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viernes, 6 de julio de 2007

Arquitecturas

Ya falta poco para que acaben los edificios que llevan meses construyendo en la explanada de enfrente. Donde antes había un descampado de tierra y matorrales que se llenaba de barro cuando llovía, ahora se han inventado una calle en la que se levantan a ambos lados grandes torres de pisos. En poco tiempo, esos pisos se llenarán de vidas, y esas vidas habitarán sin saberlo un descampado que antes de su llegada se llenaba de barro cuando llovía.

Hoy me he sorprendido preguntándome cómo serán mis días cuando lleguen los nuevos vecinos. Algo curioso, porque hasta ahora, nunca antes me había planteado la influencia de mis actuales vecinos. La distancia arquitectónica nos permitía cierta libertad e independencia. Sin embargo los nuevos vecinos van a habitar en mis narices. Cocinarán a 10 metros de mi cocina, se acostarán a 10 metros de mi lavabo, regarán las plantas a 8 metros de mi balcón... Cientos de personas poblarán el descampado con sus ruidos, sus conversaciones, sus músicas, sus niños, sus fiestas, sus llantos y sus alegrías. No me importaría lo más mínimo si pudiera no enterarme. Si su presencia no viniera a alterar inevitablemente mi horizonte. Por eso me gustaba tanto el descampado. Un espacio vacío, silente y anónimo que me permitía mirar al frente y en lugar de ver, imaginar.

Trampa

Inconformismo conformado.

Tejiendo la vida

Hubo un tiempo en que habitamos un mismo espacio, un mismo lugar desde el que asomarnos al mundo cada mañana. Fuimos por un tiempo, la mitad del tapiz que se teje en compañía. El hilo compartido remendaba con más fuerza, con más brío. ¡Qué de inolvidables tardes de remiendos y ganchillos!

Hoy que vengo a visitarte y a contarnos los viajes, me recibes enfadada, herida y vestida de negro. No comprendo. Dices que hace tiempo que no tejes. Que te cuesta enhebrar la aguja. Que el hastío te ha vencido. Mira, te he traído estas telas, tan alegres y ligeras. Las encontré en las otras tierras, me recordaron a ti y quise traértelas.