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lunes, 20 de noviembre de 2006

Una certeza

Me gusta despertarme de madrugada y acariciar certezas. Hay una que vino un día y desde entonces siempre vuelve. Sospecho que ya venía mucho antes de que se me ocurriera esperarla, y me alegra pensar que seguirá viniendo cuando mis ojos se cierren por última vez. Viene para irse, y aunque nunca se quede, me tranquiliza saber que siempre vuelve. Le da forma a mis días, los pinta de luz y color, los calienta y los hace avanzar. Y después se va. Cada atardecer, al despedirse, me jura que volverá al alba. Y yo la veo alejarse, desde mi pequeñez, desde mi congoja, dejando que a veces me parta el alma y me recuerde que se lleva un trocito de mí irrecuperable. El atardecer me abre la herida de la vida que se escurre lentamente. La noche trae consigo su vacío impertinente, esa manta que me arropa y me susurra al oído que todo se va yendo. Que no hay pausa ni tregua para la llama que quema y va consumiendo su cera.

Celos

Intensa manifestación de mal querer.