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sábado, 23 de diciembre de 2006

Torres más altas han caído

Una a una han ido cayendo a mis pies las torres que antaño me parecieron tan altas. Al irme acercando a la luz con la que me impresionaban, he ido asistiendo boquiabierta, a las ruinas que las sostienen. No. No eran faros, ni siquiera luciérnagas. Eran cristales rotos que iluminaban de vuelta los rayos de mi linterna. De lejos parecían tanto, tanto. Pero vistas de cerca son tan poquito que dan pena. Esta noche me quedaré a dormir aquí, entre los restos de la última torre. Estoy cansada, es tarde y hace frío. Pero mañana, mañana cuando despierte, recogeré mis bártulos y seguiré mi camino. Ahora que sé que torres más altas han caído, volveré a la carretera y buscaré un molino.

viernes, 22 de diciembre de 2006

Si no lo creo, no lo veo

Me lo dijo un pajarito
que se lo había oído
decir a un gato marino.

martes, 19 de diciembre de 2006

Nada

- ¿Y a éste qué le pasa?
- Nada. Que dice que ha descubierto la nada.
- ¿Y eso qué quiere decir?
- Pues algo así como que no siente nada.
- Ya te he dicho que sí que siento. Siento que no siento nada.
- Bueno, pues lo que yo decía. Que no sientes nada.
- No. No es lo que tú decías. Porque no es lo mismo no sentir nada, que sentir nada.
- ¿A no? ¿Y cual es la diferencia?
- Pues la diferencia es que sí que siento. Siento nada, pero es que éso es algo. Nada también es algo. ¿Entiendes?
- Pues no, no entiendo. ¿Cómo va a ser algo nada?
- Te digo que sí, que hay cosas que son nada. Pero siguen siendo algo.
- No, no. Que esto que dices no se entiende.
- A ver, que tú no lo entiendas no quiere decir que yo no lo sienta.
- Bueno, vale. No vamos a discutir ahora por nada. ¿Y qué hacéis?
- Pues aquí. Nada.
- ¿Cómo qué nada? Algo haréis.
- ¡Pero bueno! ¿Es que tú también? ¡Qué manía! Que la nada también es algo!
- Lo que te decía. Que está rarísimo.
- Pero a ver, tío. Que esto tuyo no es normal. ¿Qué te pasa?
- Nada. Me pasa NA-DA.
- Bueno, pero tú has dicho que nada es algo.
- Pues eso, me pasa algo que no es nada.
- ¿Ves lo que te decía? ¡Si es que no se le entiende!
- Pero si es que no hay nada que entender.
- ¿Cómo qué no? ¿Y la nada ésa que te pasa?
- La nada ésa no se entiende. Se siente.
- Bueno, pues si no se entiende, será que no es nada.
- Nada no es. Es nada.

La línea divisoria

Meredith pertenece al tiempo de las montañas. A los bosques, los ríos y las nevadas. Su pequeña cabaña era para mí un lugar mágico en el que confluían muchos mundos. Siempre que podía me escapaba para escuchar sus historias. Decía que no eran invenciones, y que sólo me las contaba porque le daba el beneficio de la duda. Que ése era un buen comienzo.

Un día me habló de la línea divisoria que separa los sub-mundos. Y de los seres limítrofes que algún día me propondrían cruzar el umbral. Unas criaturas aparentemente inofensivas que observaban sin ser observadas, escuchaban sin hablar y actuaban sin ser vistas. Su hogar era la oscuridad, la noche, las sombras, la penumbra y los sueños. Espacios que compartían con tantos otros seres formidables. Meredith me aseguró que llegaría el día en que se me aparecerían, y entonces yo debía estar atenta para poder reconocerlas.

