidad es un agravio que, sufrido en exceso, puede llegar a crispar los nervios de cualquier persona puntual y de buena fe. Pero hay algo todavía peor que un retardado: su cara de sorpresa cuando debe admitir que se le ha escapado el último tren: "Ah, pero que llego tarde?".

miércoles, 1 de octubre de 2008

Octubre

Lo mejor de octubre son sus cielos. Ver romperse el día en tiras de colores y sentir cómo la luz se va retirando. Es un vértigo agradable. Octubre sería un buen mes para detener el tiempo. El verano y su fuego abrasador ya han quedado atrás. Ha pasado el tiempo suficiente como para que se hayan cerrado las heridas. Quedan las cicatrices, claro, obcecadas en recordar lo que no se debe olvidar alegremente, pero en octubre ya no duelen. Desde su distancia otoñal, sólo avisan. A lo lejos también, el gélido invierno, que llegará, porque siempre llega, pero desde aquí aún se le siente ajeno. Octubre es un mes coqueto, juguetón y alegre, pero sereno. Sin duda de los más inteligentes. Ha sabido situarse sabiamente entre los dos extremos.

martes, 30 de septiembre de 2008

Hoy no me subo

Hay días en que simplemente no es posible hacer las cosas tranquilamente. Son días que suelen empezar mal y a medida que avanzan van empeorando. Si ya de buena mañana se nota una aturdida y espesa, después de comer queda una convertida en un alma en pena incapaz de mantener una sencilla conversación de sobremesa. En esos momentos nada, absolutamente nada importa lo más mínimo. De hecho, durante uno de esos clímax hormonales se pueden llegar a hacer cosas que en ningún otro momento se pensarían seriamente. El momento crítico dura tan sólo unos segundos, pero es real. En ese brevísimo lapso de tiempo la locura y la cordura juegan a intercambiarse los mandos y el mundo se convierte al mismo tiempo en un lugar insoportable y maravilloso.

Esos días, decía, intentar hacer las cosas más simples cuesta horrores. Sin embargo, bajarse del mundo y mirarlo desde fuera lo convierte en algo alucinante.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Preocúpate de tus asuntos

"Preocúpate de tus asuntos". Hacía años que no oía esa frase. Es una afirmación clara, directa y concisa. No deja lugar a dudas. Sería la versión grosera de un "no le des más vueltas, a mí ya me parece una buena solución". O la versión amable de un "déjame en paz, quién te manda meterte en mis cosas". Claro, depende de quién lo diga, del tono que emplee y de quién lo reciba y de cómo lo interprete. Y por si fuera poco, depende también del punto de relativismo vital en el que una se encuentre.

Es una frase que me transporta directamente a la infancia, al patio del colegio, donde una niña critica la nueva mochila que se ha comprado otra. Y ésta otra, harta ya de oír despropósitos sobre su nueva mochila, que si es muy chillona, que si no es tan grande, que si no te van a caber todos los libros, que si las asas no son tan cómodas, que si el dibujo no se entiende... le acaba gritando: "bueno, bueno, no te preocupes tanto por mi mochila y preocúpate más de tus asuntos". El caso es que suena a insulto, y sin embargo, ahora que la he vuelto a oír, después de tanto tiempo, aunque de otros labios y en otro contexto, me da la impresión de que bajo esa apariencia tan tosca y brusca que a menudo tienen las frases familiares se esconde un sabio consejo. Al fin y al cabo, a pesar de que yo también pensaba que aquella mochila rosa era realmente horrorosa (aunque no lo dije, lo pensé) puede que aquella niña tan hortera tuviera toda la razón del mundo. Hay que dejar que cada cual escoja su mochila y la lleve como quiera.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Latidos

Esta mañana Antonella parecía otra. Mi trato con ella siempre ha sido agradable y relajado, pero alguna vez me ha parecido intuirle un desasosiego profundo, un dilema no resuelto que de vez en cuando le oscurecía la mirada y le entristecía el ánimo. Hoy irradiaba luz por los cuatro costados, parecía tan en paz con el mundo que aunque me he tomado el café en apenas cinco minutos, han sido suficientes para notar su alegría vital. Cualquiera que no la conociera podría pensar que Antonella ayer echó el polvo del siglo y por eso venía tan fresca y relajada. Pero no, el sexo ni lo es todo ni lo arregla todo. Fuera cual fuera el tormento que la corroía, está claro que Antonella ha logrado quitárselo de encima. Pablito también se ha dado cuenta y nada más verla le ha preguntado: "Bon giorno Antonella! Espeta un momento bella.. a ti te ha pasatto algo muy bueno, eh?" Ella simplemente ha asentido y se ha sonreído. Y es verdad, parecía otra. La misma y sin embargo tan diferente. Otro día que tenga más tiempo y no haya tanta gente en la cafetería, le voy a preguntar qué es eso que le ha devuelto la paz.

martes, 23 de septiembre de 2008

Ikea ya no es lo que era

Han pasado ya meses desde aquella primera vez. Aún recuerdo, ingenua de mí, la ilusión con la que planeaba el gran día y ultimaba los preparativos. Menuda decepción. La segunda vez fue igual de mal que la primera, pero me sentó peor. Supongo que por el efecto acumulativo. Entonces decidí dejar pasar un tiempo prudencial, para tomar distancia y relativizar las cosas. Volví a la carga por tercera vez y con un claro ultimatum: o sale bien ahora ó fin de la historia. Y salió mal. Fatal. Vamos, peor imposible.

