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sábado, 23 de diciembre de 2006

Torres más altas han caído

Una a una han ido cayendo a mis pies las torres que antaño me parecieron tan altas. Al irme acercando a la luz con la que me impresionaban, he ido asistiendo boquiabierta, a las ruinas que las sostienen. No. No eran faros, ni siquiera luciérnagas. Eran cristales rotos que iluminaban de vuelta los rayos de mi linterna. De lejos parecían tanto, tanto. Pero vistas de cerca son tan poquito que dan pena. Esta noche me quedaré a dormir aquí, entre los restos de la última torre. Estoy cansada, es tarde y hace frío. Pero mañana, mañana cuando despierte, recogeré mis bártulos y seguiré mi camino. Ahora que sé que torres más altas han caído, volveré a la carretera y buscaré un molino.

viernes, 22 de diciembre de 2006

Si no lo creo, no lo veo

Me lo dijo un pajarito
que se lo había oído
decir a un gato marino.

martes, 19 de diciembre de 2006

Nada

- ¿Y a éste qué le pasa?
- Nada. Que dice que ha descubierto la nada.
- ¿Y eso qué quiere decir?
- Pues algo así como que no siente nada.
- Ya te he dicho que sí que siento. Siento que no siento nada.
- Bueno, pues lo que yo decía. Que no sientes nada.
- No. No es lo que tú decías. Porque no es lo mismo no sentir nada, que sentir nada.
- ¿A no? ¿Y cual es la diferencia?
- Pues la diferencia es que sí que siento. Siento nada, pero es que éso es algo. Nada también es algo. ¿Entiendes?
- Pues no, no entiendo. ¿Cómo va a ser algo nada?
- Te digo que sí, que hay cosas que son nada. Pero siguen siendo algo.
- No, no. Que esto que dices no se entiende.
- A ver, que tú no lo entiendas no quiere decir que yo no lo sienta.
- Bueno, vale. No vamos a discutir ahora por nada. ¿Y qué hacéis?
- Pues aquí. Nada.
- ¿Cómo qué nada? Algo haréis.
- ¡Pero bueno! ¿Es que tú también? ¡Qué manía! Que la nada también es algo!
- Lo que te decía. Que está rarísimo.
- Pero a ver, tío. Que esto tuyo no es normal. ¿Qué te pasa?
- Nada. Me pasa NA-DA.
- Bueno, pero tú has dicho que nada es algo.
- Pues eso, me pasa algo que no es nada.
- ¿Ves lo que te decía? ¡Si es que no se le entiende!
- Pero si es que no hay nada que entender.
- ¿Cómo qué no? ¿Y la nada ésa que te pasa?
- La nada ésa no se entiende. Se siente.
- Bueno, pues si no se entiende, será que no es nada.
- Nada no es. Es nada.

La línea divisoria

Meredith pertenece al tiempo de las montañas. A los bosques, los ríos y las nevadas. Su pequeña cabaña era para mí un lugar mágico en el que confluían muchos mundos. Siempre que podía me escapaba para escuchar sus historias. Decía que no eran invenciones, y que sólo me las contaba porque le daba el beneficio de la duda. Que ése era un buen comienzo.

Un día me habló de la línea divisoria que separa los sub-mundos. Y de los seres limítrofes que algún día me propondrían cruzar el umbral. Unas criaturas aparentemente inofensivas que observaban sin ser observadas, escuchaban sin hablar y actuaban sin ser vistas. Su hogar era la oscuridad, la noche, las sombras, la penumbra y los sueños. Espacios que compartían con tantos otros seres formidables. Meredith me aseguró que llegaría el día en que se me aparecerían, y entonces yo debía estar atenta para poder reconocerlas.

Me advirtió que las primeras veces que me sorprendieran, me sentiría desarmada e indefensa, no sería capaz de entender nada y me parecerían terribles. Se burlarían de cada una de las teorías con las que intentara explicarlas y reducirlas y cuanto más me empeñara en intentar analizarlas, tanto más se reirían de mi empeño. Sólo podría seguir adelante aceptando humildemente mi derrota y la insignificancia de mis conocimientos. Insistió en que ellas pertenecen al mundo intuitivo y se rigen por otras reglas, y que si yo no estuviera dispuesta a hacer el esfuerzo de aprehenderlas, debería retirarme y no pretender entrar en su juego. Sin por el contrario me decidiera a dar el paso, ellas mismas me ayudarían a desarrollar fantásticas cualidades que jamás hubiera creído posibles. De todos modos, me advirtió, eso sólo ocurriría cuando fuera capaz de abrazar conocimientos no razonables.