Me advirtió que las primeras veces que me sorprendieran, me sentiría desarmada e indefensa, no sería capaz de entender nada y me parecerían terribles. Se burlarían de cada una de las teorías con las que intentara explicarlas y reducirlas y cuanto más me empeñara en intentar analizarlas, tanto más se reirían de mi empeño. Sólo podría seguir adelante aceptando humildemente mi derrota y la insignificancia de mis conocimientos. Insistió en que ellas pertenecen al mundo intuitivo y se rigen por otras reglas, y que si yo no estuviera dispuesta a hacer el esfuerzo de aprehenderlas, debería retirarme y no pretender entrar en su juego. Sin por el contrario me decidiera a dar el paso, ellas mismas me ayudarían a desarrollar fantásticas cualidades que jamás hubiera creído posibles. De todos modos, me advirtió, eso sólo ocurriría cuando fuera capaz de abrazar conocimientos no razonables.

Cuando empezara a ver más allá de lo aparente y a familiarizarme con las señales de los seres limítrofes, la curiosidad sería mi gran aliada. Pero cuidado! Cada paso que diera para mirarlas más de cerca, sería un paso más hacia la línea divisoria. Cuánto más nítidas las viera, más cerca estaría del abismo. Son criaturas ambivalentes que habitan en la oscuridad precisamente porque son capaces de pasearse por el acantilado emitiendo intermitentes destellos de luz, me advirtió. Ellas pueden campar alegremente en la sombra, pero yo no podría hacerlo tan fácilmente. Sólo cuando el viento dejara de soplar y desapareciera la niebla, podría ver con claridad si la luz que las envuelve encubre una cara ó una cruz. En plena tormenta un paso en falso podría suponer una caída al vacío. Sin embargo cuando las nubes se alejaran y se hiciera la luz, en algún giro podrían revelarme la pista definitiva. Si alumbrara una cara, me mostrarían un trecho más del camino, y podría seguir adelante reconfortada, si alumbrara una cruz, ésta se desintegraría al momento y no quedaría nada tras ella. Era una ilusión. Un falso faro. El secreto, dijo, está en saber esperar el momento justo para enfocarlas. Si acertara, sería un momento mágico en el que se restauraría un orden ancestral: la luz volvería a reinar sobre la oscuridad. Si fallara, me cegaría el abismo, y perdería mi antorcha.

Meredith me dijo que si algún día lograba llegar a la otra orilla, no debería quedarme allí mucho tiempo, sólo el necesario para poder ver, aunque sólo fuera por un instante, mi mundo desde el otro lado. También me advirtió de que no regresaría intacta. En cuanto pusiera un pie en su territorio los seres limítrofes atravesarían mi conciencia y dejarían en ella una huella imborrable. A partir de entonces ya nada volvería a ser igual. Ése era el trato si aceptaba cruzar la línea divisoria. Dicho lo cual, me guiñó el ojo y volvió a insistir en que no eran invenciones suyas, y que tal vez algún día recordaría sus historias con una cómplice sonrisa. Y que a lo mejor hasta yo misma se las contaría a alguien que les diera el beneficio de la duda.

lunes, 18 de diciembre de 2006

Ilusión

Bien de consumo masivo en Occidente. Lo mismo se compra que se vende.
Decepción
Resultado del choque frontal entre una ilusión y la realidad que la desmiente.
Frustración
Sentimiento rabioso directamente proporcional al número de veces que se repite una misma decepción.
Desesperación
Grado máximo de frustración.
Evasión
Negación de la desesperación recurriendo a una nueva ilusión.
Ilusión
Bien… en Occidente… se vende.

viernes, 8 de diciembre de 2006

¡Vade retro pato frisko!

No me queda ninguna duda de que el invierno ya está aquí. Y cuando digo aquí no me refiero a diciembre, Europa, Barcelona.. no, no. Quiero decir que está en mi casa, en mi habitación, en el pasillo que recorro cada mañana para llegar a la cocina y en el que si me quedo quieta y en silencio, oigo silbar las corrientes de aire que ondulan mi pelo. Un gélido frescor que no tiene nada que envidiar al porche de los iglús del polo sur. Dice mi amiga la psicóloga que ante casos así, lo peor es quedarse helada. ¡¡Hay que actuar!! Así que hoy mismo he empezado mi particular motín contra el frío que amenaza con calarme los huesos. Lo primero ha sido poner burletes en todas las ventanas, lo segundo bajar del altillo un traje de neopreno que sólo me deja la cara al descubierto. Esta medida tiene un pequeño inconveniente, me imdipe la molividad de los didos de las monas, y me cuosta un peco escritir en el tuclado!! ¿A alguein se le ocutren etras idoas contra este pato frisko?

jueves, 7 de diciembre de 2006

El tercer ojo

Yo lo miro, pero él me ve.

