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martes, 11 de septiembre de 2007

Existe

un pueblecito en el norte de España, donde sigue en pie un café abierto en 1930. La barra de madera, las mesas de mármol, las baldosas de adoquines, y las paredes cubiertas de retratos en blanco y negro de seres queridos que se fueron yendo. Me pasaron las horas volando mirando por la ventana, oyendo de fondo la radio, el murmullo de una partida de cartas y la alegría contagiosa de un grupo de mujeres ultimando las fiestas del pueblo. Me pareció un lugar sagrado que había sabido mantenerse digna y sabiamente al margen del feroz progreso contemporáneo.

He viajado

si al regresar, el punto de partida se me antoja distinto.