Cuando empezara a ver más allá de lo aparente y a familiarizarme con las señales de los seres limítrofes, la curiosidad sería mi gran aliada. Pero cuidado! Cada paso que diera para mirarlas más de cerca, sería un paso más hacia la línea divisoria. Cuánto más nítidas las viera, más cerca estaría del abismo. Son criaturas ambivalentes que habitan en la oscuridad precisamente porque son capaces de pasearse por el acantilado emitiendo intermitentes destellos de luz, me advirtió. Ellas pueden campar alegremente en la sombra, pero yo no podría hacerlo tan fácilmente. Sólo cuando el viento dejara de soplar y desapareciera la niebla, podría ver con claridad si la luz que las envuelve encubre una cara ó una cruz. En plena tormenta un paso en falso podría suponer una caída al vacío. Sin embargo cuando las nubes se alejaran y se hiciera la luz, en algún giro podrían revelarme la pista definitiva. Si alumbrara una cara, me mostrarían un trecho más del camino, y podría seguir adelante reconfortada, si alumbrara una cruz, ésta se desintegraría al momento y no quedaría nada tras ella. Era una ilusión. Un falso faro. El secreto, dijo, está en saber esperar el momento justo para enfocarlas. Si acertara, sería un momento mágico en el que se restauraría un orden ancestral: la luz volvería a reinar sobre la oscuridad. Si fallara, me cegaría el abismo, y perdería mi antorcha.

Meredith me dijo que si algún día lograba llegar a la otra orilla, no debería quedarme allí mucho tiempo, sólo el necesario para poder ver, aunque sólo fuera por un instante, mi mundo desde el otro lado. También me advirtió de que no regresaría intacta. En cuanto pusiera un pie en su territorio los seres limítrofes atravesarían mi conciencia y dejarían en ella una huella imborrable. A partir de entonces ya nada volvería a ser igual. Ése era el trato si aceptaba cruzar la línea divisoria. Dicho lo cual, me guiñó el ojo y volvió a insistir en que no eran invenciones suyas, y que tal vez algún día recordaría sus historias con una cómplice sonrisa. Y que a lo mejor hasta yo misma se las contaría a alguien que les diera el beneficio de la duda.

lunes, 18 de diciembre de 2006

Ilusión

Bien de consumo masivo en Occidente. Lo mismo se compra que se vende.
Decepción
Resultado del choque frontal entre una ilusión y la realidad que la desmiente.
Frustración
Sentimiento rabioso directamente proporcional al número de veces que se repite una misma decepción.
Desesperación
Grado máximo de frustración.
Evasión
Negación de la desesperación recurriendo a una nueva ilusión.
Ilusión
Bien… en Occidente… se vende.

viernes, 8 de diciembre de 2006

¡Vade retro pato frisko!

No me queda ninguna duda de que el invierno ya está aquí. Y cuando digo aquí no me refiero a diciembre, Europa, Barcelona.. no, no. Quiero decir que está en mi casa, en mi habitación, en el pasillo que recorro cada mañana para llegar a la cocina y en el que si me quedo quieta y en silencio, oigo silbar las corrientes de aire que ondulan mi pelo. Un gélido frescor que no tiene nada que envidiar al porche de los iglús del polo sur. Dice mi amiga la psicóloga que ante casos así, lo peor es quedarse helada. ¡¡Hay que actuar!! Así que hoy mismo he empezado mi particular motín contra el frío que amenaza con calarme los huesos. Lo primero ha sido poner burletes en todas las ventanas, lo segundo bajar del altillo un traje de neopreno que sólo me deja la cara al descubierto. Esta medida tiene un pequeño inconveniente, me imdipe la molividad de los didos de las monas, y me cuosta un peco escritir en el tuclado!! ¿A alguein se le ocutren etras idoas contra este pato frisko?

jueves, 7 de diciembre de 2006

El tercer ojo

Yo lo miro, pero él me ve.

