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lunes, 12 de noviembre de 2007

Mi fe

en la revolución es directamente proporcional
a la desconfianza que me producen los revolucionarios.

Deseo animal

Hay qué ver la suculenta variedad de golosinas, huesitos, galletitas y bolitas multicolor que abarrotan las estanterías de las tiendas de animales. Por más que vengan envueltas en paquetitos de colores más o menos atractivos para los humanos, se me antoja una sospecha: no tienen nada de que ver con lo que ellos, criaturas de la naturaleza, escogerían.

Ahora que lo pienso, ¿Acaso un gato puede tener un capricho? Sentarse en el sofá, levantar su patita lentamente y decir para sus adentros “mm... me apetece una de esas bolitas rojas”. ¿Acaso existe en los perros la gula de forma natural? Quiero decir, ¿irá el perro de vuelta a casa pensando en su merienda a base de hueso con sabor a jamón y aroma a cerdo ibérico?. Si lo que nos diferencia de los animales es que ellos actúan básicamente por instinto ¿Cómo es posible que exista todo un mercado de exquisiteces culinarias enfocadas a colmar una necesidad tan elaborada como el capricho?

Nunca se me había ocurrido que crear necesidades donde no las hay pudiera entenderse como una señal de consideración y estima. A mí me parece por un lado cruel, porque el dueño se reserva entonces todo el derecho de colmar esa necesidad o no, y por otro, muy poco práctico, porque en cuanto el animalito en cuestión se enganche a las bolitas, habrá que seguir dándoselas. ¿Cómo se le explica después que ayer sí pero hoy no y mañana ya veremos? Y lo que es peor, una vez despierto el deseo, tal vez las bolitas ya no sean suficientes y quede entonces la criatura convertida en un ser ansioso e insatisfecho, buscando siempre ese algo más que le devuelva la paz. La misma paz en la que por cierto, ya vivía tranquilamente antes de que el marketing llegara a su vida y el deseo se la robara.