Cosas que pasan

Normalmente si no pasan coches cruzo la calle aunque el semáforo esté en rojo. Pero ese día no. Ese día me quedé encantada con el muñequito rojo, embobada con él como si no lo hubiera visto antes, o peor aún, como si ya nos conociéramos y quisiera decirme algo. Entonces paró un taxi delante de mí, se abrió una puerta y bajó ella.. ¡¡Clara Matraca en persona!! Volví a mirar al muñequito rojo y me pareció que intentaba huir a base de intermitencias, fingir que él sólo pasaba por allí. El consiguió escapar a tiempo, pero yo no. Para cuando quise reaccionar, ya me encontraba metida de pleno en uno de esos encuentros tan irremediables como innecesarios. ¿Y qué tal todo? ¿Qué has hecho con tu vida? ¿Que trabajas de qué? ¿Que vives dónde? ¿Que piensas qué? ¿Qué eres qué? Reviví por un minuto aquella olvidada sensación de estar ante un juez. ¡Qué horror! En momentos así es cuando me alegro de vivir en una graaaaaaaan ciudad.

lunes, 4 de diciembre de 2006

Va de cine I

Las historias de las tres mujeres protagonistas de ¿Por qué se frotan las patitas?, el primer largometraje de Álvaro Begines, no tienen, aparentemente, nada que ver unas con otras. Una anciana que se acerca al abismo de su muerte, una mujer de mediana edad atrapada en un matrimonio lleno de carencias y una joven debatiéndose entre la razón y el corazón. Lo que las une es una misma actitud vital: ni ocultan su descontento, ni están dispuestas a seguir en él. Lo cual plantea a los personajes masculinos un conflicto que resuelven cada cual a su manera. El novio reflexivo de la anciana, el marido abandonado y desconcertado y el noviete despreocupado de la joven. Se suman a la trama un peculiar investigador privado, una vecina cotilla y algunas piezas musicales que aportan un cómico contrapunto. En mi opinión, el personaje clave no es ninguno de los mencionados, sino el del joven okupa desarraigado, interpretado por Raúl Arévalo, que conmueve tanto por su fragilidad como por su entereza.

Va de cine II

No es un peliculón, pero acierta a retratar de forma muy verosímil y cercana, a caballo entre el drama y la comedia, las vidas de unos personajes en tránsito.

Va de cine III

Las frases de la película:
”Nosotros nunca nos vamos, a ver si te enteras que a nosotros siempre nos echan”.
”Las mujeres de esta familia tienen más cojones que los hombres”.
”La quiero tanto que sería capaz de matarla”.
“Sólo se conserva lo que no se agarra”.

viernes, 1 de diciembre de 2006

Deberes

Mimí era la que nunca se olvidaba de mis deberes. En cuánto llegaba del trabajo, me daba un buen achuchón y me preguntaba: “¿Qué tal los deberes?” Y entre ella y el Bota, que vivía en el cuarto de al lado, se turnaban los fogones y mis dudas. Pepón, el chico de la buhardilla, me enseñó a estudiar, insistía hasta la saciedad en que comprendiera las cosas más importantes de un texto. Venía a mi cuarto con un fajo de folios y cargado de paciencia me decía “jovencita, vamos a hacer un croquis”. Y la señora Reina, que vivía en el piso de abajo desde siempre, que no sabía de libros pero le hubiera gustado ir a la escuela, se sentaba en el sillón de la entrada, y en cuanto me veía bajar a la calle, apagaba la radio, y me decía: “A ver, repíteme otra vez los ríos de España que se me han vuelto a olvidar”. Días antes de que me entregaran las notas, unos y otros me preguntaban por separado: “¿Cómo crees que te ha ido el trimestre? ”. Y yo siempre les respondía lo mismo: “pues no sé”. Cuando llegaba el gran día, Mimí nos reunía a todos en la cocina del segundo piso, y abría el sobre con las notas de la evaluación con gran expectación . Cuando por fin las leía, con aire de importancia y solemnidad, todos respirábamos aliviados: “uff... hemos aprobado!”. Y entonces la señora Reina abría el horno y sacaba la tarta de chocolate que había preparado de escondidas.