Y lo que son las cosas. Hay que ver cómo la vida se las arregla para ponerte delante aquello que ya has dado por perdido, justo cuando ya has conseguido olvidarlo. Hoy la he vuelto a ver, la he encontrado un poco más esbelta y mucho más alegre. Y sí, me ha vuelto a fascinar, me he olvidado de todo cuánto sufrí la última vez que quise que entrara en mi vida y sin apenas pensarlo, me la he llevado a casa. Contra todo pronóstico, todo ha salido a la perfección. Por fin! Por fin tengo una lámpara de pie que no revienta las bombillas, que no viene acompañada de un transformador ruidoso y que es capaz de mantenerse en pie por sí misma.

De todos modos, todavía no estoy preparada para volver a Ikea. Me dieron tres veces seguidas el mismo modelo de lámpara, y las tres veces no funcionaba. Teniendo en cuenta que una de las veces que fui a cambiarla estaba agotada, me consuela saber que no estoy sola. Me imagino que la lámpara que reventaba las bombillas se la debieron enchufar al que vino a devolver la que no se aguantaba de pie, y éste debió volver a su casa, a su vez, con otra que se aguantaba perfectamente pero que hacía un ruido espantoso. Y así sucesivamente hasta que uno monta en cólera en la cola de devoluciones, otra tira el transformador por la ventana y a otro le da un ataque al corazón cuando le explota la tercera bombilla en la cara.

De hecho, ahora mismo yo me siento la persona más feliz del mundo por tener, por fin, en el salón de mi casa una lámpara de pie útil e inofensiva. El disgusto se lo debo a Ikea, que para mí ya no es lo que era. La alegría, a la Bauhaus.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Volver

Hoy la lluvia ha vuelto a la ciudad, y la ha cogido desprevenida. A mí me ha dado por pasear con la misma calma y el mismo ánimo que si fuera un día festivo. He recorrido las calles ligera y embobada, como si hiciera siglos que no sentía ese cálido frío de las primeras lluvias. Mientras el agua correteaba entre mis pies, me he parado un instante y he levantado la vista hacia el cielo. Nublado, gris, enfurruñado. Como aquella niña lista y enfadada. Y de pronto me han entrado las ganas de volver. De volver a mis días de papel.

martes, 11 de marzo de 2008

Revelación

Aún me acuerdo del día en que Luz, Leo y Lena me propusieron formar parte de Un Vacío Impertinente. "¿Quién, Yo? Pero ¿Y qué voy a contar yo?" La verdad es que en parte acepté porque estaba un poco aburrida y no tenía nada más interesante que hacer. Pero reconozco que luego me gustó realmente. Y ahora tengo que decir que tenían razón, sobre todo Leo, que cuando le dije que no sabía de que escribir, me dijo que no se trataba de inventar nada nuevo, sino de que escribiera sobre mi propio mundo, que no era ni más ni menos, simplemente era. Y ésa ha sido para mí, la gran revelación. Descubrir que yo también tengo un mundo propio.

viernes, 1 de febrero de 2008

Medios y miedos

Primero empezó haciéndolo sólo por las noches. Luego amplió su encierro también a las tardes. Para que nadie le molestara, cerraba las ventanas, bajaba las persianas y descolgaba el teléfono. Poco a poco fue dejando de bajar a la calle a pasear, se volvió desconfiada, recelosa, y empezó a rehuir a amigos y conocidos. Sin embargo, cuánto más sola y más aislada, tanto más cómoda y acompañada se sentía. Pero sobre todo, se sentía infinitamente más segura. El miedo al mundo exterior se había ido apoderando de ella de tal modo que ya sólo se sentía a salvo encerrada.

