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martes, 2 de octubre de 2007

Únicas

A los 40 años se bajó del tren con su marido, la vio por primera vez y la reconoció al instante. Desde entonces ya no se separaron. Al parecer habían tenido vidas cronológicamente muy parecidas. No sólo habían nacido el mismo día, sino que se habían casado el mismo año, ambas habían tenido un aborto con meses de diferencia y ambas tenían dos hijos de las mismas edades. Y no sólo eso, también tenían opiniones muy parecidas, la misma manera de reaccionar ante muchas situaciones y el mismo extraño sentido del humor. Ninguna de las dos sabía de la existencia de la otra, de modo que el encuentro, el hallazgo, la revelación fue tan maravillosa como inesperada. ¿No es fantástico?

Es decir, que un buen día, te bajas del tren y allí mismo, en el andén, te das de bruces con tu hermana gemela, que no sabías ni que existía, y a la que le han pasado las mismas cosas que a ti, exactamente en el mismo orden, que las ha vivido y sentido como tú, y con la que podrías compartir las bromas más surrealistas que se te ocurrieran, porque a ella se le estarían ocurriendo al mismo tiempo.

Desde que descubrí el caso de las laughty twins, no puedo dejar de fantasear con la idea de que mi hermana gemela, que no sabe que existo, se decida a venir de visita a la ciudad, y por fin nos encontremos. Entonces, nos quedaríamos mirando con el ceño fruncido, preguntándonos ¿qué hace esa tipa tan parecida a mí mirándome con esa cara de susto? Y entonces las dos haríamos ver como que no nos hemos visto pero seguiríamos observándonos con el rabillo del ojo y comprobando asombradas que las dos llevamos tres pendientes en la oreja izquierda y ninguno en la derecha. Que llevamos un reloj de cuerda en el bolsillo y la hebilla del cinturón en un costado. Hasta levantaríamos las cejas al mismo tiempo en señal de extrañamiento, miraríamos a nuestro alrededor en busca de una cámara oculta y nos sonreiríamos desconcertadas. Finalmente, molestas y mortificadas por esa desconocida tan familiar que no sólo comparte nuestros símbolos de identidad, sino que además calca todos nuestros gestos de forma tan natural, nos dirigiríamos la una a la otra y al unísono nos espetaríamos un crispado: “¡Para de imitarme!”.

Hasta puedo ver su cara desencajada cuando se convenciera de que efectivamente soy su hermana gemela, y pensamos, sentimos y vemos la vida exactamente igual. Seguro que se enfadaría, claro, la muy ingenua aún se cree única.