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jueves, 1 de noviembre de 2007

La luz de su ausencia

Amanece el cielo en lo alto y la tierra a mis pies. Camino liviana y serena mientras despunta, perezosa, la mañana. Es un buen día. Se me antoja perfecto para mirar atrás de frente. Al tercer guiño soleado busco un recodo tranquilo donde emprender de nuevo el paseo por los bosques que antaño recorrí con mis ojos de niña. Enseguida noto que me faltan sus manos curtidas, sus ojos atentos puestos en mí. Qué extraño me resulta ahora este lugar tan familiar. De pronto se presenta un viento frío, preludio de nostalgias. ¡Oh, maldito! ¿Por qué te empeñas en levantar a tu paso toda hoja que no resiste tus embistes? Pretendo el cálido recuerdo de tiempos extinguidos y tú me devuelves, impasible y soberbio, el hielo de su ausencia. Vienes a doblarme de rodillas, a arrancarme de cuajo mil lamentos. Terrible atardecer el que me brindas.

Se retira la poca luz que me alumbra y avanza decidida la fría escarcha que amenaza con calarme los huesos. Infinita tristeza de luto sin velo. Y aún así, no pienso doblegarme. Por más gélidos que vengan tus soplos, no voy entregarla al olvido. No te consiento que me arrebates su legado. Tozuda centinela que aguarda en la noche una señal de esperanza. Ven a contarme un cuento, devuélveme en sueños sus brazos abiertos. Una estrella fugaz bastaría. Y allá en lo alto, bendita sea, surca el cielo la luz de su ausencia.