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miércoles, 24 de octubre de 2007

No hay misterio

Si me agitas, me fermento.
Le dijo la cerveza al camarero.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Asincronías

Lo que peor llevo de ir al revés del mundo son las asincronías. ¿Dónde están todos en mis días festivos? Atrapados en la rutina. A veces me rebelo e intento compartir con ellos un poco del aire que alborota mis ideas. Espero paciente a que salgan de sus trabajos, el tren les devuelva a la ciudad, acudan a sus citas médicas, hagan sus clases de yoga ó pasen a comprar cuatro cosas por el súper y finalmente, exprimidos y agotados, lleguen a casa. El panorama es desolador: han gastado todas sus fuerzas ahí fuera. ¿Qué clase de complicidad podría pedirles ahora? Me digo que tal vez mañana lleguen más pronto, menos cansados, menos hartos de todo. Esa es la parte triste de las asincronías. Que no siempre puedes compartirlas. Lo que no se cuenta es un poco como los besos que no das. ¿Dónde se quedan, a dónde van?

sábado, 13 de octubre de 2007

Hongos

Arquitecturas III ó SOS

Me despierto, miro por la ventana y ahí están, me siento en el balcón a tomarme un té y ahí están, salgo a tender la ropa y ahí están, me asomo para ver si viene el camión del butano y ahí están. No importa a qué hora, o qué haga, siempre están ahí. Ni siquiera los conozco, pero su sola presencia me altera. Sólo quiero que se vayan, que no estén, que cierre los ojos y al volver a abrirlos hayan desaparecido de mi vista. Estoy segura de que si fueran menos ó si no fueran tan altos y apabullantes no me molestarían tanto. Tal vez hasta me alegraría de su presencia. ¡Pero es que esto no son maneras! Los enormes-bloques-hormigones ya están acabados y los nuevos vecinos ya han estrenado casa. Y claro, se asoman a sus ventanas, salen a sus balcones y tienden sus ropas igual que yo. Con la única diferencia de que cuando yo me mudé a este piso no había nada delante. Sólo el descampado. Y mira ahora. No han dejado ni un triste espacio libre. Ni cuatro arbustos, ni un par de árboles, ni siquiera un charco de tierra. Cemento, cemento y cemento.

Si por lo menos por la noche hubiera algo de silencio, un poco de calma. Pero no, porque ahí están los cientos de televisores rugiendo triunfantes, los ensordecedores tubos de escape de las motos, los camiones de la basura con su aroma particular y los gritos innecesarios en la calle. Ahí están una y otra vez, rompiendo a machetazos la cálida sensación de hogar que para mí tiene más que ver con un poco de tranquilidad que con anuncios de muebles de diseño. Ahhh Barcelona, la ciudad de moda. Barcelona, la ciudad moderna y cosmopolita abierta al mar. Barcelona es muy bonita, dicen los que vienen de paso. Sí, sí, ideal para mandar una postal. Yo, la que acabo de enviar la he firmado con un SOS. Posdata: Ni se os ocurra venir a verme. Peligra mi estado mental. Mejor os voy a visitar yo unos días, tal vez unas semanas. Por cierto, ¿Qué tal se vive por ahí?

lunes, 8 de octubre de 2007

Un mundo para ti

Existe una teoría que sostiene que las personas mentalmente discapacitadas tienen más desarrollado el lado izquierdo del cerebro. Que la imperiosa necesidad de encontrar otras maneras de expresarse las vuelve más abiertas y receptivas al arte. El documental ¿Qué tienes debajo del sombrero? dirigido por Lola Barrera e Iñaki Peñafiel retrata a una serie de personas con dificultades para comunicarse normalmente con su entorno. En la escuela de arte a la que acuden creen que el motivo principal que les anima a crear es su necesidad de expresar su identidad y comunicarse. El director del centro también explica que suele pasar un tiempo desde que la persona empieza a acudir al taller hasta que se decide a crear su propia obra. Es lo que él llama la espontaneidad preparada, que consiste en la afloración natural de algo que se ha ido gestando inconscientemente durante un tiempo.