lunes, 27 de noviembre de 2006

Stop

Los mismos ojos, las mismas manos, los mismos pies. El mismo sol, la misma luna. Los mismos sueños, los mismos miedos. El mismo cruce de caminos. La una siguió la flecha, la otra la señal de prohibido. Años después volvieron a encontrarse exactamente en el mismo sito. El mismo sol, la misma luna. Los mismos sueños, los mismos miedos. Los mismos ojos ciegos, las mismas manos torpes, los mismos pies perdidos. Pero esta vez ya no tenían prisa por salir corriendo sin saber adónde.

El escondite

A veces me pasa que de tan bien que me escondo, para cuándo me encuentro ya se me ha olvidado a quién buscaba.

lunes, 20 de noviembre de 2006

Una certeza

Me gusta despertarme de madrugada y acariciar certezas. Hay una que vino un día y desde entonces siempre vuelve. Sospecho que ya venía mucho antes de que se me ocurriera esperarla, y me alegra pensar que seguirá viniendo cuando mis ojos se cierren por última vez. Viene para irse, y aunque nunca se quede, me tranquiliza saber que siempre vuelve. Le da forma a mis días, los pinta de luz y color, los calienta y los hace avanzar. Y después se va. Cada atardecer, al despedirse, me jura que volverá al alba. Y yo la veo alejarse, desde mi pequeñez, desde mi congoja, dejando que a veces me parta el alma y me recuerde que se lleva un trocito de mí irrecuperable. El atardecer me abre la herida de la vida que se escurre lentamente. La noche trae consigo su vacío impertinente, esa manta que me arropa y me susurra al oído que todo se va yendo. Que no hay pausa ni tregua para la llama que quema y va consumiendo su cera.

Celos

Intensa manifestación de mal querer.

miércoles, 15 de noviembre de 2006

Dar voz

a lo silenciado es como devolverle sus alas a un pájaro.

jueves, 9 de noviembre de 2006

Fanatismo

Estructura mental vacía. Su peor enemigo: la duda. Creo

miércoles, 8 de noviembre de 2006

Sin respuesta

Tan sólo me queda una duda que prefiero que no me aclares.

Cosas de niños

El día que Luis y yo nos separamos estábamos enfadados. Así que me despedí de él sin ganas, soberbia, herida y terriblemente desagradecida. Los primeros días apenas me acordé de él. Tan feliz estaba de su ausencia, que hasta llegué a desear que no volviera más. Semanas más tarde, cuando ya había empezado a echarlo un poco de menos, le pregunté a la tía Consuelo que cuándo volvería. Me dijo que Luis se había ido para siempre. Entonces me fui al jardín, me senté en el rincón donde solíamos escondernos, y le pedí a la Diosa Artemisa que lo trajera de nuevo, que lo hiciera volver, que eso de que se muriera y no volviera más no lo había dicho en serio, era sólo que estaba enfadada porque era un cagón y no se había atrevido a saltar la tapia. Y eso sí que era verdad, Luis siempre había sido un cagón, un cagón y un chivato. Era uno de esos niños buenos, que no discuten nunca con los mayores, que no inventan ninguna manera de saltarse las normas, que no mueven ni un dedo para cambiar nada, que simplemente aceptan lo que tienen delante y se acomodan a eso lo mejor posible. Ese conformismo suyo me exasperaba hasta la rabieta, mientras él me miraba con cara de asombro y ni se inmutaba. Era impermeable a mis críticas, a mis gritos, a mis llantos. A pesar de ser mi mejor amigo era incapaz de entender a los inadaptados, a los idealistas, a los románticos, a los que se empeñan en cambiar algo. Aunque lo cierto es que tampoco los rechazaba, los miraba distante y atónito. Como intrigado, como sin entenderlos. Yo creo que percibía que venían de otro mundo y de alguna manera quería protegerlos. Tenía una paciencia infinita, de modo que hasta la satisfacción de sacarlo de quicio, de sacudirle esa manta de conformidad que lo acompañaba a todas partes, me costaba trabajo y esfuerzo. Era tan bueno, que era más tonto que un zapato, porque todo lo que tenía de bueno, lo tenía de obediente. Y siempre decía la verdad, bastaba que le preguntaran con un tono un tanto desafiante qué había pasado, para que él contara con pelos y señales todas nuestras fechorías. Después siempre me castigaban a mí, porque claro, todo el mundo entendía que esas ideas tan descabelladas sólo podían haber sido mías, y que su única culpa era haberme hecho caso. Entonces a mí me mandaban a la habitación para que reflexionara sobre mi comportamiento, y a él lo dejaban campar libremente advirtiéndole que no era bueno que me hiciera tanto caso. Y el muy cobarde ni siquiera intentaba defenderme. Se sentaba tranquilamente en el sillón de la sala y esperaba fielmente a que me levantaran el castigo. Cuando al fin me abrían la puerta, yo salía hecha una mona y lo ignoraba por completo. Pero él ni se inmutaba, me seguía en silencio, a una distancia prudencial, hasta que yo me desahogaba a gusto poniéndolo de vuelta y media. Y él aguantaba el chaparrón sin decir ni mú, hasta que llegaba un momento en que se me agotaban las palabras, la furia, la rabia, y entonces él iba a buscar la pelota y volvíamos a jugar como si nada.

