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martes, 19 de diciembre de 2006

Nada

- ¿Y a éste qué le pasa?
- Nada. Que dice que ha descubierto la nada.
- ¿Y eso qué quiere decir?
- Pues algo así como que no siente nada.
- Ya te he dicho que sí que siento. Siento que no siento nada.
- Bueno, pues lo que yo decía. Que no sientes nada.
- No. No es lo que tú decías. Porque no es lo mismo no sentir nada, que sentir nada.
- ¿A no? ¿Y cual es la diferencia?
- Pues la diferencia es que sí que siento. Siento nada, pero es que éso es algo. Nada también es algo. ¿Entiendes?
- Pues no, no entiendo. ¿Cómo va a ser algo nada?
- Te digo que sí, que hay cosas que son nada. Pero siguen siendo algo.
- No, no. Que esto que dices no se entiende.
- A ver, que tú no lo entiendas no quiere decir que yo no lo sienta.
- Bueno, vale. No vamos a discutir ahora por nada. ¿Y qué hacéis?
- Pues aquí. Nada.
- ¿Cómo qué nada? Algo haréis.
- ¡Pero bueno! ¿Es que tú también? ¡Qué manía! Que la nada también es algo!
- Lo que te decía. Que está rarísimo.
- Pero a ver, tío. Que esto tuyo no es normal. ¿Qué te pasa?
- Nada. Me pasa NA-DA.
- Bueno, pero tú has dicho que nada es algo.
- Pues eso, me pasa algo que no es nada.
- ¿Ves lo que te decía? ¡Si es que no se le entiende!
- Pero si es que no hay nada que entender.
- ¿Cómo qué no? ¿Y la nada ésa que te pasa?
- La nada ésa no se entiende. Se siente.
- Bueno, pues si no se entiende, será que no es nada.
- Nada no es. Es nada.

La línea divisoria

Meredith pertenece al tiempo de las montañas. A los bosques, los ríos y las nevadas. Su pequeña cabaña era para mí un lugar mágico en el que confluían muchos mundos. Siempre que podía me escapaba para escuchar sus historias. Decía que no eran invenciones, y que sólo me las contaba porque le daba el beneficio de la duda. Que ése era un buen comienzo.

Un día me habló de la línea divisoria que separa los sub-mundos. Y de los seres limítrofes que algún día me propondrían cruzar el umbral. Unas criaturas aparentemente inofensivas que observaban sin ser observadas, escuchaban sin hablar y actuaban sin ser vistas. Su hogar era la oscuridad, la noche, las sombras, la penumbra y los sueños. Espacios que compartían con tantos otros seres formidables. Meredith me aseguró que llegaría el día en que se me aparecerían, y entonces yo debía estar atenta para poder reconocerlas.

Me advirtió que las primeras veces que me sorprendieran, me sentiría desarmada e indefensa, no sería capaz de entender nada y me parecerían terribles. Se burlarían de cada una de las teorías con las que intentara explicarlas y reducirlas y cuanto más me empeñara en intentar analizarlas, tanto más se reirían de mi empeño. Sólo podría seguir adelante aceptando humildemente mi derrota y la insignificancia de mis conocimientos. Insistió en que ellas pertenecen al mundo intuitivo y se rigen por otras reglas, y que si yo no estuviera dispuesta a hacer el esfuerzo de aprehenderlas, debería retirarme y no pretender entrar en su juego. Sin por el contrario me decidiera a dar el paso, ellas mismas me ayudarían a desarrollar fantásticas cualidades que jamás hubiera creído posibles. De todos modos, me advirtió, eso sólo ocurriría cuando fuera capaz de abrazar conocimientos no razonables.

Cuando empezara a ver más allá de lo aparente y a familiarizarme con las señales de los seres limítrofes, la curiosidad sería mi gran aliada. Pero cuidado! Cada paso que diera para mirarlas más de cerca, sería un paso más hacia la línea divisoria. Cuánto más nítidas las viera, más cerca estaría del abismo. Son criaturas ambivalentes que habitan en la oscuridad precisamente porque son capaces de pasearse por el acantilado emitiendo intermitentes destellos de luz, me advirtió. Ellas pueden campar alegremente en la sombra, pero yo no podría hacerlo tan fácilmente. Sólo cuando el viento dejara de soplar y desapareciera la niebla, podría ver con claridad si la luz que las envuelve encubre una cara ó una cruz. En plena tormenta un paso en falso podría suponer una caída al vacío. Sin embargo cuando las nubes se alejaran y se hiciera la luz, en algún giro podrían revelarme la pista definitiva. Si alumbrara una cara, me mostrarían un trecho más del camino, y podría seguir adelante reconfortada, si alumbrara una cruz, ésta se desintegraría al momento y no quedaría nada tras ella. Era una ilusión. Un falso faro. El secreto, dijo, está en saber esperar el momento justo para enfocarlas. Si acertara, sería un momento mágico en el que se restauraría un orden ancestral: la luz volvería a reinar sobre la oscuridad. Si fallara, me cegaría el abismo, y perdería mi antorcha.

Meredith me dijo que si algún día lograba llegar a la otra orilla, no debería quedarme allí mucho tiempo, sólo el necesario para poder ver, aunque sólo fuera por un instante, mi mundo desde el otro lado. También me advirtió de que no regresaría intacta. En cuanto pusiera un pie en su territorio los seres limítrofes atravesarían mi conciencia y dejarían en ella una huella imborrable. A partir de entonces ya nada volvería a ser igual. Ése era el trato si aceptaba cruzar la línea divisoria. Dicho lo cual, me guiñó el ojo y volvió a insistir en que no eran invenciones suyas, y que tal vez algún día recordaría sus historias con una cómplice sonrisa. Y que a lo mejor hasta yo misma se las contaría a alguien que les diera el beneficio de la duda.