Vestida de traje, con zapatos italianos y maletín de ejecutiva en mano era yo la que iba esta mañana tan temprano, disfrazada de poder, por la calle del antiguo orfanato. Bajé la vista y tirada en el suelo, rodeada de bártulos, una joven muchacha envuelta en un saco me lanzó una mirada desesperada. No la ignoré pero pasé de largo. Entré en el bar de la esquina y me senté en un extremo de la barra. El camarero, normalmente tan cercano, debió notarme ausente porque me sirvió el café y se retiró rápido. Intenté imaginarme su desamparo. Inhóspita intemperie de soledad y asfalto. Sonó el móvil, súbito e inoportuno, en un bolsillo de mi americana. La voz de mi jefa me devolvió de un plumazo al presente. Quería asegurarse de que no llegaría tarde a esa reunión tan importante. Dudé un instante y al fin respondí, “llego enseguida, estoy de camino”. Colgué y sentí una punzada en la boca del estómago. Entré un momento al lavabo pero no me retoqué el maquillaje, ni me atusé el pelo, ni me lavé las manos. Giré el cerrojo de la puerta, bajé la tapa del váter y me senté sobre ella. Respiré hondo y recordé aquella tarde en que un gesto inesperado me alejó del abismo y me animó a levantarme. Salí del bar con un bocadillo en la mano y desanduve mis pasos. La encontré en el mismo sitio, envuelta en su saco, aturdida y perdida, fumando un cigarro. La saludé cálidamente y le ofrecí el bocadillo. Me miró extrañada. Le tendí la mano, tiró su cigarro, se levantó rápido, se acercó a mí y pude verle los ojos hinchados de tanto llanto. “No te rindas hoy, muchacha”.
lunes 22 de octubre de 2007
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