Páginas

jueves, 4 de octubre de 2007

Terapias, vergüenzas y hechos

¿Sabes cuándo te pasa algo que te da tanta, tanta vergüenza que piensas que nunca nada podrá superarlo? ¿Como cuando se te engancha un chicle en el culo justo el día en que te toca salir a la pizarra a resolver ecuaciones y derivadas? ¿O como
cuando te empotras contra una farola en la calle en una primera cita? Son cosas que si te pasan de adolescente cobran una importancia desmesurada y hasta dramática, pero efímera. La adolescencia no es más que un continuo desatino, de manera que siempre hay algo peor dispuesto a ocupar el número uno en el ránking de desgracias y tormentos. Basta con que al día siguiente tu padre descubra por casualidad en tu mesita de noche el super-vibrador para que lo de la farola te parezca una trivialidad.

Menos mal que a estas alturas y después de numerosas oportunidades para entrenarme, he conseguido superar mis vergüenzas. Aunque para ser sincera, y por si pudiera servirle a alguien en mi misma situación, confieso que hice una terapia de olvido selectivo de episodios traumáticos. Desde entonces yo soy la única que no me acuerdo de mis peores momentos. Por más que me lo recuerden en todas las reuniones familiares, ni me afecta. Es más, en cuanto me pasa algo vergonzoso, lo olvido al momento. Es como si hubiera sido borrado de mi mente. Como si no hubiera pasado, que es en realidad de lo que se trata. De fingir normalidad donde por-las-razones-que-sea, no la ha habido.

Justamente la semana pasada me encontré con Isra, uno de mis compañeros de terapia. Hacía años que no lo veía pero la verdad es que se conserva tan triste y gris como siempre. Eso me hizo pensar en los posibles efectos secundarios del tratamiento, de los que por cierto nadie me advirtió. Para empezar, yo soy la única que es incapaz de reírse de mis desgracias, y al parecer es una pena, porque hay que ver qué bien se lo pasan mis hermanas y todo aquél que tiene la suerte de asistir a alguna sobremesa familiar en la que se deleitan poniéndole al día de mis presuntas anécdotas. Y no sólo eso, si me las cuentan como si le hubieran pasado a otra persona, en cuanto empatizo con la vergüenza de la víctima imaginaria se me activa el mecanismo anti-trauma y toda la diversión se transforma en un compasiva solidaridad que me impide hasta la más discreta sonrisa. Ellas, las pobres, aún no han superado sus vergüenzas, y cada día vienen cargadas de desgracias, propias y ajenas, con las que desternillarse y agudizar su macabro ingenio. Hasta les falta el aire y se les saltan las lágrimas imaginándose escenarios aún más patéticos. Habitan en el estadio primario no-cognoscitivo (así lo llamábamos en terapia), de modo que no es de extrañar que cuánto más asombrada las miro, más fuertes repuntan sus ataques de divertimento. Aún así, en esta sombría tarde un hecho se me revela indiscutible: mientras ellas son la alegría de la huerta, yo, gracias a la terapia ésa de mierda, hace años que no me río a gusto.