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sábado, 19 de mayo de 2007

Extra - Ocurrencias

De un tiempo a esta parte vengo observando a un personaje peculiar con el que por estrictas exigencias del guión tengo que rodar algunos planos. No es que Clotilda, que es su nombre de ficción, (como no podría ser de otra manera) sea una mala actriz. No, no. En absoluto. Pienso yo que quizá le han ofrecido un personaje equivocado, y ella lo ha aceptado. Una ocurrencia que desde mi condición de extra, secundaria e insignificante, me permito tener. A Clotilda, ya desde el primer día que la vi salir de la sala de maquillaje, tan tensa, tan antinatural, tan asustada, la vi mal. También es verdad, no voy a negarlo, que el suyo es un papel difícil. Pero ¿qué papel no lo es cuando no es el tuyo? El caso es que a Clotilda, a la que yo imagino sublime en un papel de oficinista, con unos horarios fijos e inamovibles, ordenando papeles y archivos y aplicándoles el riguroso orden que rige su mente, le han ofrecido el espinoso cargo de relaciones públicas. Y así vamos. Que cada vez que ella entra en escena algún personaje sale malherido. Ayer, sin ir más lejos, en un acto de honestidad inesperado le espetó a uno de sus compañeros, casi zarandeándole y con los ojos desorbitados: “Imbécil! Pero, ¿Por qué no me avisaste? ”. Él, atónito y acongojado, se quedó quieto, impávido y silente, mirándola con una cara de terror digna de un primer plano que el cámara, atento y entrenado, registró complacido. Tampoco la guionista perdió baza, y anotó disgustada cuatro garabatos a propósito de la escena. Parece claro que ella tampoco aprueba las intervenciones de Clotilda. Y sin embargo, fue ella la encargada del cásting. Entonces, ¿Qué ocultas presiones le obligan a transigir? ¿A quién le interesa que Clotilda esté dónde está? ¿Por qué, siendo tan evidente su incompetencia, nadie hace nada al respecto? Otra vez, lo más interesante, intenta pasar desapercibido entre bambalinas.

El balanceo

de la mecedora me tiene enganchada. Me fascina esa sensación de ir y venir sin apenas moverme. Un poquito para adelante y un poquito para atrás... delante, detrás, delante, detrás, ...te, tras, ...te..tras...

¿Y ahora qué?

La historia de Párvula es la historia de un ser tremendamente sensible enfrentado a un entorno hostil. Un ser afable, convertido en una bestia a base de limitaciones. Un ser, en definitiva, inadaptado e incomprendido, que sufre terriblemente. Es también la historia de un ser incapaz de entender que el mundo no gira alrededor de sus necesidades. Un ser tirano y autoritario esencialmente frustrado porque sus deseos y caprichos no se cumplen cómo y cuándo quiere. La historia de Párvula me recuerda al vía crucis de la adolescencia. Sin embargo, Párvula es una adulta, una mujer hecha y derecha que tiene cuenta bancaria, coche, móvil y derecho a voto. Una adulta que ante la mínima dificultad se enfurruña, llora y patalea. Una niña grande, malcriada y descontrolada, convencida de que sus padres primero, y el mundo después, deben postrarse a sus pies. Y yo me pregunto: ¿Y ahora qué?

El instante decisivo

Cada historia, cada sueño, cada realidad tiene un instante decisivo en el que las tornas giran hacia un lado o hacia otro. Un momento crucial en el que la historia, el sueño y la realidad empiezan a desfilar irremediablemente hacia algún sitio. Es el tiempo de la definición, de la primera letra, del último preludio. Muchas otras palabras se escribirán en adelante, pero ninguna otra tendrá el mismo peso ni el mismo ritmo. Ya habrá tiempo, después, entre párrafos, para omitir líneas, leerlas sin entenderlas, saltárselas o simplemente ignorarlas. Lo que se dice o no se dice, lo que se hace o no se hace, lo que se piensa o no se piensa en ese momento crucial está sorprendentemente ligado a los acontecimientos que se sucederán a partir de entonces. Es la semilla del árbol ó el germen de la pandemia. Raíces invisibles por las que irá trepando el argumento de cada historia, cada sueño y cada realidad. Todo lo demás será contrastar, refutar, pelearse o rebelarse contra lo sucedido en ese instante. Es el momento del estreno, del disparo de salida. Es el primer aleteo, la última curva, la primera línea recta, la última raya, el primer punto, el último aviso, el primer parpadeo del destino ó el último guiño del azar. Ése es el momento decisivo, el que marca un antes y un después.

Y la luna

- ¿Tú me prometerías la luna?
- ¿La luna?
- Sí, la luna.
- Pero si no es mía.
- No importa, ¿Me la prometerías?
- Mmm...No.
- ¿Aunque te la pidiera?
- Depende... ¿Para qué la quieres?
- Pues no sé... por tenerla, por saber que es mía.
- No.
- ¿Por qué no?
- Precisamente me gusta por eso, porque no es de nadie.

Libertad

Es irte sin que sea una huída.
Es quedarte sin firmar la rendición.

Cegueras compartidas

Ese ver que todo se está desmoronando. Esa sensación de que ya nada encaja como antes, que las bisagras chirrían, que las puertas ya no están abiertas de par en par ni cerradas a cal y canto. Esa molesta sospecha de que las certezas se van volviendo relativas, escurridizas, que el suelo se está agrietando y se va volviendo blando, un poco más movedizo a cada paso. Ese alejarse paulatinamente. Y ese empeño en no querer reconocerlo, ese seguir con la cabeza bajo el ala, ese hacer oídos sordos a los avisos que cada vez se presentan más violentos, más desesperados. Ese instalarse en la pasividad, ese esperar que alguien o algo venga y lo arregle todo. Esa fascinante capacidad para ignorar alegremente la triste cosecha que vamos sembrado. Y ese asombro. Ese asombro fascinante y maravilloso. Espectacularmente digno y patético al levantar la vista y ver el panorama desolador cuando ya todo se ha perdido y malogrado definitivamente. Cuando no queda ya ni una sola semilla de esperanza a la que aferrarse.

Deseo

Una fiesta de disfraces. Andar descalza por el parque.
Un empate en un debate.
Dos bolas de limón y un bombón de chocolate.