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lunes, 27 de noviembre de 2006

Stop

Los mismos ojos, las mismas manos, los mismos pies. El mismo sol, la misma luna. Los mismos sueños, los mismos miedos. El mismo cruce de caminos. La una siguió la flecha, la otra la señal de prohibido. Años después volvieron a encontrarse exactamente en el mismo sito. El mismo sol, la misma luna. Los mismos sueños, los mismos miedos. Los mismos ojos ciegos, las mismas manos torpes, los mismos pies perdidos. Pero esta vez ya no tenían prisa por salir corriendo sin saber adónde.

El escondite

A veces me pasa que de tan bien que me escondo, para cuándo me encuentro ya se me ha olvidado a quién buscaba.

lunes, 20 de noviembre de 2006

Una certeza

Me gusta despertarme de madrugada y acariciar certezas. Hay una que vino un día y desde entonces siempre vuelve. Sospecho que ya venía mucho antes de que se me ocurriera esperarla, y me alegra pensar que seguirá viniendo cuando mis ojos se cierren por última vez. Viene para irse, y aunque nunca se quede, me tranquiliza saber que siempre vuelve. Le da forma a mis días, los pinta de luz y color, los calienta y los hace avanzar. Y después se va. Cada atardecer, al despedirse, me jura que volverá al alba. Y yo la veo alejarse, desde mi pequeñez, desde mi congoja, dejando que a veces me parta el alma y me recuerde que se lleva un trocito de mí irrecuperable. El atardecer me abre la herida de la vida que se escurre lentamente. La noche trae consigo su vacío impertinente, esa manta que me arropa y me susurra al oído que todo se va yendo. Que no hay pausa ni tregua para la llama que quema y va consumiendo su cera.

Celos

Intensa manifestación de mal querer.

miércoles, 15 de noviembre de 2006

Dar voz

a lo silenciado es como devolverle sus alas a un pájaro.

jueves, 9 de noviembre de 2006

Fanatismo

Estructura mental vacía. Su peor enemigo: la duda. Creo

miércoles, 8 de noviembre de 2006

Sin respuesta

Tan sólo me queda una duda que prefiero que no me aclares.

Cosas de niños

El día que Luis y yo nos separamos estábamos enfadados. Así que me despedí de él sin ganas, soberbia, herida y terriblemente desagradecida. Los primeros días apenas me acordé de él. Tan feliz estaba de su ausencia, que hasta llegué a desear que no volviera más. Semanas más tarde, cuando ya había empezado a echarlo un poco de menos, le pregunté a la tía Consuelo que cuándo volvería. Me dijo que Luis se había ido para siempre. Entonces me fui al jardín, me senté en el rincón donde solíamos escondernos, y le pedí a la Diosa Artemisa que lo trajera de nuevo, que lo hiciera volver, que eso de que se muriera y no volviera más no lo había dicho en serio, era sólo que estaba enfadada porque era un cagón y no se había atrevido a saltar la tapia. Y eso sí que era verdad, Luis siempre había sido un cagón, un cagón y un chivato. Era uno de esos niños buenos, que no discuten nunca con los mayores, que no inventan ninguna manera de saltarse las normas, que no mueven ni un dedo para cambiar nada, que simplemente aceptan lo que tienen delante y se acomodan a eso lo mejor posible. Ese conformismo suyo me exasperaba hasta la rabieta, mientras él me miraba con cara de asombro y ni se inmutaba. Era impermeable a mis críticas, a mis gritos, a mis llantos. A pesar de ser mi mejor amigo era incapaz de entender a los inadaptados, a los idealistas, a los románticos, a los que se empeñan en cambiar algo. Aunque lo cierto es que tampoco los rechazaba, los miraba distante y atónito. Como intrigado, como sin entenderlos. Yo creo que percibía que venían de otro mundo y de alguna manera quería protegerlos. Tenía una paciencia infinita, de modo que hasta la satisfacción de sacarlo de quicio, de sacudirle esa manta de conformidad que lo acompañaba a todas partes, me costaba trabajo y esfuerzo. Era tan bueno, que era más tonto que un zapato, porque todo lo que tenía de bueno, lo tenía de obediente. Y siempre decía la verdad, bastaba que le preguntaran con un tono un tanto desafiante qué había pasado, para que él contara con pelos y señales todas nuestras fechorías. Después siempre me castigaban a mí, porque claro, todo el mundo entendía que esas ideas tan descabelladas sólo podían haber sido mías, y que su única culpa era haberme hecho caso. Entonces a mí me mandaban a la habitación para que reflexionara sobre mi comportamiento, y a él lo dejaban campar libremente advirtiéndole que no era bueno que me hiciera tanto caso. Y el muy cobarde ni siquiera intentaba defenderme. Se sentaba tranquilamente en el sillón de la sala y esperaba fielmente a que me levantaran el castigo. Cuando al fin me abrían la puerta, yo salía hecha una mona y lo ignoraba por completo. Pero él ni se inmutaba, me seguía en silencio, a una distancia prudencial, hasta que yo me desahogaba a gusto poniéndolo de vuelta y media. Y él aguantaba el chaparrón sin decir ni mú, hasta que llegaba un momento en que se me agotaban las palabras, la furia, la rabia, y entonces él iba a buscar la pelota y volvíamos a jugar como si nada.