La noticia de su muerte salió en la prensa local, se comentó en la plaza y quiénes la conocieron lamentaron su pérdida. No fue una muerte sórdida o macabra, en realidad fue de lo más común: cambió la ficción que otros construían por su propia realidad y sin darse cuenta se fue apagando hasta que finalmente se consumió. Como suele suceder en estos casos, ella fue la única que no se enteró. Aún hoy sigue pensando que está viva.

miércoles, 30 de enero de 2008

Cambio de tercio

Ésta es una de ésas cosas que si no me hubieran pasado en persona, me costaría mucho creer. Pero como la he vivido en mis propias carnes, no puedo negar su evidencia. Cuando esta mañana he llegado al mostrador, ella estaba al otro lado del tablero, justo detrás de la recepcionista a la que le he explicado mi caso, aunque a juzgar por la patética situación en la que me encontraba, sobraban las palabras. Cumplido pues el primer trámite, me he sentado como he podido en una de las sillas de la sala de espera. Al rato, ha aparecido ella y se ha acercado a mí: “Hola, he oído tu caso. Creo que yo te puedo ayudar. Ven por aquí”. Me he levantado todo lo rápidamente que he podido, y la he seguido hasta su despacho. Me he sentado frente a ella, y antes de poder estudiar su uniforme, me han asaltado un par de ojos amables y comprensivos. “Bueno, vamos a ver, déjame ver tu informe”. Lo leía con un rictus relajado y sereno, como si estuviera leyendo el periódico del domingo. De pronto levantó la vista, se quitó las gafas y me habló mirándome a los ojos: “Bien, lo primero que te tengo que decir, Leo, es que estoy harta de ver casos como el tuyo y te voy a ser muy franca. La verdad es que no tiene una solución rápida, pero en tu caso, aún no es demasiado grave y estás a tiempo.” Respiré un poco aliviada. “Leo, te guste o no, tu cuerpo te está hablando y no puedes seguir ignorándolo. Ya sé que no quieres estar más en casa y lo único que te interesa es volver cuanto antes a hacer vida normal, pero me temo que eso no es posible. Si quieres volver a caminar, tienes que abandonar las prisas y las urgencias."

Todo eso me sonaba un poco a chino, pero la verdad es que sus palabras me transmitían tanta paz, había tanta seguridad en la calma de su voz y en sus gestos, que casi sin pensármelo le dije que sí. Que quería intentarlo.

lunes, 28 de enero de 2008

Los 30

Desde que cumplí los 30 me acompaña la sensación de haberme caído, de sopetón, en mitad de mi vida. De haber entendido de repente, con una clarividencia tan excitante como terrorífica, que los trenes a los que no me suba hoy, tal vez no volverán a pasar. No me preocupa dejar pasar aquellos a los que de todos modos no pretendía subirme, pero ¿Qué hay de aquellos a los que tal vez me subiría más adelante? ¿Acaso volverán a pasar una vez más?

A los 30 ya existe un ayer, un trozo de vida consumido que queda sólo en el recuerdo y la nostalgia. Y ese pasado convive, en la década de los 30, con un futuro aún muy abierto. Todavía puede una volverse atrás, cambiar de rumbo y empezar de nuevo. Aunque ya no como a los 20. Las décadas, entiendo ahora, no pasan en vano. El nivel de complicación aumenta, porque ahora ya no se trata tan sólo de lanzarse a lo desconocido, probar, jugar, y volver a empezar. Intuyo que ahora empieza otra etapa: la de concretar, definir y apostar, sobre todo apostar. ¿Pero a qué, dónde, cómo? ¿Acaso se puede pasar? Al fin y al cabo, no apostar es también una decisión.

Mis sentidos son, sin lugar a dudas, los grandes protagonistas de mis 30. Están en su apogeo, en su punto, tal vez como nunca más lo volverán a estar. Por un lado me deleito con ellos y por otro, percibo los latidos de la urgencia, el cosquilleo de arriesgar sin garantías. Y ésa es otra, que desde que me caí en los 30 asocio la palabra garantía más con ilusión que con seguridad. Y respiro la vida, la siento, con la intensidad eufórica de las cosas que se saben finitas. Tal vez sea porque ha llegado el momento de jugársela. O tal vez no. En cualquier caso: pura adrenalina.

miércoles, 23 de enero de 2008

El Dorado

Me fijé en sus manos ásperas y agrietadas. Sus ropas gastadas y sus zapatos viejos. El pelo canoso y mal teñido. Debía tener unos 50 años, tal vez menos. Iba sentada en el metro frente a mí, exhausta y ausente ya de buena mañana. De prono le sonó el móvil, se metió la mano en la chaqueta, respondió y se le iluminó la cara. Apenas habló, tan sólo unos cuantos monosílabos afirmativos mientras sus ojos se movían inquietos y se le dibujaba en el rostro una sonrisa tan sincera como cansada. Sólo al final, antes de despedirse, pude oírla decir: “Entonces, ¿Estás contenta, no? Qué buenas noticias. Sí, sí, yo estoy bien, no te preocupes por nada. Un beso, hija”. Se bajó un par de paradas antes de la mía, la seguí con la mirada hasta verla desaparecer entre la gente y me quedé un poco triste. Al salir del metro, me sorprendí tarareando una vieja canción de Revolver: "vi a mis padres correr en busca de El Dorado, vi a mis padres luchar cada uno por su lado, lo mejor de sus vidas dónde se ha quedado?"

martes, 1 de enero de 2008

Oportunidad

Cuaderno en blanco de tapa gruesa
esta vez, despacito y buena letra.