Cosas que pasan

Normalmente si no pasan coches cruzo la calle aunque el semáforo esté en rojo. Pero ese día no. Ese día me quedé encantada con el muñequito rojo, embobada con él como si no lo hubiera visto antes, o peor aún, como si ya nos conociéramos y quisiera decirme algo. Entonces paró un taxi delante de mí, se abrió una puerta y bajó ella.. ¡¡Clara Matraca en persona!! Volví a mirar al muñequito rojo y me pareció que intentaba huir a base de intermitencias, fingir que él sólo pasaba por allí. El consiguió escapar a tiempo, pero yo no. Para cuando quise reaccionar, ya me encontraba metida de pleno en uno de esos encuentros tan irremediables como innecesarios. ¿Y qué tal todo? ¿Qué has hecho con tu vida? ¿Que trabajas de qué? ¿Que vives dónde? ¿Que piensas qué? ¿Qué eres qué? Reviví por un minuto aquella olvidada sensación de estar ante un juez. ¡Qué horror! En momentos así es cuando me alegro de vivir en una graaaaaaaan ciudad.

lunes, 4 de diciembre de 2006

Va de cine I

Las historias de las tres mujeres protagonistas de ¿Por qué se frotan las patitas?, el primer largometraje de Álvaro Begines, no tienen, aparentemente, nada que ver unas con otras. Una anciana que se acerca al abismo de su muerte, una mujer de mediana edad atrapada en un matrimonio lleno de carencias y una joven debatiéndose entre la razón y el corazón. Lo que las une es una misma actitud vital: ni ocultan su descontento, ni están dispuestas a seguir en él. Lo cual plantea a los personajes masculinos un conflicto que resuelven cada cual a su manera. El novio reflexivo de la anciana, el marido abandonado y desconcertado y el noviete despreocupado de la joven. Se suman a la trama un peculiar investigador privado, una vecina cotilla y algunas piezas musicales que aportan un cómico contrapunto. En mi opinión, el personaje clave no es ninguno de los mencionados, sino el del joven okupa desarraigado, interpretado por Raúl Arévalo, que conmueve tanto por su fragilidad como por su entereza.

Va de cine II

No es un peliculón, pero acierta a retratar de forma muy verosímil y cercana, a caballo entre el drama y la comedia, las vidas de unos personajes en tránsito.

Va de cine III

Las frases de la película:
”Nosotros nunca nos vamos, a ver si te enteras que a nosotros siempre nos echan”.
”Las mujeres de esta familia tienen más cojones que los hombres”.
”La quiero tanto que sería capaz de matarla”.
“Sólo se conserva lo que no se agarra”.

viernes, 1 de diciembre de 2006

Deberes

Mimí era la que nunca se olvidaba de mis deberes. En cuánto llegaba del trabajo, me daba un buen achuchón y me preguntaba: “¿Qué tal los deberes?” Y entre ella y el Bota, que vivía en el cuarto de al lado, se turnaban los fogones y mis dudas. Pepón, el chico de la buhardilla, me enseñó a estudiar, insistía hasta la saciedad en que comprendiera las cosas más importantes de un texto. Venía a mi cuarto con un fajo de folios y cargado de paciencia me decía “jovencita, vamos a hacer un croquis”. Y la señora Reina, que vivía en el piso de abajo desde siempre, que no sabía de libros pero le hubiera gustado ir a la escuela, se sentaba en el sillón de la entrada, y en cuanto me veía bajar a la calle, apagaba la radio, y me decía: “A ver, repíteme otra vez los ríos de España que se me han vuelto a olvidar”. Días antes de que me entregaran las notas, unos y otros me preguntaban por separado: “¿Cómo crees que te ha ido el trimestre? ”. Y yo siempre les respondía lo mismo: “pues no sé”. Cuando llegaba el gran día, Mimí nos reunía a todos en la cocina del segundo piso, y abría el sobre con las notas de la evaluación con gran expectación . Cuando por fin las leía, con aire de importancia y solemnidad, todos respirábamos aliviados: “uff... hemos aprobado!”. Y entonces la señora Reina abría el horno y sacaba la tarta de chocolate que había preparado de escondidas.