Llevaban años jugando al escondite. Repitiendo diariamente las mismas estrategias, las mismas trampas, y los mismos resultados. Entonces el gato, aburrido y agotado, le propuso al ratón que durante una semana intercambiaran sus papeles. El ratón haría de gato y el gato de ratón. Así, al ponerse el uno en el lugar del otro el juego sería más interesante. Al ratón no le pareció nada bien eso de alterar las reglas del juego. ¡Un ratón de verdad no hace de gato! Además, ¿Qué dirían en casa cuando se enteraran? ¿Qué pensarían en la granja? Su reputación quedaría arruinada para siempre y seguro que nunca podría acceder al Premio Gruyere de mejor ratón del año. Él era un ratón de verdad, y no estaba dispuesto a poner en juego su imagen pública por una estúpida ocurrencia.
El gato, acostumbrado a los exabruptos viscerales de su compañero el ratón, y sabiendo que al cabo de unos días lo encontraría más receptivo, escogió un tranquilo atardecer para volver a plantear el tema:
- ¿Te imaginas, ratoncito, que por una semana no estuvieras obligado a comportarte como un ratón y pudieras hacer cosas que los ratones no hacen? Por ejemplo, ya no tendrías que andar todo el día escondiéndote de mí. También tendrías 7 vidas y hasta podrías subirte al sofá a hacer la siesta.
- Pero lindo gatito, ¿No ves que eso sería alterar el orden natural de las cosas?
- Tal vez no sea un orden tan natural.
- Pero lindo, ¿Qué te pasó? ¿A qué viene ahora este interés por poner patas arriba el status quo? ¿Tú te imaginas el disgusto que se llevaría mi madre si de pronto me viera por ahí con aires de gato?
- Ay ratoncito.. ¿No ves que no tiene ningún sentido seguir haciendo las cosas de la misma manera sólo porque así es como siempre las has hecho?
- ¿Acaso a ti no te importa lo que diga tu familia?
- Ratoncito, eso es miedo. Las familias, con el tiempo, tambien entienden.
- Pero vamos a ver, ¿cuántos ratones conoces tú que se hayan prestado a ir de gato?
- El de la cafetería de la calle Mayor, por ejemplo.
- ¿El de la cafetería de la calle Mayor?
- Pues sí. Y se le ve muy contento. Y el del fontanero. Y el la doctora. Y el de la tienda de informática. Y el de la pintora. Y el de..
- Bueno, ¡basta ya! Me da igual. Yo no pienso renunciar a mi identidad de ratón.
- Pero ratoncito, ¿Quién está hablando aquí de renunciar a identidad alguna? Se trata justamente de lo contrario, de conocer mejor tu propia identidad a través de las identidades con las que interactúas.
- ¿Cómo dices?
- Que no se trata de que dejes de ser ratón. Se trata de que te des cuenta de que en realidad gatos y ratones somos muy parecidos. Lo que más nos diferencia es la educación que hemos recibido y las normas que nos dictan cómo tenemos que relacionarnos.
- Mira lindo gatito, a mi nadie me dicta nada. Yo soy el único dueño y señor de mi vida.
- Sólo te propongo que vivas durante una semana como un gato.
- ¿Para qué?
- Para que compruebes si eso modifica de alguna manera tu comportamiento, tu manera de ver la vida, tus expectativas y tu manera de relacionarte con los demás.
- ¿Y qué gano yo con todo esto?
- Saber quién eres más allá de tu condición de ratón.
- Ya. ¿Y después podré volver a ser el mismo ratón de siempre?
- Bueno, digamos que después podrás ser el ratón que tú quieras ser.
- No sé, lindo. Me lo tengo que pensar. Pero dime una cosa, ¿De dónde has sacado tú todas estas ideas?
- Me las ha explicado mi primo, el que ya no vive en el pueblo.
- Ah! Sí. El otro día lo vi en la terraza de la cafetería de la calle Mayor. ¿Cómo dices que se llama?
- Queer.
- Pues vaya nombre más raro para un gato. ¿No hay una teoría que se llama así?
- ¿Eh? Sí. La Teoría Queer. Muy interesante, por cierto.