El caso es que la Diosa Artemisa no me concedió el deseo, y Luis no volvió más a la casa grande para jugar conmigo. Yo pensé que se había muerto por tonto. Me dio mucha pena, pero la verdad es que de alguna manera me alegré por él. Un niño así, en el pueblo, no hubiera durado ni dos días. Después yo hice otros amigos, más valientes y atrevidos que él, por supuesto. Pero ninguno, ni los del pueblo primero ni los de la capital después, le llegaban a la suela de los zapatos en lo que a fidelidad y capacidad de perdón se refiere. Después de Luis, todos me parecían unos flojos, a la que les decías cuatro verdades a la cara se ofendían.

Cuando me hice mayor la tía Esperanza me explicó que Luis no se había muerto, sino que había emigrado a Francia con sus padres. Pasaron muchos años hasta que volvimos a vernos. Y para entonces ya la infancia quedaba demasiado lejos. Luis no se parecía en nada a aquel niño responsable y obediente, ni yo tampoco parecía ya aquella niña traviesa y respondona. Sin embargo al volver a recordar juntos aquel mundo perdido, de alguna manera volvimos a él, y hasta nos parecía estar viéndonos en aquel jardín de nuestra infancia, enfadándonos y reconciliándonos a cada rato. Hay quien dice que en realidad siempre seguimos siendo los niños que fuimos, quizá por eso la noche no podía acabar sin que nos volviéramos a enfadar como dos chiquillos. Sólo que esta vez nos despedimos de buenas, sabiendo que el otro se llevaba consigo un cachito irremplazable de nuestra infancia.