El caso es que la Diosa Artemisa no me concedió el deseo, y Luis no volvió más a la casa grande para jugar conmigo. Yo pensé que se había muerto por tonto. Me dio mucha pena, pero la verdad es que de alguna manera me alegré por él. Un niño así, en el pueblo, no hubiera durado ni dos días. Después yo hice otros amigos, más valientes y atrevidos que él, por supuesto. Pero ninguno, ni los del pueblo primero ni los de la capital después, le llegaban a la suela de los zapatos en lo que a fidelidad y capacidad de perdón se refiere. Después de Luis, todos me parecían unos flojos, a la que les decías cuatro verdades a la cara se ofendían.

Cuando me hice mayor la tía Esperanza me explicó que Luis no se había muerto, sino que había emigrado a Francia con sus padres. Pasaron muchos años hasta que volvimos a vernos. Y para entonces ya la infancia quedaba demasiado lejos. Luis no se parecía en nada a aquel niño responsable y obediente, ni yo tampoco parecía ya aquella niña traviesa y respondona. Sin embargo al volver a recordar juntos aquel mundo perdido, de alguna manera volvimos a él, y hasta nos parecía estar viéndonos en aquel jardín de nuestra infancia, enfadándonos y reconciliándonos a cada rato. Hay quien dice que en realidad siempre seguimos siendo los niños que fuimos, quizá por eso la noche no podía acabar sin que nos volviéramos a enfadar como dos chiquillos. Sólo que esta vez nos despedimos de buenas, sabiendo que el otro se llevaba consigo un cachito irremplazable de nuestra infancia.

