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viernes, 1 de diciembre de 2006

Deberes

Mimí era la que nunca se olvidaba de mis deberes. En cuánto llegaba del trabajo, me daba un buen achuchón y me preguntaba: “¿Qué tal los deberes?” Y entre ella y el Bota, que vivía en el cuarto de al lado, se turnaban los fogones y mis dudas. Pepón, el chico de la buhardilla, me enseñó a estudiar, insistía hasta la saciedad en que comprendiera las cosas más importantes de un texto. Venía a mi cuarto con un fajo de folios y cargado de paciencia me decía “jovencita, vamos a hacer un croquis”. Y la señora Reina, que vivía en el piso de abajo desde siempre, que no sabía de libros pero le hubiera gustado ir a la escuela, se sentaba en el sillón de la entrada, y en cuanto me veía bajar a la calle, apagaba la radio, y me decía: “A ver, repíteme otra vez los ríos de España que se me han vuelto a olvidar”. Días antes de que me entregaran las notas, unos y otros me preguntaban por separado: “¿Cómo crees que te ha ido el trimestre? ”. Y yo siempre les respondía lo mismo: “pues no sé”. Cuando llegaba el gran día, Mimí nos reunía a todos en la cocina del segundo piso, y abría el sobre con las notas de la evaluación con gran expectación . Cuando por fin las leía, con aire de importancia y solemnidad, todos respirábamos aliviados: “uff... hemos aprobado!”. Y entonces la señora Reina abría el horno y sacaba la tarta de chocolate que había preparado de escondidas.