Sin embargo, la escritora Virginie Despentes, autora de la transgresora novela y después película, Fóllame, explicaba la semana pasada en la presentación de su último libro Teoría King Kong, que para ella el acto de crear nunca es natural, siempre es un esfuerzo. Un esfuerzo, que en su caso, mana de la rabia y la frustración que le provoca la situación de sumisión en la que se encuentran las mujeres por el mero hecho de serlo. Su obra es un claro grito de disconformidad con el papel que el mundo pretende asignarle como mujer y un firme alegato a la libertad de elección de todas las personas más allá de los géneros.

Por otra parte, la poeta alemana Hinte Domin, que huyó de la dictadura de Hitler a principios de los años 30, explica a sus 95 años en Ich will dich (Te deseo) que ella empezó a escribir principalmente para su marido, también escritor. 20 años después de la muerte de éste, el documental nos muestra a una Hinte autónoma e independiente, en su casa, rodeada de cientos de libros, que sigue escribiendo y que sigue poniendo rosas frescas junto a las fotos de sus seres más queridos: su marido (el hombre con quién vivió más de medio siglo), su madre (una reconocida pianista) y su padre (que nunca le mandó, más bien la dejó ser, sin restricciones ni prohibiciones). Para ella un poema es la expresión de una verdad, cuajada de metáforas y al mismo tiempo de contradicciones. La inspiración es una excitación pasajera. Y la escritura es un acto de liberación. Unos acuden al psicólogo y otros tienen la suerte de poder escribir, explica. Pero no siempre es placentero, puntualiza.

Se trata de tres casos bien distintos: personas incomunicadas que buscan una manera de expresar su identidad, una escritora cuyas novelas son su arma de denuncia, y una poeta que escribe inspirada por el amor a su marido y como acto de liberación. Y sin embargo todos desembocan en un mismo punto: en la creación de un mundo propio e intransferible en el que poder expresarse libremente. Es decir, el arte como lugar donde poder ser y estar sin comulgar con las coordenadas de ese otro mundo llamado realidad.

jueves, 4 de octubre de 2007

Terapias, vergüenzas y hechos

¿Sabes cuándo te pasa algo que te da tanta, tanta vergüenza que piensas que nunca nada podrá superarlo? ¿Como cuando se te engancha un chicle en el culo justo el día en que te toca salir a la pizarra a resolver ecuaciones y derivadas? ¿O como
cuando te empotras contra una farola en la calle en una primera cita? Son cosas que si te pasan de adolescente cobran una importancia desmesurada y hasta dramática, pero efímera. La adolescencia no es más que un continuo desatino, de manera que siempre hay algo peor dispuesto a ocupar el número uno en el ránking de desgracias y tormentos. Basta con que al día siguiente tu padre descubra por casualidad en tu mesita de noche el super-vibrador para que lo de la farola te parezca una trivialidad.

Menos mal que a estas alturas y después de numerosas oportunidades para entrenarme, he conseguido superar mis vergüenzas. Aunque para ser sincera, y por si pudiera servirle a alguien en mi misma situación, confieso que hice una terapia de olvido selectivo de episodios traumáticos. Desde entonces yo soy la única que no me acuerdo de mis peores momentos. Por más que me lo recuerden en todas las reuniones familiares, ni me afecta. Es más, en cuanto me pasa algo vergonzoso, lo olvido al momento. Es como si hubiera sido borrado de mi mente. Como si no hubiera pasado, que es en realidad de lo que se trata. De fingir normalidad donde por-las-razones-que-sea, no la ha habido.