Valensia

Cuando llegué a la oficina de venta de billetes había una cola de unas 20 personas que formaban una detrás de otra una fila que recorría la oficina primero de derecha a izquierda y después de izquierda a derecha. Delante de mí esperaba una mujer rubia, gordita, de complexión robusta, no muy alta, con los ojos claros y la tez muy blanca. Parecía alemana. Tendría unos 50 años y arrastraba dos maletas con ruedas. A cada paso que avanzaba la fila, ella las empujaba delicadamente un pasito hacia delante. Detrás de mí llegaron dos chicos jóvenes que hablaban con acento sureño. Por lo que deduje de su conversación uno iba a sacar un billete para Jaén, a pasar unos días al pueblo de sus abuelos. El otro lo acompañaba. Al rato entraron tres mujeronas, arrastrando enormes maletas y alzando la voz estrepitosamente. Hablaban en español pero de vez en cuando intercalaban frases en inglés americano. En cuanto ellas entraron en la oficina impusieron su presencia a todos los demás gesticulando con grandes aspavientos y alzando la voz como si para que ellas se entendieran, hubiera alguna necesidad de que los demás las escucháramos, como si la razón de su conversación consistiera en convertir a todos los demás en su público. La cola entera adoptó al momento el papel de espectadora dispuesta a dejarse entretener por un teatrillo ambulante que amenizara la larga espera. En cuanto las histriónicas mujeres solucionaron su dilema, por cierto sin preguntar a nadie, y resolvieron que no era esa la oficina que buscaban se marcharon con su música a otra parte y la oficina recobró su pacífico aire de normalidad. Ahora ya estamos la alemana, yo y los chicos sureños en el último tramo. Empieza el segundo acto: Entra un chico hablando francés y se dirige a la ventanilla de información:
- Si vous plait. Montpellier- Barcelonne? Je vien de Montpellier, mais le chauffer m’ha dit que j’ai besoin...
- ¿Y éste en qué habla? - dice la chica de la ventanilla dirigiéndose a la compañera de la ventanilla de venta.
- Me parece que es francés.
- ¿Alguien aquí habla francés? – Pregunta la chica alzando la voz y dirigiéndose a la cola.
- Yo. Yo- Contesta el chico que estaba detrás de mí acercándose al francés.
- ¿Y qué dice?
- ¿Qué vu vulé? – le pregunta el joven al francés.
- Bien. La situation c’est que je vien de Montpellier, mais je vouldrias.....
- Dice que ha venido de Montpellier y que ahora quiere hacer la ruta Montpellier- Barcelona.
- Pregúntale si tenía billete de ida y vuelta o si quiere comprar la vuelta.
- Vale – contesta el chico y se gira de nuevo hacia el francés, se lo queda mirando y no dice nada.
- Que si tiene que comprar el billete o si ya lo tiene – le repite la chica de la ventanilla.
- Es que yo no hablo francés. Sólo lo entiendo. Es que estudié dos cursos en el instituto y no me arranqué a hablarlo.
- Le question c’est que je vien de Montpellier... –empieza de nuevo el francés, gesticulando cada vez más deprisa, mostrando claros síntomas de frustración. Finalmente alguien le dice algo desde fuera y sale decidido. No vuelve a entrar.
- Siguiente – dice la chica de la ventanilla de venta.
Ahora le toca ya a la mujer que va delante de mí.
- Valensia?
- No. Valencia no es aquí. Tienes que ir a la Estación del Norte. – dice la chica de la ventanilla.
- Valensia? – insiste la mujer mirando un papel escrito a mano en el que alguien le ha escrito los horarios de los autobuses que van de Barcelona a Valencia.
- No, no. Que esto no es aquí. Tienes que ir a la Estación del Norte. Otra que no se entera. A ver, trae el papel- se lo quita de las manos y le escribe “Estación del Norte”. Los que van a Valencia salen de allí.
- Aha- balbucea la alemana como puede.
- Do you speak English? –le preguntó yo.
- No.no. aha – responde tímidamente. Dobla su papelito, recoge sus dos maletas y sale de la oficina.
- Siguiente.
Compro mi billete y al salir de la oficina veo a la alemana en una esquina, en medio de sus dos maletas, mirando fijamente el papelito en el que la chica de la oficina ha escrito encima de Estación de Sants “Estación del Norte”. Sospecho que no entiende nada, y me acerco a ella.
- Do you speak English?
- No – contesta con una sonrisa tranquila.
- German?
- No.
- French?
- No.
- ¿De dónde eres?
- Lituania.
- ¿Y tú que idioma hablas?
- ¿Eh?
- ¿language? ¿idioma? ¿lengua?