Valensia

Cuando llegué a la oficina de venta de billetes había una cola de unas 20 personas que formaban una detrás de otra una fila que recorría la oficina primero de derecha a izquierda y después de izquierda a derecha. Delante de mí esperaba una mujer rubia, gordita, de complexión robusta, no muy alta, con los ojos claros y la tez muy blanca. Parecía alemana. Tendría unos 50 años y arrastraba dos maletas con ruedas. A cada paso que avanzaba la fila, ella las empujaba delicadamente un pasito hacia delante. Detrás de mí llegaron dos chicos jóvenes que hablaban con acento sureño. Por lo que deduje de su conversación uno iba a sacar un billete para Jaén, a pasar unos días al pueblo de sus abuelos. El otro lo acompañaba. Al rato entraron tres mujeronas, arrastrando enormes maletas y alzando la voz estrepitosamente. Hablaban en español pero de vez en cuando intercalaban frases en inglés americano. En cuanto ellas entraron en la oficina impusieron su presencia a todos los demás gesticulando con grandes aspavientos y alzando la voz como si para que ellas se entendieran, hubiera alguna necesidad de que los demás las escucháramos, como si la razón de su conversación consistiera en convertir a todos los demás en su público. La cola entera adoptó al momento el papel de espectadora dispuesta a dejarse entretener por un teatrillo ambulante que amenizara la larga espera. En cuanto las histriónicas mujeres solucionaron su dilema, por cierto sin preguntar a nadie, y resolvieron que no era esa la oficina que buscaban se marcharon con su música a otra parte y la oficina recobró su pacífico aire de normalidad. Ahora ya estamos la alemana, yo y los chicos sureños en el último tramo. Empieza el segundo acto: Entra un chico hablando francés y se dirige a la ventanilla de información:
- Si vous plait. Montpellier- Barcelonne? Je vien de Montpellier, mais le chauffer m’ha dit que j’ai besoin...
- ¿Y éste en qué habla? - dice la chica de la ventanilla dirigiéndose a la compañera de la ventanilla de venta.
- Me parece que es francés.
- ¿Alguien aquí habla francés? – Pregunta la chica alzando la voz y dirigiéndose a la cola.
- Yo. Yo- Contesta el chico que estaba detrás de mí acercándose al francés.
- ¿Y qué dice?
- ¿Qué vu vulé? – le pregunta el joven al francés.
- Bien. La situation c’est que je vien de Montpellier, mais je vouldrias.....
- Dice que ha venido de Montpellier y que ahora quiere hacer la ruta Montpellier- Barcelona.
- Pregúntale si tenía billete de ida y vuelta o si quiere comprar la vuelta.
- Vale – contesta el chico y se gira de nuevo hacia el francés, se lo queda mirando y no dice nada.
- Que si tiene que comprar el billete o si ya lo tiene – le repite la chica de la ventanilla.
- Es que yo no hablo francés. Sólo lo entiendo. Es que estudié dos cursos en el instituto y no me arranqué a hablarlo.
- Le question c’est que je vien de Montpellier... –empieza de nuevo el francés, gesticulando cada vez más deprisa, mostrando claros síntomas de frustración. Finalmente alguien le dice algo desde fuera y sale decidido. No vuelve a entrar.
- Siguiente – dice la chica de la ventanilla de venta.
Ahora le toca ya a la mujer que va delante de mí.
- Valensia?
- No. Valencia no es aquí. Tienes que ir a la Estación del Norte. – dice la chica de la ventanilla.
- Valensia? – insiste la mujer mirando un papel escrito a mano en el que alguien le ha escrito los horarios de los autobuses que van de Barcelona a Valencia.
- No, no. Que esto no es aquí. Tienes que ir a la Estación del Norte. Otra que no se entera. A ver, trae el papel- se lo quita de las manos y le escribe “Estación del Norte”. Los que van a Valencia salen de allí.
- Aha- balbucea la alemana como puede.
- Do you speak English? –le preguntó yo.
- No.no. aha – responde tímidamente. Dobla su papelito, recoge sus dos maletas y sale de la oficina.
- Siguiente.
Compro mi billete y al salir de la oficina veo a la alemana en una esquina, en medio de sus dos maletas, mirando fijamente el papelito en el que la chica de la oficina ha escrito encima de Estación de Sants “Estación del Norte”. Sospecho que no entiende nada, y me acerco a ella.
- Do you speak English?
- No – contesta con una sonrisa tranquila.
- German?
- No.
- French?
- No.
- ¿De dónde eres?
- Lituania.
- ¿Y tú que idioma hablas?
- ¿Eh?
- ¿language? ¿idioma? ¿lengua?
- Russian.
- ¡Ruso!
- Sí, sí. Russian.
- A ver, Valencia?
- Sí, sí. ¡Valensia!
- Vale. Bueno, pues que aquí no es. Que tienes que ir a la estación del Norte. En Arco de Triunfo.
- Aha.
- Que tienes que coger el tren.
- ¿Eh?
- ¿Valencia?
- Sí, sí. ¡Valensia!
- Ok.
- ¿Hoy?
- Sí. Valensia. Hoy.
- ¿Autobús?
- Bus. Valensia. Hoy.
- Vale, bueno. Pues que primero tren.
- ¿Eh?
- Tren. Biiip- biip.
- ¿Eh?
- Biip-biip. Chucu-chucu-chucuchúuuuuuuuu. Biip-biip. Tren.
- Tren.
- Sí, sí. Tren- bus- Valencia. Ok?
- ¿Tren Valensia?
- No. Tren Estación del Norte. Bus Valencia.
- Ah.
- A ver, que tienes que coger un tren hasta la estación de autobuses de la estación del Norte. Y allí coges el bus que te lleva a Valencia.
- Sí. Bus. Valensia.
- Ya. Que no te enteras de nada.
- Valensia.
- A ver si te puedo ayudar. Mira, vamos aquí al lado, a la estación de tren y sacamos tu billete para Arco de Triunfo, que está al lado de la Estación del Norte, que es de autobuses, y allí ya sacas el billete a Valencia.
- Valensia. Sí.
Le hago señas para que venga conmigo. Coge una maleta, yo le ayudo con la otra y vamos las dos hasta las máquinas de venta de billetes. Por un instante me siento responsable de ella. Qué tontería. Está sola, arrastra dos maletas inmensas, no entiende nada y aún sonríe. Es una valiente. Le ayudo a sacar el billete para Arco de Triunfo y le explico entre señas la parada en la que se tiene que bajar. Saca un pequeño diccionario de ruso- español y parece entenderme mejor. Sospecho que en realidad sigue sin entender nada. Esta rusa es pura intuición. Antes de indicarle que valide su billete en las máquinas que dan acceso a los andenes, dejo pasar varias personas. Veo a lo lejos una mujer con un niño que viene en nuestra dirección. La abordo antes de que pase la barrera.
- Perdona, ¿Vas a coger el tren de la vía 2? ¿El que para en Arco de Triunfo?
- Sí. El que va para Mataró.
- Mira, te importaría indicarle a ella que se baje en Arco de Triunfo. Es que es rusa. No entiende el español. Tiene que ir a la Estación del Norte.
- Si, sí. Claro. - Cuando pasa el billete por la máquina, ésta se lo devuelve.
- Vaya, pues ahora resulta que este billete no vale.
- Ella lo ha comprado ahí, en esas máquinas.
- Ah! Vale, gracias. ¡Gabriel! Gabriel ven aquí que tenemos que sacar el billete en la máquina.-
La rusa me mira sin entender. Yo le sonrío.
- Tú tranquila, seguro que pasa por aquí otra buena persona.
- ¿Eh?
- Que vas a llegar a Valencia.
- Sí. Valensia.
Dejo que pasen dos o tres personas más y veo a una chica joven, de tez morena, con un pañuelo en la cabeza y ojos limpios.
- Perdona. ¿Vas a coger el próximo tren que va para Arco de Triufo?
- Sí.
- Mira, no te importaría avisarla a ella en Arco de Triunfo, es que no habla español.
- Bueno.
- ¿Tú hablas español?
- Sí, un poquito.
- ¿Como para entenderme?
- Sí, sí.
- Mira, es que ella es rusa y no habla nada de español, pero que se tiene que bajar en Arco de Triunfo para ir a la estación del Norte.
- Sí, sí. Yo aviso en Arco de Triunfo.
- Gracias.
Pasa la chica, y detrás de ella pasa la rusa con sus dos maletas. De pronto siento que alguien viene corriendo por detrás.
- Oye, dile a la rusa que vaya bajando que ya tenemos los billetes! – dice de pronto la mujer de antes que viene con Gabriel de la mano toda apresurada.
- Sí, sí, ya baja. Esta chica también la ayuda.
- Hola – le dice a la joven.
- Hola – contesta la joven un poco extrañada
- A ver, tú eres la rusa, ¿no? – ahora se dirige a la rusa.
- Rusia. Si
- A ver, trae acá una maleta mujer, que las dos no las puedes bajar por las escaleras tú sola. – le dice sonriente con las manos abiertas.
- ¿Eh? – la rusa me mira un momento interrogante. Le sonrío y se deja ayudar.
- Yo ayudo con otra – dice la chica joven. Entonces la rusa, en medio de las dos y a punto de bajar las escaleras, me mira, me sonríe, busca algo en su bolso, y saca una postal. Me la ofrece y me hace gestos de que la coja. Y un gesto de gratitud.
- Mucha suerte, mujer.
- ¿Eh?
- ¡Valencia!
- ¡Valensia!
- Gabriel pasa delante! Venga, venga, ¡que se nos va el tren!
Y así bajan los cuatro. Gabriel el primero, detrás su madre con una maleta, la rusa y la joven la siguen arrastrando la otra. Me los quedo mirando hasta que los pierdo de vista. Y me sonrío: esa rusa va a llegar a Valencia.