Justamente la semana pasada me encontré con Isra, uno de mis compañeros de terapia. Hacía años que no lo veía pero la verdad es que se conserva tan triste y gris como siempre. Eso me hizo pensar en los posibles efectos secundarios del tratamiento, de los que por cierto nadie me advirtió. Para empezar, yo soy la única que es incapaz de reírse de mis desgracias, y al parecer es una pena, porque hay que ver qué bien se lo pasan mis hermanas y todo aquél que tiene la suerte de asistir a alguna sobremesa familiar en la que se deleitan poniéndole al día de mis presuntas anécdotas. Y no sólo eso, si me las cuentan como si le hubieran pasado a otra persona, en cuanto empatizo con la vergüenza de la víctima imaginaria se me activa el mecanismo anti-trauma y toda la diversión se transforma en un compasiva solidaridad que me impide hasta la más discreta sonrisa. Ellas, las pobres, aún no han superado sus vergüenzas, y cada día vienen cargadas de desgracias, propias y ajenas, con las que desternillarse y agudizar su macabro ingenio. Hasta les falta el aire y se les saltan las lágrimas imaginándose escenarios aún más patéticos. Habitan en el estadio primario no-cognoscitivo (así lo llamábamos en terapia), de modo que no es de extrañar que cuánto más asombrada las miro, más fuertes repuntan sus ataques de divertimento. Aún así, en esta sombría tarde un hecho se me revela indiscutible: mientras ellas son la alegría de la huerta, yo, gracias a la terapia ésa de mierda, hace años que no me río a gusto.

martes, 2 de octubre de 2007

Únicas

A los 40 años se bajó del tren con su marido, la vio por primera vez y la reconoció al instante. Desde entonces ya no se separaron. Al parecer habían tenido vidas cronológicamente muy parecidas. No sólo habían nacido el mismo día, sino que se habían casado el mismo año, ambas habían tenido un aborto con meses de diferencia y ambas tenían dos hijos de las mismas edades. Y no sólo eso, también tenían opiniones muy parecidas, la misma manera de reaccionar ante muchas situaciones y el mismo extraño sentido del humor. Ninguna de las dos sabía de la existencia de la otra, de modo que el encuentro, el hallazgo, la revelación fue tan maravillosa como inesperada. ¿No es fantástico?

Es decir, que un buen día, te bajas del tren y allí mismo, en el andén, te das de bruces con tu hermana gemela, que no sabías ni que existía, y a la que le han pasado las mismas cosas que a ti, exactamente en el mismo orden, que las ha vivido y sentido como tú, y con la que podrías compartir las bromas más surrealistas que se te ocurrieran, porque a ella se le estarían ocurriendo al mismo tiempo.

Desde que descubrí el caso de las laughty twins, no puedo dejar de fantasear con la idea de que mi hermana gemela, que no sabe que existo, se decida a venir de visita a la ciudad, y por fin nos encontremos. Entonces, nos quedaríamos mirando con el ceño fruncido, preguntándonos ¿qué hace esa tipa tan parecida a mí mirándome con esa cara de susto? Y entonces las dos haríamos ver como que no nos hemos visto pero seguiríamos observándonos con el rabillo del ojo y comprobando asombradas que las dos llevamos tres pendientes en la oreja izquierda y ninguno en la derecha. Que llevamos un reloj de cuerda en el bolsillo y la hebilla del cinturón en un costado. Hasta levantaríamos las cejas al mismo tiempo en señal de extrañamiento, miraríamos a nuestro alrededor en busca de una cámara oculta y nos sonreiríamos desconcertadas. Finalmente, molestas y mortificadas por esa desconocida tan familiar que no sólo comparte nuestros símbolos de identidad, sino que además calca todos nuestros gestos de forma tan natural, nos dirigiríamos la una a la otra y al unísono nos espetaríamos un crispado: “¡Para de imitarme!”.

Hasta puedo ver su cara desencajada cuando se convenciera de que efectivamente soy su hermana gemela, y pensamos, sentimos y vemos la vida exactamente igual. Seguro que se enfadaría, claro, la muy ingenua aún se cree única.