- Russian.
- ¡Ruso!
- Sí, sí. Russian.
- A ver, Valencia?
- Sí, sí. ¡Valensia!
- Vale. Bueno, pues que aquí no es. Que tienes que ir a la estación del Norte. En Arco de Triunfo.
- Aha.
- Que tienes que coger el tren.
- ¿Eh?
- ¿Valencia?
- Sí, sí. ¡Valensia!
- Ok.
- ¿Hoy?
- Sí. Valensia. Hoy.
- ¿Autobús?
- Bus. Valensia. Hoy.
- Vale, bueno. Pues que primero tren.
- ¿Eh?
- Tren. Biiip- biip.
- ¿Eh?
- Biip-biip. Chucu-chucu-chucuchúuuuuuuuu. Biip-biip. Tren.
- Tren.
- Sí, sí. Tren- bus- Valencia. Ok?
- ¿Tren Valensia?
- No. Tren Estación del Norte. Bus Valencia.
- Ah.
- A ver, que tienes que coger un tren hasta la estación de autobuses de la estación del Norte. Y allí coges el bus que te lleva a Valencia.
- Sí. Bus. Valensia.
- Ya. Que no te enteras de nada.
- Valensia.
- A ver si te puedo ayudar. Mira, vamos aquí al lado, a la estación de tren y sacamos tu billete para Arco de Triunfo, que está al lado de la Estación del Norte, que es de autobuses, y allí ya sacas el billete a Valencia.
- Valensia. Sí.
Le hago señas para que venga conmigo. Coge una maleta, yo le ayudo con la otra y vamos las dos hasta las máquinas de venta de billetes. Por un instante me siento responsable de ella. Qué tontería. Está sola, arrastra dos maletas inmensas, no entiende nada y aún sonríe. Es una valiente. Le ayudo a sacar el billete para Arco de Triunfo y le explico entre señas la parada en la que se tiene que bajar. Saca un pequeño diccionario de ruso- español y parece entenderme mejor. Sospecho que en realidad sigue sin entender nada. Esta rusa es pura intuición. Antes de indicarle que valide su billete en las máquinas que dan acceso a los andenes, dejo pasar varias personas. Veo a lo lejos una mujer con un niño que viene en nuestra dirección. La abordo antes de que pase la barrera.
- Perdona, ¿Vas a coger el tren de la vía 2? ¿El que para en Arco de Triunfo?
- Sí. El que va para Mataró.
- Mira, te importaría indicarle a ella que se baje en Arco de Triunfo. Es que es rusa. No entiende el español. Tiene que ir a la Estación del Norte.
- Si, sí. Claro. - Cuando pasa el billete por la máquina, ésta se lo devuelve.
- Vaya, pues ahora resulta que este billete no vale.
- Ella lo ha comprado ahí, en esas máquinas.
- Ah! Vale, gracias. ¡Gabriel! Gabriel ven aquí que tenemos que sacar el billete en la máquina.-
La rusa me mira sin entender. Yo le sonrío.
- Tú tranquila, seguro que pasa por aquí otra buena persona.
- ¿Eh?
- Que vas a llegar a Valencia.
- Sí. Valensia.
Dejo que pasen dos o tres personas más y veo a una chica joven, de tez morena, con un pañuelo en la cabeza y ojos limpios.
- Perdona. ¿Vas a coger el próximo tren que va para Arco de Triufo?
- Sí.
- Mira, no te importaría avisarla a ella en Arco de Triunfo, es que no habla español.
- Bueno.
- ¿Tú hablas español?
- Sí, un poquito.
- ¿Como para entenderme?
- Sí, sí.
- Mira, es que ella es rusa y no habla nada de español, pero que se tiene que bajar en Arco de Triunfo para ir a la estación del Norte.
- Sí, sí. Yo aviso en Arco de Triunfo.
- Gracias.
Pasa la chica, y detrás de ella pasa la rusa con sus dos maletas. De pronto siento que alguien viene corriendo por detrás.
- Oye, dile a la rusa que vaya bajando que ya tenemos los billetes! – dice de pronto la mujer de antes que viene con Gabriel de la mano toda apresurada.
- Sí, sí, ya baja. Esta chica también la ayuda.
- Hola – le dice a la joven.
- Hola – contesta la joven un poco extrañada
- A ver, tú eres la rusa, ¿no? – ahora se dirige a la rusa.
- Rusia. Si
- A ver, trae acá una maleta mujer, que las dos no las puedes bajar por las escaleras tú sola. – le dice sonriente con las manos abiertas.
- ¿Eh? – la rusa me mira un momento interrogante. Le sonrío y se deja ayudar.
- Yo ayudo con otra – dice la chica joven. Entonces la rusa, en medio de las dos y a punto de bajar las escaleras, me mira, me sonríe, busca algo en su bolso, y saca una postal. Me la ofrece y me hace gestos de que la coja. Y un gesto de gratitud.
- Mucha suerte, mujer.
- ¿Eh?
- ¡Valencia!
- ¡Valensia!
- Gabriel pasa delante! Venga, venga, ¡que se nos va el tren!
Y así bajan los cuatro. Gabriel el primero, detrás su madre con una maleta, la rusa y la joven la siguen arrastrando la otra. Me los quedo mirando hasta que los pierdo de vista. Y me sonrío: esa rusa va a llegar a Valencia.