Cuando llego a casa busco en Internet el nombre de la postal: Riga. Es la capital de Lituania, una de las tres república eslovacas de la antigua Unión soviética. Caigo en la cuenta de que sólo sé eso de ella. Ni siquiera sé cómo se llama. Vuelvo a mirar la postal y decido pegarla en la puerta de la nevera.

lunes, 6 de noviembre de 2006

¿Y si

todo lo vivido no fuera más que pasado?

Dame fuerzas

La brisa me trae un mar salado, nostalgia de arena en los bolsillos, de manos de viento. Tiempos lejanos revoloteando en el aire de esta tarde de tormenta. Gotas del ayer empapándome en la orilla. Mis pies desnudos recogen pequeñas piedras con forma de corazón. Las acaricio con las manos y noto en ellas la áspera erosión de las mareas. Las devuelvo al mar dibujando puentes de aire. Las veo rebotar contra las olas con una triste sonrisa. Él sabrá alisarlas con su fuerza. Le sobra tiempo, le faltan alas. Cuando me canso, me siento en el banco de madera, miro al infinito y siento frío. Me guardo los puños cansados en los bolsillos y espero en silencio. Tiempo congelado que no pasa, sólo pesa. Estatua de sal olvidada que repite como un mantra una plegaria: Dame fuerzas. Dame fuerzas. Dame fuerzas para mantenerme en pie hasta que me devuelva a la vida la primera lágrima dulce.