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martes, 18 de septiembre de 2007

De gracias ajenas

Hay películas que son atemporales, que por más años que pasen, puede una volver a verlas y pensar que las acaban de rodar. Pon por ejemplo, El Apartamento, de Billy Wilder. Esa película se rodó hace más 30 años y sin embargo Jack Lemmon bien podría ser mi vecino del octavo tercera. Un hombre de unos cuarenta años, comiquísimo, y totalmente desquiciado porque le han despedido, porque no encuentra trabajo, porque cada dos por tres se estropea el ascensor y tiene que subir los ochos pisos por las escaleras, porque escuchar las noticias o leer el periódico le provoca ataques de ira, y porque no soporta seguir viviendo en la ciudad. Bueno, bueno. Es que no tiene desperdicio. A mí me parece divertidísima. Cada vez que la veo es que me parto. Los diálogos son tan actuales que a veces no sé si es Jack o mi vecino el que anda porfiando por los pasillos. Otra de mis favoritas es La guerra de los Rose, dirigida hace más de 15 años por Danny DeVito y con la actuación estelar de Michael Douglas y Kathleen Turner. Ésta es la que llevan ya un par de temporadas rodando en el segundo cuarta. Se trata de un matrimonio en el que ninguno de los dos se soporta y se dedican en cuerpo y alma a hacerle la vida imposible al otro para que se vaya de casa. Esa sí que es de rabiosa actualidad. Y cuando crees que las cosas ya no podrían ir peor.. zas! te vuelven a sorprender con su admirable capacidad para rodar insólitas escenas. Cada vez más arriesgadas, más al límite. Más que divertida, que también, es una película trepidante, sorprendente, tiene ritmo, agilidad y derrocha frescura por los cuatro costados. Una película genial. Sublime. Y bueno, luego hay otra que a mi vecina de enfrente, la que vive en los pisos nuevos, le encanta, pero sinceramente yo no le acabo de encontrar el punto cómico. Es la de Esta casa es una ruina, rodada hace un par de décadas e interpretada por Tom Hanks y Shelley Long. Consiste básicamente en ver cómo a un par de desgraciados se les va cayendo la casa a trozos mientras ellos intentan arreglarla. Cuánto más se esfuerzan ellos en levantarla, más se les derrumba y más se van hundiendo en la miseria. Sólo de imaginarme al pobre Tom colgando del techo atrapado por la alfombra asesina se me saltan las lágrimas. Me parece totalmente despiadada y de una falta de sensibilidad total. Reírse de las desgracias ajenas no tiene nada de original, ni de ocurrente, ni de imaginativo. Desde luego a mí no me parece nada divertido tener goteras, las tuberías atascadas y una bañera que parece un colador. No le veo ninguna gracia.