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miércoles, 26 de septiembre de 2007

La ofuscación ajena

Sólo es peligrosa si encuentra tu complicidad.

La actitud

Es algo muy importante. De hecho, los psicólogos insisten hasta la saciedad en que cualquier situación, por conflictiva que se presente, puede dar un giro inesperado con un acertado cambio de actitud. Pues bien, íbamos Jonás y yo pensando justamente en esa máxima ayer por la tarde, cuando una voz se levantó de pronto a nuestro paso y llena de indignación afirmó con un tono ciertamente repelente: "¡Te estoy diciendo la actitud!". Enseguida localizamos la situación conflictiva: Una chica, con el casco en la mano, y la moto parada a su lado increpaba a un hombre vestido de policía:
- Te digo que es la actitud!!! Que no es la correcta!
Y el otro: - Que me deje ver la documentación.
Y ella insistente: - ¡Y yo te estoy diciendo que no me gusta tu actitud prepotente!
Y él como si oyera llover: La documentación, por favor.
Y ella cogiendo aire, levantado más la voz y afinando hirientemente el tono: - Que no es correcta esa actitud con la que te diriges a mí. ¿Me entiendes? ¿Tú crees que eso es de recibo? Me paras y me pides, así, con esa prepotencia, la documentación. Pues no, no, no. ¡Es que a ver, no hace falta esa prepotencia!

Jonás y yo ni siquiera aminoramos el paso. Nos miramos tan sorprendidos como si acabáramos de ver pasar a un burro volando. Nos dio la risa de tal manera que no éramos capaces ni de articular lo que nos había parecido tan gracioso. A la que abríamos la boca, se nos escapaban las carcajadas a borbotones. Ahora que lo pienso, hacía tiempo que no veía a Jonás reírse tan a gusto. Desde que empezó con la conversión que me parece otro. Y es extraño, pero nunca antes me había fijado en lo atractivo que es.

martes, 18 de septiembre de 2007

De gracias ajenas

Hay películas que son atemporales, que por más años que pasen, puede una volver a verlas y pensar que las acaban de rodar. Pon por ejemplo, El Apartamento, de Billy Wilder. Esa película se rodó hace más 30 años y sin embargo Jack Lemmon bien podría ser mi vecino del octavo tercera. Un hombre de unos cuarenta años, comiquísimo, y totalmente desquiciado porque le han despedido, porque no encuentra trabajo, porque cada dos por tres se estropea el ascensor y tiene que subir los ochos pisos por las escaleras, porque escuchar las noticias o leer el periódico le provoca ataques de ira, y porque no soporta seguir viviendo en la ciudad. Bueno, bueno. Es que no tiene desperdicio. A mí me parece divertidísima. Cada vez que la veo es que me parto. Los diálogos son tan actuales que a veces no sé si es Jack o mi vecino el que anda porfiando por los pasillos. Otra de mis favoritas es La guerra de los Rose, dirigida hace más de 15 años por Danny DeVito y con la actuación estelar de Michael Douglas y Kathleen Turner. Ésta es la que llevan ya un par de temporadas rodando en el segundo cuarta. Se trata de un matrimonio en el que ninguno de los dos se soporta y se dedican en cuerpo y alma a hacerle la vida imposible al otro para que se vaya de casa. Esa sí que es de rabiosa actualidad. Y cuando crees que las cosas ya no podrían ir peor.. zas! te vuelven a sorprender con su admirable capacidad para rodar insólitas escenas. Cada vez más arriesgadas, más al límite. Más que divertida, que también, es una película trepidante, sorprendente, tiene ritmo, agilidad y derrocha frescura por los cuatro costados. Una película genial. Sublime. Y bueno, luego hay otra que a mi vecina de enfrente, la que vive en los pisos nuevos, le encanta, pero sinceramente yo no le acabo de encontrar el punto cómico. Es la de Esta casa es una ruina, rodada hace un par de décadas e interpretada por Tom Hanks y Shelley Long. Consiste básicamente en ver cómo a un par de desgraciados se les va cayendo la casa a trozos mientras ellos intentan arreglarla. Cuánto más se esfuerzan ellos en levantarla, más se les derrumba y más se van hundiendo en la miseria. Sólo de imaginarme al pobre Tom colgando del techo atrapado por la alfombra asesina se me saltan las lágrimas. Me parece totalmente despiadada y de una falta de sensibilidad total. Reírse de las desgracias ajenas no tiene nada de original, ni de ocurrente, ni de imaginativo. Desde luego a mí no me parece nada divertido tener goteras, las tuberías atascadas y una bañera que parece un colador. No le veo ninguna gracia.

martes, 11 de septiembre de 2007

Existe

un pueblecito en el norte de España, donde sigue en pie un café abierto en 1930. La barra de madera, las mesas de mármol, las baldosas de adoquines, y las paredes cubiertas de retratos en blanco y negro de seres queridos que se fueron yendo. Me pasaron las horas volando mirando por la ventana, oyendo de fondo la radio, el murmullo de una partida de cartas y la alegría contagiosa de un grupo de mujeres ultimando las fiestas del pueblo. Me pareció un lugar sagrado que había sabido mantenerse digna y sabiamente al margen del feroz progreso contemporáneo.

He viajado

si al regresar, el punto de partida se me antoja distinto.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Volviendo a las letras

Desde que he vuelto a la civilización pocas cosas me han llamado satisfactoriamente la atención. Sin embargo he descubierto un nuevo entretenimiento que ameniza bastante mis paseos y mis viajes en metro. Los mensajes de las camisetas y la expresión facial de quienes las llevan. Por ejemplo, ayer mismo, un chico con cara de aburrimiento total pero dotado sin duda de una gran dosis de ironía concluía “Ya no sé que hacer conmigo”. Al cruzar el parque, una mujer madura se sonreía con la cara bien alta mientras gritaba a los cuatro vientos “I love myself”. En la panadería un adolescente medio tímido disparaba por la espalda “Tonto quien lo lea”. La que más me ha gustado hasta el momento es la que llevaba hoy mi vecina del ático, a la que me he encontrado con el carro repleto y llena de bolsas en el portal justo cuando el técnico del ascensor anunciaba que hasta mañana no podrá venir a arreglarlo. Para mi sorpresa, la noticia no ha alterado en absoluto su rictus sereno y apacible, que más que venir de la compra parecía recién aterrizada de un viaje astral. Me ha parecido que hasta le hacía gracia el incidente, irradiando sus ojos un brillo especial, totalmente ajeno a las disculpas del técnico, y a cualquier atisbo de irritación, molestia ó remota preocupación. Arrapada y en blanco sobre negro, sentenciaba rotunda y silenciosa: “Que me quiten lo bailao”.