Cuando llego a casa busco en Internet el nombre de la postal: Riga. Es la capital de Lituania, una de las tres república eslovacas de la antigua Unión soviética. Caigo en la cuenta de que sólo sé eso de ella. Ni siquiera sé cómo se llama. Vuelvo a mirar la postal y decido pegarla en la puerta de la nevera.

lunes, 6 de noviembre de 2006

¿Y si

todo lo vivido no fuera más que pasado?

Dame fuerzas

La brisa me trae un mar salado, nostalgia de arena en los bolsillos, de manos de viento. Tiempos lejanos revoloteando en el aire de esta tarde de tormenta. Gotas del ayer empapándome en la orilla. Mis pies desnudos recogen pequeñas piedras con forma de corazón. Las acaricio con las manos y noto en ellas la áspera erosión de las mareas. Las devuelvo al mar dibujando puentes de aire. Las veo rebotar contra las olas con una triste sonrisa. Él sabrá alisarlas con su fuerza. Le sobra tiempo, le faltan alas. Cuando me canso, me siento en el banco de madera, miro al infinito y siento frío. Me guardo los puños cansados en los bolsillos y espero en silencio. Tiempo congelado que no pasa, sólo pesa. Estatua de sal olvidada que repite como un mantra una plegaria: Dame fuerzas. Dame fuerzas. Dame fuerzas para mantenerme en pie hasta que me devuelva a la vida la primera lágrima dulce.

domingo, 29 de octubre de 2006

Se rompió el hechizo

Cuando escupí el germen de la inercia y me salí de la rueda.

sábado, 28 de octubre de 2006

La vida es círculo

Sabes que has llegado a un final cuando vuelves a un principio.

Ya no sé

Me despierto dolorida, me da vueltas la cabeza y el suelo se mueve. Desayuno un café confuso, una tostada perpleja. Me asomo al balcón y miro al cielo. No entiendo ninguna nube. No imagino. Me siento en el sofá de espaldas al televisor. Leo un poema. Me miro las piernas, los brazos, las manos. Siento las heridas sin cicatriz. Navajazos invisibles. No estoy segura quién, cómo, cuándo, por qué. Sólo sé que me duelen las dicotomías. Culpable-Víctima. Luz- Oscuridad. Bien-Mal. Fuerza- Debilidad. Caen mis párpados como hojas perennes de un árbol caduco. Este invierno plantaré geranios, tulipanes y amapolas. Mi desconcierto será su abono, sus flores las raíces que he perdido.

miércoles, 25 de octubre de 2006

¿Por qué

me enseñaste a trepar, a arrastrarme, a dejarme la piel y el alma para llegar hasta lo más alto de la montaña, si allí no había nadie?

lunes, 23 de octubre de 2006

El des-encuentro

Se presentó sin avisar para plantearme preguntas, dilemas, entuertos, desgarros. Sin respuesta, imposibles, irresolubles, incurables. Me arrastró hasta al abismo para darme un último empujoncito. Me dejó sola y descolocada en ese lugar en el que ya nada es y todo puede ser. Me ofreció la duda, la ruptura con la lógica, las certezas y el mundo conocido. Me mostró lo irracional, lo surrealista, lo imaginario, lo inasible. Lo inconsciente. No venía para quedarse, sino para adentrarme en el vacío, ese mundo tan absurdo como necesario.

Divina Comedia

Espejo, espejito, tú que eres el más sabio del reino
Dime la verdad ¿Quién me quiere más? ¿Ella o mi ego?