miércoles 15 de noviembre de 2006

La vecina de enfrente

Yo debía tener unos 10 años, y sin embargo lo recuerdo todo perfectamente. Era una tarde de verano, hacía bastante calor y la calle estaba tranquila. Me asomé a la ventana, aburrida, y me quedé mirando a la vecina de enfrente. A estas horas siempre hacía lo mismo: recogía la mesa, fregaba los platos y limpiaba la cocina. Pura inercia. Yo la miraba sin verla, como si fuera uno de esos personajes que de tan previsibles se vuelven invisibles. De pronto, como si me hubiera oído y quisiera volver a existir, se quitó el delantal, dejó los platos sin fregar, entró en su habitación y cerró la puerta con llave.

Invadida por la intriga, salí disparada al balcón, me estiré en el suelo y me oculté tras los enormes ficus de mi tía. La localicé fácilmente en el nuevo escenario: tenía la espalda apoyada contra la puerta. Dudaba. Parecía preocupada. Casi me pareció oírla pensar en voz alta ¿Qué pasaría si alguien se enterara? Se quedó unos instantes mirando al techo, como luchando a solas con sus propias contradicciones, como debatiéndose entre el bien y el mal, lo lícito y lo ilícito. Lo permitido y lo prohibido. De pronto, dio media vuelta, giró el pomo de la puerta y se aseguró de que estuviera bien cerrada. Abrió un cajón, sacó unos cuántos discos, escogió uno entre ellos y lo puso a sonar en el tocadiscos. Empezó a bailar despacio, sin bajar las persianas y sin correr las cortinas, abandonándose a la penumbra, desmemoriada. Cada movimiento parecía irla alejando del mundo conocido para acercarla a un nuevo universo, ligero y liviano, que la hacía sonreír. Se dejaba llevar, sin vergüenza ni recato, dejando que la música la fuera desnudando sin prisas. Luego se tumbó en la cama, sus nuevas manos recorrieron su cuerpo relajado, re-conociéndolo, re-conquistándolo... el cuello, los pechos, el vientre, las caderas, las piernas... Al llegar a las ingles se estremeció un momento. Se detuvo. Temí que se hubiera sentido observada y me dio un vuelco el corazón. No, no era eso. Al instante volvió a olvidarse de todo para acordarse de ella.

Pasó entonces de alegre riachuelo serpenteante a río desbordado, arrancando de cuajo árboles, piedras, puentes y todo cuánto a su paso encontrara. Cuando ya nada quedaba por arrasar, rompieron sus aguas fuertemente en un caudal descontrolado hundiéndose por momentos en violentos remolinos estremecedores. Lava encendida que desciende imparable las laderas de un volcán en erupción. Interminables oleadas de placer surcando desafiantes el territorio conquistado.

Yo observaba la escena atónita y boquiabierta. La vecina de enfrente convertida a solas en una mujer felizmente entregada al goce de su propio cuerpo. Me pareció genial. Sublime. Me entraron ganas de levantarme, aplaudir. Felicitarla. Pero no lo hice. Me quedé muda, inmóvil, envuelta en una sensación de peligro que no sabía identificar. Como si una voz invisible y enfadada me estuviera gritando desde no sé dónde que lo que acababa de presenciar era algo que debiera quedar en la sombra, en la vergüenza, en el silencio. Como si en lugar de haber disfrutado de un acto de libertad y placer, hubiera cometido un pecado inconfesable.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Brutal. Aplausos.

Anónimo dijo...

Brutal. Aplausos.

Khabiria dijo...

Que buenas letras, excelente narración, excelentes metáforas!
Un abrazo!