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miércoles, 3 de enero de 2007

Un poco más

- Sólo te queda el último tramo.
-Estoy cansada.
-Aguanta sólo un poco más.
-Se me agotan las ganas.
-Sólo un poco más.
-Tengo dudas.
-Sólo un poco más.
-No sé si quiero llegar.
-Sólo un poco más.
-¿Cuánto es un poco más?
-Nada. Un poco más no es nada.
-Pero ¿Qué haces? ¡No puedes pararte ahora!
-Estoy cansada.
-¡Levántate!
-Necesito descansar.
- ¡Pero si sólo te queda un poco más!
- Claro, claro.. Siempre es un poco más.
- ¡Un poco más no es nada!
- Eso depende. A estas alturas, un poco más es demasiado.

La Carta

Venía sin remite. Sin firma. Sin sello. Ni siquiera era para mí. Pero estaba en mi buzón. La leí y durante meses estuvo la carta sobre mi mesa, gritándome en silencio un mensaje en clave que no sabía descifrar. ¿Quién podría haberla escrito, quién habría venido hasta mi portal, habría conseguido entrar a la portería y habría decidido dejarla precisamente en mi buzón? ¿Y por qué no podía responderle? A veces pensaba que debió haber sido una equivocación, que debía haber alguien por ahí que abriría el buzón cada mañana con el corazón en un puño esperando encontrar la carta que yo tenía. Quizá la vecina de al lado, la que baja cada mañana a comprar el pan a primera hora, ó quizá el jubilado de arriba que sale a pasear justo a la hora que viene el cartero. Y quizá la persona que la escribió llevara meses esperando una respuesta, una respuesta que yo no sabía darle y que quién debería dársela no sabía siquiera que su carta se había extraviado. También pensé que quizá debería devolverla a la calle, dejarla de nuevo en manos del azar para que se la hiciera llegar a quién correspondiera. Pero ¿Y si no fuera una equivocación? ¿Y si la carta fuera para mí? ¿Y si yo tuviera la respuesta? Recibir una carta inesperada es algo muy extraño. Yo siempre había pensado que una carta no se le escribe a cualquiera, que se le escribe a alguien en concreto para decirle algo que quizá no se le pueda decir en voz alta. Algo que quizá sólo pueda expresare entre líneas. ¿Qué sentido tiene entonces escribir una carta sin remite ni destinatario? Hasta los mensajes que los náufragos lanzan al mar en una botella dan pistas para que quién la lea los encuentre. Pero ¿escribir una carta sin remite? ¿Qué clase de carta es ésa? ¿Acaso una carta puede ir dirigida a cualquiera? ¿Acaso cualquiera podría responderla?

El caso es que yo ya no soportaba más tener sobre mi mesa una carta que me miraba pidiéndome respuestas. De modo que decidí que me inventaría una respuesta. Que escribiría una carta, sin remitente, sin firma, sin sello. Y un buen día saldría a pasear, me colaría en el primer portal que viera abierto, escogería un buzón al azar y la dejaría allí. Y tal vez, la persona que la recibiera estaría esperando sin saberlo mi respuesta. O tal vez no. Pero así habría zanjado al fin el asunto de la carta misteriosa. Ahora el dilema sería de otro. De quién hubiera recibido mi carta. Así lo hice y me sentí mucho mejor. Había olvidado lo bien que me sienta saber que no tengo ninguna carta pendiente. Lo que desde luego no sospechaba es que esta mañana, después de unas semanas de apacible tranquilidad, al abrir el buzón me encontraría otra carta. ¡La respuesta a la mía! Y otra vez igual. Sin remite, sin firma y sin sello. Pero en mi buzón.

Si vienes

buscando guerra, puedes irte. Ya has ganado.
Si vienes en son de paz, pasa, fumaremos la pipa.